La formulación de la objeción
La objeción más poderosa contra la bondad divina parte del sufrimiento:
- Dios es omnipotente.
- Dios es perfectamente bueno.
- El mal existe.
- Si Dios puede eliminar el mal y quiere el bien, parece que debería eliminarlo.
- Por tanto, la existencia del mal parecería incompatible con la bondad y el poder de Dios.
Esta objeción posee una fuerza existencial que ningún razonamiento abstracto puede trivializar. El dolor de una persona inocente, la violencia, la enfermedad y la muerte plantean una dificultad real para la fe. La doctrina católica no identifica el mal con una ilusión ni lo convierte en un bien.
El mal como privación y desorden
La filosofía cristiana entiende el mal como privación de un bien debido. Esta explicación no elimina el sufrimiento concreto, pero aclara su estatuto metafísico. El mal no posee una naturaleza independiente ni procede de un principio malo rival de Dios. La enfermedad, por ejemplo, no constituye una sustancia opuesta a la salud, sino una desorganización de la vida corporal.
En el caso del mal moral, la persona utiliza de modo desordenado su libertad. Dios no causa directamente el pecado. La libertad, considerada en sí misma, constituye un bien; su abuso origina una privación de la rectitud debida.
La explicación católica atribuye a los ángeles y a los seres humanos una libertad auténtica. Las criaturas inteligentes deben caminar hacia su destino último mediante elecciones libres y un amor preferencial. Esa libertad permite desviarse y explica la entrada del mal moral en el mundo. Dios permite el mal, pero no lo causa; su providencia puede sacar bienes de sus consecuencias.
Permisión divina y providencia
La permisión del mal no equivale a aprobación. Dios puede permitir una acción mala sin querer su malicia. La voluntad divina quiere el bien y tolera ciertos males dentro de una providencia capaz de ordenar la historia hacia un bien mayor.
El ejemplo decisivo para la fe cristiana es la pasión y muerte de Jesucristo. El rechazo y asesinato del Hijo constituyen el mayor mal moral cometido por la humanidad; Dios, sin convertir ese mal en bien, produjo mediante la gracia la redención y la glorificación de Cristo. El mal permanece mal, pero no posee la última palabra.
La tradición cristiana admite que muchas conexiones entre sufrimiento y bien futuro permanecen ocultas a la inteligencia humana. La incapacidad para conocer una razón particular no demuestra que ninguna razón exista. La razón humana puede establecer que Dios es bueno y omnipotente; la fe confiesa, además, que la providencia divina conduce la historia hacia una plenitud cuyo sentido final supera la experiencia presente.
La respuesta cristológica
La respuesta cristiana al problema del mal no consiste sólo en una teoría sobre Dios. Dios entra en la historia, asume la naturaleza humana y comparte el sufrimiento. La encarnación muestra que Dios no permanece como una inteligencia distante ante el dolor del mundo.
La razón creadora es también amor. La reflexión cristiana distingue entre el conocimiento filosófico de Dios como causa primera y la revelación bíblica de Dios como amor. La razón puede reconocer la bondad y la inteligencia divinas; el conocimiento de la vida íntima de Dios y de su amor redentor requiere la revelación.
Esta distinción evita dos reducciones:
- reducir a Dios a una idea filosófica impersonal;
- pretender que la filosofía natural alcanza por sí sola la totalidad del misterio cristiano.