Una Iglesia en un territorio de antigua tradición cristiana
Monreale vive dentro de una Sicilia marcada por una historia cristiana milenaria. La isla recibió tempranamente el anuncio evangélico; los Hechos de los Apóstoles recuerdan la llegada de san Pablo a Siracusa, acontecimiento que Pablo VI consideró un comienzo significativo del cristianismo siciliano.
La antigüedad de la tradición cristiana no garantiza por sí sola una fe viva. En las regiones de antigua evangelización puede producirse una separación entre práctica religiosa y conducta cotidiana. Juan Pablo II advirtió contra una religiosidad superficial incapaz de transformar la vida y pidió una catequesis que uniera doctrina, experiencia comunitaria y conversión personal.
Para Monreale, esta cuestión afecta especialmente a la transmisión de la fe entre los jóvenes, a la participación estable en la vida parroquial y a la relación entre las celebraciones tradicionales y el seguimiento personal de Jesucristo.
La nueva evangelización
La nueva evangelización no consiste simplemente en repetir formas antiguas de pastoral. Requiere anunciar de nuevo el Evangelio con un lenguaje comprensible, una formación doctrinal seria y una presencia cristiana cercana a las personas que sufren, trabajan, emigran o carecen de vínculos comunitarios.
Juan Pablo II propuso para las Iglesias sicilianas una pastoral renovada en su ardor, en sus métodos y en su expresión. El objetivo debía consistir en penetrar la cultura con el Evangelio y en transformar los criterios de juicio y los modelos de vida contrarios a la dignidad humana y al designio de Dios.
La acción evangelizadora de la archidiócesis puede organizarse alrededor de varias prioridades:
- Formación bíblica y catequética, especialmente para niños, adolescentes, jóvenes y adultos.
- Preparación sacramental, vinculada a procesos permanentes de fe y no solo a celebraciones familiares.
- Acompañamiento de las familias, con atención a las crisis matrimoniales, la educación de los hijos y la transmisión de la fe en el hogar.
- Participación de los laicos, llamados a asumir responsabilidades en la catequesis, la caridad, la cultura y la vida social.
- Renovación de las parroquias, para que sean comunidades de oración, fraternidad, misión y servicio.
- Purificación de la religiosidad popular, mediante la unión entre devoción, liturgia, conversión y compromiso caritativo.
Retos sociales de Sicilia
La pastoral monrealense comparte los desafíos sociales de la isla. Juan Pablo II describió para Sicilia problemas como la desigualdad económica, la falta de trabajo -particularmente entre los jóvenes-, la pobreza en las ciudades y las dificultades de muchos emigrantes para regresar e integrarse laboralmente. También denunció la delincuencia organizada y la penetración del tráfico de drogas en determinados sectores de la economía.
La respuesta cristiana exige una presencia activa en favor de la dignidad humana, la justicia, la legalidad y la reconciliación. La Iglesia no puede reducir su misión a la celebración del culto cuando la población afronta desempleo, exclusión, violencia o corrupción. La evangelización incluye la formación de conciencias, el acompañamiento de las víctimas y la creación de comunidades capaces de servir al bien común.
El trabajo con los jóvenes ocupa un lugar prioritario. La Iglesia debe ofrecer espacios de escucha, educación, oración y compromiso social que presenten la fe como una vocación exigente y esperanzadora, no como una costumbre heredada sin consecuencias para la vida.
Clero, vida consagrada y laicado
La nueva evangelización requiere la colaboración de sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos. Juan Pablo II pidió en Sicilia un trabajo constante, organizado y concorde de todas las fuerzas eclesiales, con una formación espiritual y cultural adecuada para los sacerdotes y una participación activa de los fieles laicos.
Las cofradías, asociaciones, movimientos, grupos parroquiales y comunidades de vida cristiana pueden contribuir a la misión de la archidiócesis cuando mantienen una clara integración con la Iglesia local. Su vitalidad no debe medirse solo por el número de participantes en las fiestas, sino por la capacidad de promover la oración, la formación, la caridad y el servicio.
La vida consagrada conserva también una función relevante en la educación, la asistencia a los pobres, la atención a los enfermos y el acompañamiento espiritual. La cooperación entre parroquias, comunidades religiosas y organismos diocesanos permite responder con mayor eficacia a las necesidades del territorio.