La experiencia moral como punto de partida
Toda persona puede reconocer, al menos en cierta medida, la diferencia entre acciones justas e injustas, nobles y degradantes, dignas de aprobación o merecedoras de reproche. Esta experiencia no se reduce al agrado psicológico, a la utilidad social o al temor de un castigo. La conciencia juzga que ciertas acciones deben realizarse y que otras no deben realizarse, incluso cuando el cumplimiento del deber perjudica los propios intereses.
El argumento comienza, por tanto, con un hecho interior: la existencia de una obligación moral que reclama obediencia. La persona no solo desea determinados bienes, sino que reconoce que algunos bienes poseen una superioridad normativa. Ayudar a una persona inocente, reparar una injusticia o rechazar una traición no aparecen únicamente como preferencias personales, sino como exigencias que aspiran a valer para cualquiera que se encuentre en circunstancias semejantes.
John Henry Newman formuló esta experiencia en términos de autoridad. La conciencia no actúa simplemente como un sentimiento de satisfacción o incomodidad, sino como una instancia que ordena, acusa, aprueba y juzga. En su análisis, la obligación moral remite a un ser exterior y superior al sujeto, porque la conciencia posee una autoridad que el individuo no puede concederse a sí mismo.1
La obligación moral no equivale a una inclinación
La conciencia no debe confundirse con una inclinación espontánea, una emoción o una preferencia cultural. Una inclinación puede orientar hacia un objeto deseado; la conciencia, en cambio, puede mandar actuar contra el deseo inmediato. Una persona puede sentir miedo y, sin embargo, reconocer que debe decir la verdad; puede desear venganza y, al mismo tiempo, comprender que debe respetar la justicia.
El carácter propiamente moral de la conciencia aparece precisamente cuando la persona percibe una diferencia entre lo que quiere hacer y lo que debe hacer. La obligación conserva su fuerza incluso cuando nadie observa, cuando la sociedad no sancionará la conducta o cuando el interés personal aconseja obrar de otro modo.
Newman consideraba que la conciencia incluye la idea de un Padre y de un Juez que ve el corazón humano. La experiencia de una buena o mala conciencia conduce, en su razonamiento, hacia un ser que conoce, juzga y exige. La fuerza peculiar de la obligación moral no parece explicarse adecuadamente mediante una simple reacción subjetiva.1
