El argumento parte de una distinción fundamental entre ser contingente y ser necesario.
Ser contingente
Un ser contingente posee la existencia, pero no la existencia por su propia esencia. Puede existir o no existir, y necesita una causa, una condición o un fundamento que explique por qué existe. La contingencia no significa únicamente que algo cambie o que resulte imprevisible. En sentido metafísico, significa que la esencia de una cosa no implica necesariamente su existencia.
Una persona, un animal, una planta, una estrella o una estructura material pertenecen a este orden. Cada uno posee determinadas características, límites y condiciones de existencia. Ninguno contiene en sí mismo la explicación completa de por qué existe precisamente con esa naturaleza, en ese momento y bajo esas condiciones.
La experiencia del nacimiento y de la muerte manifiesta de manera especialmente clara la contingencia de los seres vivos. La conciencia también descubre el carácter condicionado de sus propios estados: pensamientos, deseos, emociones y decisiones aparecen y desaparecen, y dependen de factores que no poseen en sí mismos la razón última de su existencia.2
Ser necesario
Un ser necesario no recibe la existencia de otro ni puede dejar de existir. Su realidad no depende de una causa externa y su esencia no permanece indiferente ante la existencia, sino que posee en sí misma el fundamento de su ser.
La filosofía escolástica denomina a este ser necesario por sí mismo o ens necessarium. En contraste, las criaturas son seres necesarios únicamente en un sentido relativo cuando reciben una determinada existencia bajo ciertas condiciones; en sentido absoluto, todos los seres creados dependen de Dios.
El ser necesario también recibe los nombres de incondicionado, absoluto o fundamento último del ser. La tradición católica identifica ese ser con Dios, no con una fuerza anónima ni con una materia eterna desprovista de inteligencia.1
