Evangelización y formación del territorio eclesiástico
La configuración eclesiástica de la región que hoy comprende la Archidiócesis de Hermosillo se relaciona con el desarrollo de la evangelización en el noroeste de México. En una síntesis histórica de referencia, se indica que el Evangelio fue anunciado en el territorio por misioneros vinculados a las primeras expediciones y exploraciones, y que posteriormente los españoles asentaron poblaciones y evangelizaron a las diversas comunidades indígenas de la zona.
Asimismo, se recuerda el papel de los jesuitas en la evangelización misionera, con la fundación de misiones en áreas fluviales y de regiones como el Río Yaqui, el Río Mayo y territorios asociados a la Pimería. Se menciona expresamente la presencia de figuras misioneras notables, entre ellas el célebre padre Eusebio Francisco Kino, asociado en la tradición a estas tareas evangelizadoras.
Este entramado misionero no sustituye la función posterior de la estructura diocesana (parroquias, formación del clero, catequesis organizada, etc.), pero explica por qué el territorio adquiere con el tiempo un carácter eclesial estable: la misión, con el paso de los años, fue abriendo el camino para la erección de una sede episcopal propia.
Erección de la antigua Diócesis de Sonora (1779) y cambios de circunscripción
En 1779, el proceso de institucionalización eclesiástica dio un paso decisivo con la erección de la Diócesis de Sonora. En el mismo compendio histórico se afirma que el papa Pío VI estableció la diócesis el 7 de mayo de 1779, y que su territorio comprendía, en ese momento, no solo Sonora, sino también otras realidades territoriales del contexto civil de la época.
A continuación se describen diversas etapas de ajuste jurisdiccional durante el siglo XIX, incluyendo divisiones posteriores, cambios de dependencia eclesiástica y modificaciones que redujeron el territorio hasta aproximarlo a los límites que más tarde se reconocen como cercanos a los actuales. En particular, se menciona que la diócesis cambió su condición de sufragánea en relación con distintas provincias eclesiásticas, y se indica igualmente que en cierto momento el obispo trasladó su residencia a Hermosillo al crearse la Sede de Sinaloa.
Del nombre «Sonorense» al de «Hermosillensis» (1959)
Un hito clave para comprender la identidad histórica de la Archidiócesis de Hermosillo es el cambio de denominación de la sede diocesana. En el Decreto de mutación del nombre de la diócesis, publicado en Acta Apostolicae Sedis, se explica que, cuando la diócesis de Sonora se dividió en dos partes, una recibió el nombre de Civitatis Obregonensis (por Ciudad Obregón), mientras que la otra conservó inicialmente el nombre de Sonora. Sin embargo, se consideró oportuno evitar confusiones porque el nombre «Sonorensis» era propio del estado civil de Sonora.
Por esa razón, se decidió que la diócesis, desde ese momento, sería llamada con el nombre de la ciudad episcopal, es decir Hermosillo, y que el obispo también llevaría el título correspondiente: «Hermosillensis». El texto del decreto expresa esta decisión en términos directos: que «posthac» la diócesis sería nombrada en referencia a Hermosillo, como era costumbre, y que el obispo sería igualmente llamado con ese título.
Elevación a archidiócesis (1964)
Tras el proceso de consolidación nominal y pastoral alrededor de la sede hermosillense, la Iglesia en la región fue elevada a rango metropolitano. En Acta Apostolicae Sedis se recoge un acto de referencia que incluye, entre las noticias de elevación, la mención explícita de «Hermosillensem, dioecesi in archidioecesim erecta», es decir, que la antigua diócesis fue erigida en archidiócesis. En el mismo registro se indica la figura episcopal asociada a esa etapa: Ioannem Navarrete Guerrero, quien era obispo de la diócesis.
El valor de esta información radica en que no se limita a describir un cambio administrativo: en el lenguaje eclesial, la elevación a archidiócesis implica la consolidación de la vida pastoral y el fortalecimiento de la comunión eclesial en torno a una sede con responsabilidad metropolitana en la provincia eclesiástica correspondiente.