Mal físico y mal moral
La tradición católica distingue entre mal físico y mal moral.
El mal físico comprende la enfermedad, el dolor, la discapacidad, la vejez, la muerte y los daños provocados por procesos naturales. El mal moral procede del uso desordenado de la libertad: homicidio, tortura, engaño, abuso, opresión, guerra injusta y demás actos contrarios al bien de la persona.
El mal moral posee una gravedad particular porque implica una decisión libre contra el bien. Dios puede permitirlo sin aprobarlo ni causarlo moralmente. La tradición tomista explica que Dios es causa de todo cuanto posee realidad positiva en una acción, pero no de la deficiencia moral que desfigura esa acción. Tomás de Aquino compara esta relación con la cojera: el movimiento procede de la capacidad motriz, mientras que la irregularidad procede de la deformidad de la pierna.
La doctrina católica afirma que Dios no causa directa ni indirectamente el mal moral. Los ángeles y los seres humanos, dotados de inteligencia y libertad, pueden apartarse del bien por sus decisiones. Dios permite ese mal porque respeta la libertad creada y, en su providencia, puede sacar bienes de sus consecuencias sin convertir jamás el mal en un bien.
El mal como privación
Para Tomás de Aquino, el mal no constituye una sustancia independiente ni un principio eterno opuesto a Dios. El mal consiste en la privación de un bien debido: la ceguera priva al ojo de la visión; la injusticia priva a una persona de lo que le corresponde; la crueldad priva a una relación humana de la caridad que debería gobernarla.
El mal necesita un sujeto bueno en el que aparecer, porque la enfermedad afecta a un organismo vivo y la injusticia afecta a una persona dotada de dignidad y derechos. El mal, por tanto, no posee la plenitud del ser, sino que daña una realidad que, en cuanto creada, procede de Dios.
Esta explicación no hace menor el sufrimiento. Una privación puede causar un dolor inmenso. La afirmación filosófica de que el mal no posee sustancia propia no elimina la experiencia de la víctima ni permite tratar el dolor como una simple apariencia.
Dios como causa del ser, no del mal en cuanto mal
La doctrina de las causas segundas permite comprender cómo Dios puede sostener la creación sin producir cada defecto particular que ocurre dentro de ella. Las criaturas actúan según sus capacidades y límites propios. Una persona puede emplear mal su libertad; un organismo puede enfermar; una estructura física puede fallar; un fenómeno natural puede causar destrucción.
Dios sostiene el ser y la actividad de las criaturas, pero la deficiencia que aparece en una acción puede proceder de una causa limitada y defectible. En este sentido, Dios es causa universal de cuanto existe de positivo, pero no causa del mal considerado como privación o desorden.