La expresión complejidad irreducible designa un sistema compuesto por varias partes coordinadas, en el que cada parte resulta necesaria para que el conjunto desempeñe una función determinada. Si se retira una pieza esencial, el sistema deja de realizar adecuadamente su actividad.
El ejemplo habitual compara un sistema biológico con una trampa para ratones. La trampa necesita una base, un muelle, una barra, un elemento de retención y una pieza de disparo. La ausencia de uno de esos componentes impide que el mecanismo cumpla su función. Aplicado a la biología, el argumento pregunta cómo pudo aparecer gradualmente un sistema cuya función depende de la cooperación simultánea de múltiples elementos.
La cuestión no consiste simplemente en afirmar que un organismo resulta complicado. La complejidad ordinaria puede describir una estructura con muchas partes, aunque cada una pueda desempeñar funciones parciales o existir de manera independiente. La complejidad irreducible exige, en cambio, una dependencia funcional estrecha entre las partes.
Conviene distinguir también entre:
- Complejidad, que alude al número y a la organización de los componentes.
- Especificidad, que indica que los componentes están dispuestos de una manera concreta y apta para una función.
- Finalidad, que describe la orientación de una actividad hacia un resultado.
- Diseño, que atribuye ese orden funcional a una inteligencia.
El paso de la complejidad a la existencia de un diseñador no resulta automático. La complejidad puede constituir un dato que requiera explicación, pero la conclusión teísta necesita una argumentación adicional que relacione el orden funcional con una causa inteligente. El análisis contemporáneo de la teología natural distingue precisamente entre el simple orden de la naturaleza y el diseño entendido como resultado de una acción consciente.1
