Orígenes y primeros siglos
Tarragona fue una de las principales ciudades de la Hispania romana y llegó a ser capital de la provincia de la Tarraconense. La presencia cristiana en la ciudad pertenece a una etapa muy antigua de la historia de la Iglesia en España, aunque los relatos que atribuyen la evangelización de la región a los apóstoles Santiago y san Pablo forman parte de la tradición y no cuentan con el mismo grado de documentación que los testimonios posteriores.1
El primer testimonio escrito destacado sobre los obispos de Tarragona procede de las actas del martirio de san Fructuoso, obispo, y de sus diáconos san Augurio y san Eulogio. Su martirio sitúa a la comunidad cristiana tarraconense en el siglo III. La relación conocida de obispos comienza con Fructuoso, aunque la antigua Catholic Encyclopedia considera posible que hubiera prelados anteriores cuyos nombres no hayan llegado hasta nosotros.1
En 314, cuando la sede estaba vacante, dos representantes de la Iglesia tarraconense -el presbítero Probacio y el diácono Castorio- asistieron al Concilio de Arlés. En 384, Himerio ocupaba la sede y envió al presbítero Basiano a Roma; obtuvo una carta del papa san Siricio, un testimonio temprano de la relación entre el episcopado tarraconense y la sede romana.1
Sede metropolitana y concilios
La posición de Tarragona como centro político romano favoreció su importancia eclesiástica. En la época visigoda, su obispo ejercía autoridad metropolitana sobre otras sedes de la región. El arzobispo Juan convocó en 516 un concilio provincial al que acudieron diez obispos; al año siguiente reunió otro sínodo en Gerona. Más tarde, el obispo Sergio convocó reuniones eclesiásticas en Barcelona y Lérida. Estos concilios muestran el papel de Tarragona en la organización y coordinación de las Iglesias locales.1
La ciudad sufrió graves destrucciones durante las convulsiones políticas de la Antigüedad tardía y la Alta Edad Media. La misma fuente histórica recoge las invasiones de los vándalos, suevos y alanos en el siglo V, la ocupación visigoda y la conquista musulmana en 719. La ciudad y su sede eclesiástica atravesaron, por tanto, largos periodos de inestabilidad.1
Restauración medieval
La tradición histórica de la archidiócesis distingue entre sus orígenes antiguos y la recuperación institucional de la sede tras la conquista cristiana. Una obra de referencia de 1913 fecha la erección de la archidiócesis en el siglo I y sitúa su restauración en 1088, bajo Ramón Berenguer, conde de Barcelona. Estas fechas describen la tradición histórica recogida por esa obra y no deben confundirse con una documentación completa sobre la continuidad de la sede durante todos los siglos intermedios.2
En la Edad Media, Tarragona consolidó su condición de centro metropolitano de un territorio eclesiástico amplio. La provincia eclesiástica comprendía distintas diócesis catalanas, aunque su composición ha cambiado con el tiempo. La documentación histórica registra la actividad de concilios provinciales tarraconenses, entre ellos el de 1424, que trató cuestiones de disciplina eclesiástica y de las relaciones entre la Iglesia y la monarquía.3




