Uno de los momentos más significativos reflejados en las comunicaciones pontificias a la Archidiócesis de Lecce es el sínodo diocesano celebrado en torno a 1994. En una intervención dirigida a los niños y miembros de la comunidad, el Papa encarga a María, Madre de la Iglesia, el sínodo que «hoy comienza» su trabajo y desea que sea fecundo «para vosotros mismos», para que la vida de la Iglesia se profundice como participación viva de todo el Pueblo de Dios.
El sínodo como profundización del sentido cristiano y de las vocaciones
El Papa no presenta el sínodo como un trámite meramente organizativo, sino como un camino para recuperar un sentido más profundo de lo que significa ser:
Se afirma además que en la fe existe una profundidad que «encuadra» toda vocación: el sínodo ayuda a descubrir mejor la vocación cristiana (y sus diversas formas), en continuidad con la enseñanza apostólica sobre la diversidad de dones.
La cercanía del seminario y el cuidado del discernimiento
En esa misma comunicación, el Papa vincula el trabajo sinodal con el seminario: la casa del clero y el seminario deben colaborar de manera especialmente cercana para que los sacerdotes —incluidos los más ancianos— puedan acercarse a los seminaristas y contemplar «esta nueva generación» llamada a continuar la vocación, el servicio y el ministerio.
El texto subraya que el seminario debe ayudar a los seminaristas a descubrir su vocación sacerdotal. Se insiste en que el sacerdocio es un proyecto que llama y debe ser comprobado mediante la experiencia: la oración, el esfuerzo educativo, el esfuerzo intelectual y la prueba personal de si la llamada «viene del Señor».