Orígenes cristianos
Tarento, antigua ciudad de la Magna Grecia y posteriormente importante centro romano, recibió el cristianismo en una época temprana. Una tradición local atribuye la primera predicación del Evangelio al apóstol san Pedro. La tradición relaciona también esta evangelización con san Amasiano y con san Oroncio, venerado como mártir. Estas narraciones pertenecen al patrimonio religioso de la comunidad tarentina, aunque no poseen el mismo grado de certeza histórica que la documentación episcopal conservada.,
La primera noticia documental segura sobre un obispo de Tarento corresponde a Inocencio, mencionado en el año 496. Durante el pontificado de san Gregorio Magno aparecen otros obispos tarentinos: Andrés, documentado en 590; Juan, en 601; y Honorio, en 603. Esta sucesión constituye la base histórica más firme para el conocimiento de los primeros titulares de la sede.
La tradición atribuye a san Cataldo un papel fundador o restaurador en la Iglesia tarentina. Sin embargo, la cronología de su episcopado continúa siendo discutida. Algunas tradiciones locales lo sitúan en el siglo VI, mientras que estudios hagiográficos lo relacionan con un monje irlandés llamado Cathal, vinculado a la escuela de Lismore y peregrino de Tierra Santa, que habría llegado a Tarento hacia finales del siglo VII.
La devoción a san Cataldo posee una enorme importancia para la identidad religiosa de la ciudad. La tradición lo presenta como obispo ejemplar y evangelizador, pero los datos biográficos transmitidos sobre él mezclan elementos históricos, tradiciones medievales y relatos de carácter hagiográfico. La veneración del santo, por tanto, debe distinguirse de la certeza documental sobre los primeros obispos, representada especialmente por Inocencio y por los prelados conocidos en tiempos de san Gregorio Magno.
De la época bizantina a la dignidad metropolitana
Tarento permaneció vinculada durante siglos al ámbito político y cultural bizantino. A diferencia de otras zonas del sur de Italia, la sede mantuvo el rito latino, incluso bajo la dominación bizantina. Este hecho contribuyó a conservar una identidad litúrgica occidental en una región marcada por la convivencia entre tradiciones latinas y griegas.
El primer obispo documentado con el título de arzobispo fue Juan, en el año 978. La elevación de la sede reflejó la creciente importancia de Tarento dentro de la organización eclesiástica del sur de Italia. Durante los siglos siguientes, la archidiócesis atravesó los conflictos políticos y militares que enfrentaron a bizantinos, normandos y poderes locales.
El arzobispo Esteban murió en la batalla de Nelfi, en 1041, mientras que el arzobispo Draco promovió la construcción de la catedral en 1071. En el siglo XII, el arzobispo Felipe fue depuesto por su apoyo al antipapa Anacleto II y terminó sus días en el monasterio de Chiaravalle. El arzobispo Ángel desempeñó varias misiones diplomáticas para el papa Inocencio III.
La Baja Edad Media y la Edad Moderna
La sede tarentina tuvo como arzobispos a diversas personalidades eclesiásticas vinculadas a la vida política de la Iglesia y del reino de Nápoles. Jacobo de Atri murió violentamente en 1370. Marino del Giudice, nombrado en 1371, figuró entre los cardenales condenados por Urbano VI en 1385. El cardenal Ludovico Bonito, arzobispo desde 1406, permaneció fiel al papa Gregorio XII durante el Cisma de Occidente.
En los siglos XV y XVI ocuparon la sede miembros de importantes familias italianas. Entre ellos destacó el cardenal Juan de Aragón, hijo del rey Fernando de Nápoles, nombrado en 1478. También perteneció a este periodo Juan Bautista Petrucci, cuya familia sufrió las consecuencias políticas de la conspiración de los barones. El cardenal Bautista Orsini murió en el castillo de Sant’Angelo en 1503.
El Concilio de Trento impulsó una profunda renovación de la vida eclesial. El cardenal Marcantonio Colonna, arzobispo desde 1560, introdujo reformas tridentinas y fundó el seminario diocesano. Su sucesor, Jerónimo Gambara, destacó por su actividad diplomática como nuncio apostólico. Lelio Brancaccio promovió nuevas medidas de reforma pastoral y afrontó una considerable oposición.
Tomás Caracciolo, miembro de los teatinos y arzobispo desde 1630, murió con fama de santidad. Su figura representa la renovación espiritual y disciplinar que caracterizó a numerosos obispos del periodo posterior al Concilio de Trento.