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Argumento de la escala de sufrimiento sobre la bondad de Dios

El argumento de la escala de sufrimiento plantea una objeción al teísmo cristiano a partir de la cantidad, intensidad y distribución aparentemente desproporcionada del sufrimiento en el mundo. La existencia de dolores leves, graves y extremos -incluidos el sufrimiento de los inocentes, las catástrofes naturales, las enfermedades y la crueldad humana- parece cuestionar que Dios sea a la vez bueno, omnipotente y providente. La respuesta católica no reduce el dolor a una explicación sencilla: distingue entre el mal físico y el mal moral, afirma que Dios no causa el mal en cuanto mal, reconoce el carácter misterioso del sufrimiento y encuentra su iluminación decisiva en la muerte y resurrección de Jesucristo.

Cuadro resumen[Datos abiertos]
NombreArgumento de la escala de sufrimiento
CategoríaTérmino
DescripciónEl argumento de la escala de sufrimiento plantea que la cantidad, intensidad y distribución del dolor en el mundo parecen incompatibles con un Dios infinitamente bueno y omnipotente. La respuesta católica diferencia entre mal físico y moral, niega que Dios cause el mal, reconoce el misterio del sufrimiento y lo ilumina en la muerte y resurrección de Jesucristo, subrayando la libertad humana, la privación del bien, la providencia y la redención final
Autoridad EclesiásticaTomás de Aquino, Catecismo de la Iglesia Católica, Juan Pablo II, Benedicto XVI, Francisco
Contexto HistóricoSe desarrolla dentro de la tradición teodicea, retomando a Leibniz (1710) y a Tomás de Aquino (siglo XIII), y se basa en documentos del Catecismo (1992) y enseñanzas de Juan Pablo II, Benedicto XVI y Francisco.
Descripción breveObjeción al teísmo cristiano basada en la aparente desproporción del sufrimiento, con la respuesta católica que distingue mal físico y moral y encuentra sentido en la cruz de Cristo.
Enseñanzas Principales1) Distinción entre mal físico y moral. 2) Dios no causa el mal moral, solo lo permite por respeto a la libertad. 3) El mal es privación del bien, no sustancia propia. 4) La providencia puede ordenar el mal hacia un bien mayor sin convertirlo en bueno. 5) El sentido último del sufrimiento se revela en Cristo y será plenamente conocido en la vida eterna.
ImportanciaOfrece una defensa apologética seria de la bondad divina frente a los sufrimientos extremos, evita explicaciones simplistas y enfatiza la necesidad de caridad y solidaridad.
InfluenciaHa influido en la reflexión contemporánea sobre el problema del mal, en la enseñanza de la teodicea católica y en documentos como Salvifici Doloris.
TemaProblema del mal, teodicea, relación entre sufrimiento y bondad divina
TipoDoctrina

Tabla de contenido

Planteamiento del argumento

La expresión escala de sufrimiento no designa una doctrina oficial de la Iglesia ni un argumento clásico con una formulación única. Describe una familia de razonamientos filosóficos relacionados con el problema del mal y con la dificultad que producen los grados extremos del sufrimiento.

El razonamiento puede formularse así:

  1. Dios es infinitamente bueno y omnipotente.
  2. Un ser perfectamente bueno desea el bien de sus criaturas y rechaza el sufrimiento injusto.
  3. Un ser omnipotente podría impedir, al menos, los sufrimientos más intensos y aparentemente inútiles.
  4. El mundo contiene sufrimientos de intensidad extraordinaria, padecidos con frecuencia por personas inocentes y por seres incapaces de comprenderlos o evitarlos.
  5. Por tanto, parece difícil conciliar la existencia de esa escala de sufrimiento con la bondad y el poder de Dios.

La fuerza de la objeción aumenta cuando el sufrimiento no parece producir ningún bien identificable. Una herida leve puede servir como advertencia; una enfermedad puede suscitar solidaridad; una dificultad puede fortalecer el carácter. Pero la muerte violenta de un niño, la tortura, una enfermedad degenerativa o el sufrimiento de animales durante largos periodos parecen superar cualquier justificación proporcionada. La cuestión no pregunta solamente por qué existe el mal, sino también por qué Dios permite sus formas más extremas.

Antecedentes filosóficos y teológicos

La teodicea y el problema del mal

La palabra teodicea procede del griego y significa, literalmente, «justificación de Dios». Leibniz introdujo el término en la filosofía moderna con una obra publicada en 1710, dedicada a la bondad de Dios, la libertad humana y el origen del mal. La teodicea intentaba mostrar que la existencia del mal no contradice necesariamente la bondad divina.1

La tradición cristiana ha tratado esta cuestión desde los primeros siglos. El problema afecta a varios atributos divinos:

  • La bondad, porque Dios no puede querer el mal como mal.
  • La omnipotencia, porque Dios parece capaz de impedirlo.
  • La omnisciencia, porque Dios conoce de antemano el sufrimiento.
  • La providencia, porque Dios gobierna y sostiene la creación.
  • La justicia, porque muchas víctimas sufren sin una relación visible entre sus actos y sus padecimientos.

La filosofía natural puede investigar racionalmente la existencia y los atributos de Dios, mientras que la teología cristiana recibe además la luz de la revelación sobrenatural. La cuestión del sufrimiento exige, por tanto, integrar la reflexión filosófica con la revelación de Dios en Cristo.1

La intensidad del sufrimiento como agravante

El argumento de la escala introduce una consideración cuantitativa y cualitativa. No todos los males poseen la misma gravedad. La pérdida de un objeto, una enfermedad temporal, una discapacidad permanente, la violencia o el exterminio de una población forman grados distintos dentro de una jerarquía del sufrimiento.

La objeción sostiene que una explicación válida para los males ordinarios quizá no baste para los males extremos. Por ejemplo, la libertad humana puede explicar que una persona cometa una injusticia, pero no explica por sí sola por qué Dios no detiene una atrocidad concreta cuando podría hacerlo sin destruir toda libertad. Del mismo modo, las leyes naturales permiten la vida corporal, pero también causan terremotos, enfermedades y accidentes que afectan a personas sin culpa personal.

La escala también cuestiona la idea de que cada sufrimiento posee una función moral inmediata. Algunos dolores no parecen educar, corregir ni mejorar a quien los padece. Incluso pueden destruir la capacidad de la persona para actuar, comprender o esperar. Por eso, una respuesta católica prudente no atribuye automáticamente a cada desgracia una finalidad concreta conocida por los seres humanos.

Distinciones fundamentales de la respuesta católica

Mal físico y mal moral

La tradición católica distingue entre mal físico y mal moral.

El mal físico comprende la enfermedad, el dolor, la discapacidad, la vejez, la muerte y los daños provocados por procesos naturales. El mal moral procede del uso desordenado de la libertad: homicidio, tortura, engaño, abuso, opresión, guerra injusta y demás actos contrarios al bien de la persona.

El mal moral posee una gravedad particular porque implica una decisión libre contra el bien. Dios puede permitirlo sin aprobarlo ni causarlo moralmente. La tradición tomista explica que Dios es causa de todo cuanto posee realidad positiva en una acción, pero no de la deficiencia moral que desfigura esa acción. Tomás de Aquino compara esta relación con la cojera: el movimiento procede de la capacidad motriz, mientras que la irregularidad procede de la deformidad de la pierna.2

La doctrina católica afirma que Dios no causa directa ni indirectamente el mal moral. Los ángeles y los seres humanos, dotados de inteligencia y libertad, pueden apartarse del bien por sus decisiones. Dios permite ese mal porque respeta la libertad creada y, en su providencia, puede sacar bienes de sus consecuencias sin convertir jamás el mal en un bien.3

El mal como privación

Para Tomás de Aquino, el mal no constituye una sustancia independiente ni un principio eterno opuesto a Dios. El mal consiste en la privación de un bien debido: la ceguera priva al ojo de la visión; la injusticia priva a una persona de lo que le corresponde; la crueldad priva a una relación humana de la caridad que debería gobernarla.

El mal necesita un sujeto bueno en el que aparecer, porque la enfermedad afecta a un organismo vivo y la injusticia afecta a una persona dotada de dignidad y derechos. El mal, por tanto, no posee la plenitud del ser, sino que daña una realidad que, en cuanto creada, procede de Dios.4

Esta explicación no hace menor el sufrimiento. Una privación puede causar un dolor inmenso. La afirmación filosófica de que el mal no posee sustancia propia no elimina la experiencia de la víctima ni permite tratar el dolor como una simple apariencia.

Dios como causa del ser, no del mal en cuanto mal

La doctrina de las causas segundas permite comprender cómo Dios puede sostener la creación sin producir cada defecto particular que ocurre dentro de ella. Las criaturas actúan según sus capacidades y límites propios. Una persona puede emplear mal su libertad; un organismo puede enfermar; una estructura física puede fallar; un fenómeno natural puede causar destrucción.

Dios sostiene el ser y la actividad de las criaturas, pero la deficiencia que aparece en una acción puede proceder de una causa limitada y defectible. En este sentido, Dios es causa universal de cuanto existe de positivo, pero no causa del mal considerado como privación o desorden.2

Libertad, naturaleza y vulnerabilidad

La libertad humana

Una parte considerable del sufrimiento extremo procede de decisiones humanas. La libertad hace posible el amor, la responsabilidad, la justicia y la entrega, pero también permite la traición, la violencia y la explotación. Un mundo en el que ninguna decisión pudiera causar un daño real no sería un mundo de libertad moral plena.

La libertad no justifica cada acto concreto ni excusa a los culpables. La Iglesia mantiene la responsabilidad personal, la necesidad de la conversión, el deber de reparar el daño y la obligación de proteger a las víctimas. La providencia divina no sustituye la responsabilidad humana ni autoriza la pasividad ante la injusticia.

La autonomía relativa de la creación

La creación posee un orden propio. Las criaturas actúan conforme a sus naturalezas y a las leyes que las rigen. Ese orden permite la estabilidad del mundo, la investigación científica, la acción responsable y el desarrollo de la vida. Sin embargo, la misma regularidad natural puede producir consecuencias dolorosas: el fuego calienta, pero también quema; las fuerzas geológicas forman continentes, pero pueden provocar terremotos; la herencia biológica transmite la vida, aunque también puede transmitir enfermedades.

Tomás de Aquino sostiene que la perfección del universo requiere diversos grados de seres y diferentes modos de actuación. Una creación compuesta únicamente por seres incapaces de sufrir no correspondería a toda la riqueza de las naturalezas creadas. Además, la interacción entre los seres puede producir daños, porque unas realidades dependen de otras y los procesos naturales comportan transformación y destrucción.5

Esta consideración no demuestra que cada sufrimiento particular resulte necesario. Sólo muestra que la eliminación absoluta de toda posibilidad de daño transformaría radicalmente el orden de la creación. La teología católica no puede deducir de aquí una explicación concreta para cada tragedia.

La vulnerabilidad de la existencia corporal

La vida humana depende del mundo material. El cuerpo recibe alimento, aire, protección y cuidados; también queda expuesto a accidentes, enfermedades y agresiones. La vulnerabilidad forma parte de la condición corporal y permite la dependencia mutua, la compasión y la responsabilidad social.

Adrián J. Walker observa que la existencia encarnada implica una exposición radical al mundo que la rodea. Esta condición no explica de forma funcional todo sufrimiento inocente, pero ayuda a comprender por qué una vida corporal finita no posee una protección natural absoluta frente a toda amenaza.6

La providencia y la permisión del mal

Permitir no equivale a querer

La doctrina católica distingue cuidadosamente entre querer y permitir. Dios quiere el bien; permite determinados males sin aprobarlos, porque puede respetar la libertad de las criaturas, conservar la estabilidad del orden natural y orientar providencialmente la historia hacia un bien mayor.

El Catecismo de la Iglesia Católica formula esta verdad como un misterio:

«El hecho de que Dios permita el mal físico y moral es un misterio que Dios ilumina por su Hijo Jesucristo, que murió y resucitó para vencer el mal. La fe nos da la certeza de que Dios no permitiría el mal si no hiciera salir el bien del mal mismo, por caminos que conoceremos plenamente sólo en la vida eterna».7

La permisión divina no convierte el mal en algo bueno. Un abuso sigue siendo un abuso, una guerra injusta sigue siendo una injusticia y la muerte de una persona inocente sigue siendo un mal. El bien que Dios puede suscitar a partir de una tragedia pertenece a un orden distinto del mal sufrido.

El bien del conjunto

Tomás de Aquino sostiene que el bien del universo puede requerir la tolerancia de ciertos defectos particulares. Una arquitectura puede ocultar parte de sus cimientos para sostener el edificio entero; de forma análoga, la providencia puede permitir que una parte padezca una carencia dentro de un orden más amplio.8

Esta tesis no permite a los seres humanos calcular el valor de una víctima ni justificar el sufrimiento ajeno apelando de manera superficial al «bien mayor». La perspectiva divina sobre el conjunto de la creación supera el conocimiento humano. La tradición cristiana afirma que la plenitud del plan providente sólo quedará manifiesta en la vida eterna.9

Los bienes que surgen en medio del mal

Algunos bienes no aparecen a pesar de una situación dolorosa, sino mediante respuestas libres dentro de ella: la solidaridad, el perdón, el heroísmo, la paciencia, la defensa de la víctima y la entrega generosa. Sin embargo, nadie debe provocar un mal para obtener esos bienes. La bondad de una respuesta no convierte en bueno el mal que la hizo necesaria.

Tomás de Aquino explica que la providencia no pretende eliminar todo mal de manera indiscriminada, sino ordenar el mal que aparece hacia algún bien. También afirma que ciertos bienes humanos -como la paciencia del justo frente a la persecución- sólo pueden manifestarse en un mundo donde existe la injusticia.5

El sufrimiento inocente y los límites de la explicación

La protesta de la víctima

La fe católica no obliga a silenciar la protesta ante el sufrimiento. Job puede presentar ante Dios su dolor y su desconcierto. Jesucristo mismo, desde la cruz, pronuncia el grito: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?». Benedicto XVI enseña que la oración puede incluir el lamento, la pregunta y el clamor ante el silencio divino.10

La protesta creyente no equivale necesariamente a una negación de Dios. Puede expresar precisamente la convicción de que Dios es justo y poderoso, aunque la persona no comprenda su acción. La fe conserva la certeza del amor divino incluso cuando la experiencia inmediata parece contradecirlo.10

La crítica a las explicaciones simplistas

La tradición bíblica y cristiana rechaza la idea de que todo sufrimiento constituya un castigo directo por un pecado personal. La enfermedad de una persona no autoriza a atribuirle culpa moral, y la desgracia de una familia no prueba una condena divina.

La escala de sufrimiento muestra con especial claridad el peligro de las explicaciones rápidas. Cuanto mayor es el dolor, mayor debe ser la prudencia al hablar. Una teoría que pretende justificar cada tragedia con una causa precisa puede terminar culpando a la víctima y deformando la imagen de Dios.

Walker afirma que el sufrimiento inocente no admite una explicación entendida como reducción del fenómeno a una finalidad funcional evidente. Cristo no ofrece una fórmula que haga transparente cada caso, pero ilumina el sufrimiento mediante el amor gratuito con el que Él mismo sufrió inocentemente.6

Jesucristo como respuesta cristiana

La Encarnación y la cruz

La respuesta cristiana al sufrimiento no consiste primero en una explicación abstracta, sino en una persona: Jesucristo, Dios hecho hombre. Cristo entra en la condición humana, conoce el cansancio, el rechazo, la violencia, el abandono y la muerte. En la cruz, Dios no contempla el sufrimiento desde una distancia indiferente, sino que lo asume en la humanidad de su Hijo.

Juan Pablo II enseña que el amor constituye la fuente más profunda del sentido del sufrimiento y que Dios ofrece la respuesta definitiva en la cruz de Jesucristo.11

La cruz no declara que el dolor sea bueno por sí mismo. La tortura y la muerte de Cristo fueron males morales cometidos por personas concretas. Dios transformó ese crimen en ocasión de redención mediante la obediencia amorosa del Hijo y su resurrección. El mayor mal moral de la historia quedó vinculado al mayor bien: la glorificación de Cristo y la salvación del mundo.3

La resurrección y la esperanza

Sin la resurrección, la cruz quedaría como una derrota. La resurrección proclama que el sufrimiento y la muerte no poseen la última palabra. La esperanza cristiana no promete que toda víctima recibirá necesariamente una compensación visible en esta vida; anuncia que Dios hará justicia, sanará las heridas y llevará a plenitud a quienes participan de la vida de Cristo.

El sufrimiento conserva así un carácter provisional dentro de la historia. La gloria futura no borra retrospectivamente el dolor padecido, sino que lo redime y lo transfigura. La tradición cristiana considera que el desarrollo completo del plan divino sólo puede contemplarse desde la eternidad.9

Participación en la cruz

Juan Pablo II describe la respuesta de Cristo al sufrimiento como una llamada: «Sígueme». Cristo no ofrece siempre una explicación teórica de las causas del dolor; invita a unirse a su cruz y a participar en su obra redentora. Con el tiempo, la persona puede descubrir un sentido espiritual que no habría alcanzado mediante una explicación meramente intelectual.12

Esta participación no significa buscar el dolor ni aceptar pasivamente la injusticia. El cristiano puede y debe utilizar medios legítimos para prevenir enfermedades, aliviar el dolor, proteger a los débiles y detener la violencia. La unión con Cristo transforma el sufrimiento inevitable, pero no convierte en virtud la tolerancia negligente de un mal evitable.

Consecuencias para la vida cristiana

El deber de aliviar el sufrimiento

La respuesta católica al argumento de la escala no puede quedarse en el terreno de las ideas. La existencia de grandes sufrimientos exige caridad efectiva, justicia social y responsabilidad política. Hospitales, familias, parroquias, asociaciones y autoridades deben cooperar para reducir el dolor evitable.

Benedicto XVI recuerda que la compasión no siempre necesita respuestas verbales. Acompañar, escuchar, permanecer junto a quien sufre y ofrecer ayuda concreta forman parte del lenguaje del consuelo.13

La solidaridad cristiana rechaza dos errores opuestos:

  • La resignación fatalista, que presenta toda desgracia como inevitable y desaconseja actuar.
  • El activismo sin esperanza, que pretende construir una salvación puramente terrena y termina ignorando los límites de la condición humana.

La caridad afronta el dolor real con medios concretos y con la esperanza de que la redención definitiva procede de Dios.

El valor de la presencia

Ante los sufrimientos extremos, las palabras pueden fracasar. Una presencia respetuosa puede expresar más verdad que una explicación. El silencio compartido, una ayuda práctica, una escucha paciente y el respeto por el ritmo de la persona herida manifiestan la cercanía de Dios a través de la comunidad cristiana.13

Francisco relaciona la felicidad con la capacidad de amar y contempla en Cristo crucificado el amor que se entrega sin límite. También afirma que la fragilidad puede convertirse en fuente de consuelo y apoyo cuando la persona descubre que permanece amada.14

La dignidad de quien sufre

El sufrimiento no disminuye la dignidad de una persona. La víctima no vale menos por su enfermedad, dependencia, discapacidad o incapacidad para producir. La cruz de Cristo revela que el valor humano no depende de la salud, la eficacia, la autonomía o el reconocimiento social.

Juan Pablo II afirma que el sufrimiento puede revelar a la persona su humanidad, su dignidad y su vocación, aunque también reconoce que permanece como uno de los misterios más impenetrables de la existencia. En Cristo, los enigmas del dolor y de la muerte adquieren un sentido nuevo.15

Evaluación crítica del argumento

Lo que el argumento consigue mostrar

El argumento de la escala de sufrimiento plantea una dificultad auténtica. Obliga a rechazar imágenes demasiado simples de Dios y a reconocer que la providencia no funciona como una protección automática contra todo dolor. También recuerda que la fe cristiana no puede hablar del sufrimiento con ligereza.

La objeción posee especial fuerza frente a una concepción de Dios que prometiera maximizar el bienestar inmediato de cada individuo. Si alguien define la bondad divina como la eliminación constante de todo dolor, la presencia de sufrimientos extremos parece incompatible con esa definición.

Lo que el argumento no demuestra por sí solo

La existencia de un sufrimiento aparentemente inútil no demuestra lógicamente que Dios no exista. Para alcanzar esa conclusión habría que probar que ningún motivo moralmente suficiente puede justificar la permisión de ningún sufrimiento extremo. Pero la limitación del conocimiento humano impide demostrar de manera absoluta que no exista un bien providencial desconocido.

La tradición católica no sostiene que el ser humano pueda identificar siempre ese bien. El Catecismo afirma que los caminos por los que Dios extrae el bien del mal sólo llegarán a conocerse plenamente en la vida eterna.7

El peligro de convertir la respuesta en una justificación del dolor

Una defensa defectuosa de la bondad divina puede causar daño. Presentar el sufrimiento como necesario, merecido o útil en todos los casos puede destruir la confianza de la víctima y legitimar la indiferencia ante la injusticia.

La respuesta católica debe mantener simultáneamente cuatro afirmaciones:

  1. Dios es bueno y no causa el mal moral.
  2. El sufrimiento constituye un mal real y no una ilusión.
  3. Dios puede obtener bienes del mal sin convertirlo en bien.
  4. El sentido último de muchos sufrimientos permanece oculto hasta la vida eterna.

Esta combinación evita tanto la desesperación como el optimismo ingenuo.

El sentido cristiano del sufrimiento

El cristianismo no presenta una explicación exhaustiva de cada grado de dolor. Ofrece una interpretación global fundada en la creación, la libertad, la caída, la encarnación, la cruz, la resurrección y la vida eterna.

El sufrimiento no pertenece al bien supremo que Dios desea para la creación, pero aparece dentro de un mundo finito, vulnerable y marcado por el pecado. Dios lo permite sin aprobarlo, acompaña a quienes sufren, suscita respuestas de amor y orienta la historia hacia la redención. En Jesucristo, Dios transforma el sufrimiento desde dentro: lo convierte en lugar de solidaridad, entrega y esperanza, sin negar su dureza.

La respuesta católica alcanza su centro en esta convicción: Dios no permanece indiferente ante el sufrimiento humano, porque el Hijo ha entrado en él y lo ha vencido mediante la resurrección. La razón puede reconocer que la existencia del mal no constituye una contradicción necesaria con la existencia de Dios; la fe descubre en Cristo que el amor divino posee la última palabra.

Conclusión

El argumento de la escala de sufrimiento formula una objeción seria a la bondad de Dios al confrontarla con los dolores más intensos, injustos y aparentemente inútiles. La respuesta católica distingue entre mal físico y mal moral, entiende el mal como privación, atribuye la culpa moral a las criaturas libres y afirma que la providencia divina puede ordenar el mal hacia un bien sin aprobarlo ni causarlo.

La Iglesia no ofrece una explicación funcional para cada tragedia. Reconoce el misterio, permite el lamento y rechaza las respuestas que culpabilizan a las víctimas. La luz decisiva procede de Jesucristo crucificado y resucitado: en Él, Dios comparte el sufrimiento, redime la historia y promete la victoria definitiva sobre el pecado, el dolor y la muerte.

Citas y referencias

  1. Teodicea. Enciclopedia Católica, Teodicea (1913). 2
  2. Providencia - Que la certeza de la providencia divina no excluye el mal de las cosas, Tomás de Aquino. Compendio de Teología (Compendium Theologiae), Parte I - Capítulo 141. 2
  3. Basil Cole, O.P. San Tomás y la «Buena noticia» del castigo? , 11 (2022). 2
  4. Tomás de Aquino. Cuestiones disputadas sobre el mal, 1.2.resp (1272).
  5. Providencia - Que no se deroga la bondad de Dios al permitir los males, Tomás de Aquino. Compendio de Teología (Compendium Theologiae), Parte I - Capítulo 142. 2
  6. Adrian J. Walker. ‘¡Alégrate siempre.’ Cómo la alegría cotidiana responde al problema del mal, 31 (2004). 2
  7. Capítulo I Creo en Dios el Padre, Catecismo de la Iglesia Católica, 324 (1992). 2
  8. Libro III: Dios, el fin de las criaturas - Capítulo 71 - Que la providencia divina no es totalmente inconsistente con la presencia del mal en la creación, Tomás de Aquino. Summa Contra Gentiles, 228 (1265).
  9. Optimismo. Enciclopedia Católica, Optimismo (1913). 2
  10. Parte II: «caritas, la práctica del amor por la Iglesia como una “comunidad de amor”» - Los responsables de la actividad caritativa de la Iglesia, Papa Benedicto XVI. Deus Caritas Est, 38 (2005). 2
  11. III. La búsqueda de una respuesta a la cuestión del sentido del sufrimiento, Papa Juan Pablo II. Salvifici Doloris: Sobre el sentido cristiano del sufrimiento humano, 13 (1982).
  12. VI. El evangelio del sufrimiento, Papa Juan Pablo II. Salvifici Doloris: Sobre el sentido cristiano del sufrimiento humano, 26 (1982).
  13. Papa Francisco. Misericordia et misera, 13 (2016). 2
  14. Jubileo extraordinario de la misericordia: Jubileo para los enfermos y personas con discapacidad, Papa Francisco. Jubileo extraordinario de la misericordia: Jubileo para los enfermos y personas con discapacidad (12 de junio de 2016), 1 (2016).
  15. VIII. Conclusión, Papa Juan Pablo II. Salvifici Doloris: Sobre el sentido cristiano del sufrimiento humano, 31 (1982).
Modificado el 10 de agosto de 2026 • FideScore™ 9.12Citar este artículoPaq. Scorm (LMS)Sugerir mejoraCompartir artículoImprimir artículoGenerar QRInstalar aplicación

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