La expresión experiencia religiosa posee un significado amplio. Puede designar la oración, la conversión, el sentido de dependencia ante Dios, la percepción de la propia contingencia, la vivencia de la gracia, el culto, la conciencia moral, la contemplación de la creación o la certeza interior que acompaña a la fe. La variedad de estos fenómenos exige distinguir la experiencia religiosa de una mera impresión pasajera o de cualquier emoción intensa.1
La experiencia, en sentido filosófico y teológico, implica un conocimiento o aprehensión inmediata de una realidad concreta, interior o exterior al sujeto. No equivale, por tanto, a una descripción teórica recibida de terceros ni a una conclusión abstracta elaborada sin contacto vital con aquello que se conoce. La experiencia nace de una relación directa y vivida con su objeto.2
La experiencia religiosa forma parte de la experiencia global de la persona. El ser humano vive en el mundo visible, actúa dentro de él y, al mismo tiempo, permanece abierto a la trascendencia. Por esta razón, la vivencia de Dios no constituye un compartimento aislado de la vida psíquica, separado de la inteligencia, de la voluntad, de la conciencia moral, de la memoria, de las relaciones humanas y de los acontecimientos históricos.2
La experiencia religiosa no es sólo sentimiento
Una reducción sentimental de la religión identifica la experiencia religiosa con el entusiasmo, la emoción estética, la consolación o el sobrecogimiento. Aunque estos elementos puedan acompañar la vivencia de Dios, ninguno de ellos define por sí solo la experiencia religiosa.
La religión comprende también aspectos cognoscitivos. La persona religiosa no sólo experimenta una emoción, sino que interpreta su vida a la luz de una realidad que considera verdadera: Dios. La experiencia no equivale a una construcción mental arbitraria, porque pretende responder a una presencia o realidad que precede al sujeto y que provoca su reacción interior.2
La experiencia religiosa integra, además, la inteligencia y la voluntad. Incluye conocimiento, asentimiento, amor, obediencia, esperanza, arrepentimiento y decisión moral. En la tradición cristiana, la fe compromete a toda la persona y no únicamente su dimensión afectiva. La experiencia religiosa auténtica comporta, por ello, una comprensión progresiva del misterio y una orientación práctica de la existencia.
Experiencia ordinaria y experiencia mística
La experiencia religiosa ordinaria pertenece a la vida espiritual cotidiana del creyente. Puede alcanzar distintos grados de intensidad sin convertirse por ello en experiencia mística en sentido estricto. La mística cristiana implica gracias extraordinarias y formas singulares de conocimiento y unión con Dios, mientras que la vida ordinaria de la fe permanece abierta a una vivencia real, aunque oscura y no extraordinaria, de lo sobrenatural.2
Esta distinción posee importancia apologética. El argumento de la experiencia religiosa no depende de que una persona haya recibido visiones, locuciones interiores o fenómenos extraordinarios. La confianza en Dios, la conversión moral, la oración, la caridad y la percepción de la acción de la gracia pertenecen a una esfera mucho más amplia que la mística excepcional.
