En la Iglesia Católica, una archidiócesis es el territorio eclesiástico administrado por un arzobispo1. A menudo, varias diócesis se agrupan en una provincia eclesiástica, y la archidiócesis es la diócesis propia del arzobispo metropolitano dentro de esa provincia2,1. El arzobispo que preside una provincia eclesiástica es conocido como el metropolitano3,4.
No hay una diferencia territorial inherente entre una diócesis y una archidiócesis; la distinción radica en la autoridad de sus respectivos pastores1. La archidiócesis es la sede principal de una provincia eclesiástica y su arzobispo metropolitano ejerce una supervisión limitada sobre las diócesis sufragáneas que la componen2,5.
Provincias Eclesiásticas
Las provincias eclesiásticas son distritos administrativos que agrupan a varias diócesis vecinas para fomentar la acción pastoral común y facilitar las relaciones entre los obispos diocesanos6. Estas provincias están bajo la jurisdicción de un arzobispo metropolitano7,8. La práctica de organizar la Iglesia en provincias eclesiásticas tiene raíces antiguas, especialmente en el Imperio Romano de Oriente, donde los obispos de las capitales provinciales (metrópolis) llegaron a ocupar una posición superior y recibieron el título de metropolitano7. El Concilio de Nicea (325 d.C.) reconoció esta posición, otorgando derechos definidos a los metropolitanos sobre las otras diócesis de la provincia estatal7,5.
Desde el Código de Derecho Canónico de 1983, la existencia de diócesis exentas de la jurisdicción archiepiscopal se ha reducido, y se espera que todas las diócesis particulares dentro del territorio de una provincia eclesiástica se unan a ella6.
