Antecedentes coloniales
La historia de la Archidiócesis de Salta hunde sus raíces en la primera organización eclesiástica del noroeste de la actual Argentina. En 1570, el papa Pío V erigió la diócesis de Tucumán, una jurisdicción de enorme extensión que abarcaba buena parte del interior sudamericano entonces sometido a la Corona española. Santiago del Estero actuó inicialmente como sede episcopal y su iglesia desempeñó la función de catedral. En 1699, durante el episcopado de Juan Manuel Mercadillo, O. P., la sede fue trasladada a Córdoba; desde entonces, la jurisdicción pasó a identificarse habitualmente con el nombre de diócesis de Córdoba del Tucumán.2
Durante la época colonial, la evangelización avanzó en un territorio extenso, geográficamente complejo y culturalmente diverso. Las comunidades indígenas, las poblaciones de origen español y los grupos mestizos formaron un espacio religioso en el que la predicación, la administración de los sacramentos, la fundación de iglesias y la promoción humana estuvieron estrechamente vinculadas. Juan Pablo II recordó en Salta que la expansión de la evangelización argentina estuvo acompañada por iniciativas culturales, laborales y asistenciales, y que la vida de la Iglesia contribuyó a la formación de la identidad histórica del país.3
La presencia católica dejó una huella visible en la arquitectura, las costumbres y las instituciones del noroeste argentino. El papa Juan Pablo II relacionó esa herencia con el encuentro -no exento de dificultades- entre los primeros colonizadores españoles y los pueblos indígenas, particularmente las culturas quechua y aimara. También evocó la labor de misioneros como san Francisco Solano, cuya actividad apostólica estuvo marcada por la cercanía a los pueblos originarios.4
Creación de la diócesis
La diócesis de Salta nació al desgajarse una parte de la antigua diócesis de Córdoba del Tucumán. La erección figura vinculada a los años 1806 y 1807: el directorio eclesiástico sitúa la creación canónica el 28 de marzo de 1806, mientras que la documentación histórica tradicional registra el 17 de febrero de 1807 como fecha de establecimiento de la nueva diócesis.5
La nueva diócesis comprendía inicialmente un territorio mucho mayor que el actual. Su ámbito incluía las provincias civiles de Salta y Jujuy y, durante el siglo XIX, también las de Tucumán, Santiago del Estero y Catamarca. La organización eclesiástica posterior redujo progresivamente su extensión mediante la creación de nuevas diócesis en las regiones que hasta entonces dependían de Salta.5
Nicolás Videla del Pino fue el primer obispo de Salta. Le sucedieron fray Buenaventura Rizo Patrón, Pablo Padilla y Bárcena y Matías Linares y Sanzetenea, nombres vinculados a la primera etapa episcopal de la diócesis. La sucesión de estos prelados pertenece a la historia institucional de la diócesis y no debe confundirse con la evolución territorial de la jurisdicción, que continuó modificándose mediante nuevas erecciones y desmembraciones.5
Desmembraciones del siglo XIX y comienzos del XX
La creación de nuevas diócesis transformó profundamente la configuración de Salta. En 1897, la diócesis de Tucumán fue erigida a partir de territorio salteño. La nueva circunscripción comprendió la provincia civil de Tucumán y quedó inicialmente sufragánea de Buenos Aires. Pablo Padilla y Bárcena, que había sido obispo de Salta, pasó a ocupar la nueva sede tucumana.6
La reorganización continuó en 1907 con la creación de la diócesis de Santiago del Estero, formada a partir de la diócesis de Tucumán, que a su vez procedía de la antigua jurisdicción de Salta. Durante los primeros años, Pablo Padilla ejerció como administrador apostólico de Santiago del Estero, hasta el nombramiento de Juan Martín Yáñez como primer obispo residencial.2
Catamarca siguió un proceso semejante. Antes de su erección como diócesis independiente, su territorio dependía de la organización eclesiástica vinculada a Tucumán. En 1910, la provincia de Catamarca adquirió rango diocesano propio bajo el episcopado de Bernabé Piedrabuena. Estas transformaciones redujeron el amplio territorio que Salta había administrado durante el siglo XIX y favorecieron una atención pastoral más próxima a las comunidades locales.6
Ajustes territoriales durante el periodo republicano
La consolidación de las fronteras civiles argentinas impulsó nuevos ajustes entre las diócesis. En 1920, Benedicto XV incorporó a la diócesis de Salta el territorio de Los Andes, que hasta entonces dependía de Catamarca. La decisión respondió al propósito de adaptar las circunscripciones eclesiásticas a las condiciones territoriales y pastorales de la región.7
En 1944, Pío XII modificó nuevamente los límites entre Salta, Jujuy y Catamarca. El departamento de Susques pasó de la jurisdicción salteña a la diócesis de Jujuy, mientras que el departamento de Antofagasta de la Sierra quedó incorporado a Catamarca. El decreto buscó armonizar las fronteras eclesiásticas con los límites civiles y promover una organización pastoral más coherente.8
Elevación a archidiócesis
La diócesis de Salta fue elevada a archidiócesis metropolitana el 20 de abril de 1934. La promoción otorgó a la sede salteña una función de coordinación dentro de la región eclesiástica del noroeste argentino. Ese mismo año, la Santa Sede designó a Roberto Tavella, S. D. B., como arzobispo de Salta; la documentación pontificia registra su nombramiento para la sede metropolitana el 20 de septiembre de 1934.1
La elevación metropolitana coincidió con una etapa de expansión y reorganización de la Iglesia argentina. Durante las décadas siguientes, la provincia eclesiástica fue adquiriendo una estructura más definida mediante la creación y consolidación de diócesis en Jujuy, Orán y Humahuaca. La archidiócesis pasó así de administrar directamente un espacio territorial muy extenso a ejercer principalmente una responsabilidad metropolitana de comunión y coordinación.
Etapa contemporánea
En la época contemporánea, la Archidiócesis de Salta ha desarrollado su misión en un contexto social y cultural caracterizado por la diversidad regional, la presencia de pueblos originarios, la movilidad de la población y la existencia de amplias zonas rurales y de montaña. La visita de Juan Pablo II a Salta, el 8 de abril de 1987, ofreció una ocasión para reafirmar la continuidad histórica de la evangelización y para llamar a una renovación pastoral capaz de integrar la herencia cristiana con las necesidades actuales.4
El pontífice dirigió un saludo a las comunidades de la provincia eclesiástica y mencionó expresamente a las diócesis de Jujuy, Orán, Cafayate y Humahuaca. También reconoció la presencia de pueblos quechuas, guaraníes, mapuches y de otros grupos indígenas, invitando a valorar sus tradiciones y a vivir la fe cristiana en diálogo con sus culturas.4
La evangelización contemporánea mantiene, por tanto, una doble dimensión: la transmisión de la fe y el servicio integral a la persona. Juan Pablo II vinculó la acción de la Iglesia con la atención a los más pobres y con la necesidad de que el mensaje cristiano respete y fortalezca los valores legítimos de las culturas originarias.3


