La formulación más conocida del argumento cosmológico dentro de la tradición católica aparece en las cinco vías de la Suma teológica, I, cuestión 2, artículo 3. Santo Tomás no presenta cinco dioses ni cinco causas primeras, sino cinco caminos racionales que parten de diferentes aspectos de la experiencia para llegar a Dios.
La vía del movimiento
La primera vía parte del movimiento. En el lenguaje filosófico aristotélico, movimiento no significa únicamente desplazamiento local. Comprende todo paso de la potencia al acto: el paso de una capacidad real a su actualización.
Una cosa puede llegar a ser algo que todavía no es en acto, pero que puede llegar a ser. La madera puede calentarse porque posee la capacidad de recibir calor; el fuego, que ya está caliente en acto, actualiza esa capacidad. Aquello que pasa de la potencia al acto necesita la acción de algo que ya esté en acto respecto de esa perfección.
Santo Tomás añade que una misma realidad no puede ser, bajo el mismo aspecto y al mismo tiempo, acto y potencia de una misma perfección. Por ello, nada puede actualizarse completamente a sí mismo en el mismo sentido.
La cadena de motores subordinados no puede prolongarse indefinidamente si cada uno recibe de otro la capacidad actual de mover. Una serie formada enteramente por instrumentos no tendría eficacia sin un agente principal. La conclusión afirma la existencia de un primer motor inmóvil, que no necesita ser movido por otro y al que todos llaman Dios.
El término «inmóvil» no significa inerte o pasivo. Significa que Dios no recibe de otro la actualidad de su ser ni necesita una causa que lo actualice.
La vía de la causalidad eficiente
La segunda vía parte de las causas eficientes, es decir, de aquellas realidades que producen efectos. En el mundo encontramos seres que reciben de otros su actividad y su eficacia. Un hijo recibe la vida de sus padres; una obra depende del artista; una alteración física depende de condiciones anteriores.
Santo Tomás sostiene que nada puede ser causa eficiente de sí mismo, porque tendría que existir antes que él mismo para producirse. Por tanto, las causas eficientes que observamos dependen de otras.
La cuestión no consiste simplemente en negar una cadena temporal infinita. La segunda vía considera principalmente una serie de causas esencialmente subordinadas, en la que cada causa actúa aquí y ahora porque recibe su poder causal de otra. Si no existiera una causa primera, tampoco existirían las causas intermedias ni los efectos finales.
La conclusión afirma una causa eficiente primera no causada, que posee en sí misma la razón de su existencia y de su acción. Esa causa primera es Dios.
La vía de la contingencia
La tercera vía parte de la diferencia entre seres contingentes y seres necesarios.
Un ser contingente puede existir o no existir. Las plantas, los animales, los seres humanos, los astros y todas las realidades materiales aparecen, cambian y desaparecen. Ninguno posee en sí mismo la razón completa de su existencia.
Si toda la realidad estuviera compuesta únicamente por seres contingentes, habría que explicar por qué existe el conjunto de esos seres. La suma de realidades dependientes no se convierte por sí sola en una realidad independiente. Una cadena indefinida de seres contingentes seguiría careciendo de un fundamento necesario.
La vía concluye afirmando un ser necesario, cuya existencia no depende de otro. La tradición metafísica identifica este ser necesario con Dios. La formulación clásica presenta la contingencia del mundo como una razón para afirmar una realidad que posee en sí misma el fundamento suficiente de su existencia.
La necesidad divina no equivale a una obligación impuesta desde fuera. Dios es necesario porque su ser no puede depender de una causa anterior ni recibir de otro la existencia.
La vía de los grados de perfección
La cuarta vía parte de los grados de perfección que encontramos en las cosas. Decimos que unas realidades son más verdaderas, buenas, nobles o bellas que otras. Estas comparaciones no expresan únicamente preferencias subjetivas, sino que presuponen algún criterio de plenitud.
Santo Tomás argumenta que las perfecciones presentes de modo limitado en las criaturas remiten a una fuente en la que esas perfecciones existen de manera plena. La bondad de las criaturas no constituye su propia fuente última, porque las criaturas reciben el ser y las perfecciones que poseen.
Esta vía no sostiene que Dios sea simplemente el miembro superior de una escala dentro del universo. Dios no ocupa el grado máximo de una serie de seres comparables. Él es la plenitud del ser, la bondad absoluta y el fundamento de toda perfección creada.
La vía del orden del mundo
La quinta vía considera el orden, la regularidad y la orientación de las realidades naturales. Muchos seres carecen de inteligencia, pero actúan de manera regular y convergen hacia resultados determinados. Las leyes naturales, la estructura de los organismos y la coordinación de los procesos cósmicos manifiestan una inteligibilidad que la razón puede investigar.
Santo Tomás sostiene que las realidades naturales tienden a fines no por conocimiento propio, sino bajo la dirección de una inteligencia. Utiliza la comparación de una flecha que alcanza el blanco porque la dirige el arquero.
La conclusión afirma una inteligencia ordenadora y providente, principio del orden del universo. Esta inteligencia es Dios.
La quinta vía no equivale necesariamente a una versión simplista del argumento del diseño. No pretende localizar una intervención extraordinaria que sustituya a las causas naturales. Afirma que la misma capacidad de las causas naturales para actuar regularmente y dirigirse a fines depende, en último término, de una inteligencia creadora.