Primeras misiones en Trinidad
La presencia cristiana en Trinidad comenzó durante la época de la expansión española por el Caribe. Los primeros predicadores católicos conocidos fueron los dominicos Francisco de Córdoba y Juan Garcés, llegados en 1513. Ambos murieron violentamente después de que las poblaciones indígenas los relacionaran, de manera equivocada, con los traficantes de esclavos.
La evangelización sufrió interrupciones prolongadas. Más de medio siglo transcurrió antes de que otros misioneros retomaran la predicación cristiana. Entre ellos figuró san Luis Beltrán, cuya actividad formó parte de los primeros intentos de consolidar la presencia católica en la isla. Posteriormente trabajaron en Trinidad dominicos, franciscanos, jesuitas y capuchinos.
La misión colonial estuvo condicionada por la violencia de la conquista, los desplazamientos de población y el sistema esclavista. Por ello, la historia de la primera evangelización no puede reducirse a una sucesión de fundaciones religiosas: también incluye conflictos culturales, rupturas políticas y la necesidad de distinguir la proclamación cristiana de los abusos cometidos por agentes coloniales.
De la administración española a la británica
A finales del siglo XVII, varios franciscanos murieron en San José de Oruña, antiguo centro colonial de Trinidad. La tradición católica local veneró a Esteban de San Félix, Marco de Vique y el hermano lego Ramón de Figuerola como mártires de la fe. En aquellos acontecimientos también murieron el gobernador José de León y el dominico Juan de Mosin Sotomayor.
La ocupación británica de Trinidad, a comienzos del siglo XIX, modificó profundamente el marco político y pastoral. La capitulación de 1797 garantizó la continuidad del culto católico y mantuvo determinadas obligaciones de las autoridades respecto al sostenimiento del clero. La Iglesia pasó progresivamente de un modelo ligado a las órdenes misioneras españolas a una estructura atendida en buena parte por sacerdotes seculares y religiosos procedentes de otros países.
En 1820, los católicos de Trinidad dejaron de depender de la diócesis de Guayana, en Venezuela. La Santa Sede nombró entonces a James Buckley como primer obispo vinculado directamente a la jurisdicción católica de Trinidad. Durante su gobierno comenzó la construcción de la catedral de Puerto España.
Creación de la archidiócesis
La Archidiócesis de Puerto España fue erigida el 30 de abril de 1850. El vicario apostólico Patrick Smith recibió el nombramiento como primer arzobispo. La nueva archidiócesis asumió una responsabilidad metropolitana sobre varias islas del Caribe y consolidó la organización estable de la Iglesia católica en Trinidad y Tobago.
La creación de la sede metropolitana coincidió con una fase de expansión de parroquias, colegios, congregaciones religiosas y obras asistenciales. Dominicos, agustinos, miembros de la Congregación del Espíritu Santo, benedictinos, hermanos de La Salle y diversas congregaciones femeninas contribuyeron a la educación, la catequesis, la atención sanitaria y la asistencia a personas pobres o enfermas.
Durante la segunda mitad del siglo XIX, los dominicos reanudaron en Trinidad una labor que ya habían iniciado en la época española. Un pequeño grupo regresó en 1864 y amplió su actividad hacia Granada. Esta continuidad muestra la relación entre la antigua misión colonial y la estructura eclesial posterior, aunque el contexto político, social y demográfico había cambiado de forma considerable.
Reorganización territorial del siglo XX
La provincia eclesiástica experimentó diversos cambios territoriales. En 1956, la Santa Sede separó Santa Lucía de la jurisdicción de Puerto España y creó la diócesis de Castries. El mismo proceso organizó una nueva diócesis con Granada, Barbados, San Vicente y varias islas de las Granadinas, con sede en San Jorge de Granada. Ambas diócesis quedaron como sufragáneas de Puerto España.
La reorganización respondió al crecimiento de las comunidades católicas y a la necesidad de acercar el gobierno pastoral a las poblaciones insulares. La provincia dejó así de depender exclusivamente de una estructura amplia y centralizada, y adoptó una configuración más adecuada a las condiciones geográficas y sociales del Caribe.
La concatedral de San Fernando
El crecimiento de San Fernando, en el sur de Trinidad, llevó a la Santa Sede a elevar su iglesia de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro a la dignidad de concatedral en 1975. El decreto permitió que el arzobispo ejerciera allí las funciones pontificales, especialmente en las solemnidades, y reconoció la importancia pastoral de la ciudad dentro de la archidiócesis.
La existencia de una concatedral refleja la distribución territorial de la población católica y la importancia económica y urbana de San Fernando. También favorece una vida litúrgica menos concentrada en la capital y permite que el sur de Trinidad cuente con un centro visible para la celebración y la acción pastoral.