La enciclopedia católica en español

Argumento de la inclinación al bien sobre la bondad de Dios

El argumento de la inclinación al bien sostiene que todas las criaturas tienden hacia algún bien conforme a su naturaleza y que esa orientación no puede explicarse plenamente sin reconocer una fuente primera de todo bien. En la filosofía católica, especialmente en la metafísica y la teología de santo Tomás de Aquino, este razonamiento conduce desde los bienes particulares y participados hasta Dios como Bien supremo, causa primera, fin último y fundamento de toda bondad creada.

Cuadro resumen[Datos abiertos]
NombreArgumento de la inclinación al bien
CategoríaTérmino
DescripciónTodas las cosas buscan su propio fin y, por tanto, dependen de una causa primera que posee el bien de forma originaria: Dios. Razón que afirma que toda criatura tiende a un bien conforme a su naturaleza y que esa orientación sólo puede explicarse reconociendo a Dios como fuente primera del bien. El argumento parte de la observación de que cada ser, según su naturaleza, persigue una perfección que constituye un bien. Esa inclinación, presente tanto en criaturas racionales como irracionales, requiere una causa primera que posee el bien en sí mismo; el argumento identifica a esa causa primera con Dios, el Bien supremo, causa eficiente y fin último de toda bondad creada
Contexto HistóricoDesarrollado en la metafísica y teología de Santo Tomás de Aquino (siglo XIII) y retomado en la doctrina católica contemporánea (siglos XX-XXI).
Enseñanzas PrincipalesTodo ser tiende a una perfección que constituye un bien conforme a su naturaleza.; Las criaturas no son la fuente última de su propia bondad; dependen de una causa primera.; Dios es el Bien por esencia, causa eficiente y fin último de toda bondad creada.; La libertad humana está orientada naturalmente al bien, aunque el pecado pueda desordenarla.; La gracia divina perfecciona la naturaleza humana y la dirige plenamente al Bien supremo.
ImportanciaBase fundamental para la teología moral, la ley natural y la comprensión de la bondad de Dios en la tradición católica.
Personas Relacionadas
  • Santo Tomás de Aquino
  • Alphonsus Liguori
  • Fulvio Di Blasi
  • Thomas Joseph White
  • Paul Gondreau
  • Basil Cole
  • Michael Waldstein
TemaBien, naturaleza, ley natural, metafísica tomista, Dios como Bien supremo
TipoDoctrina, Argumento teológico, Argumento de la ley natural

Tabla de contenido

Concepto general del argumento

El razonamiento parte de una experiencia universal: todo ser busca, según su modo propio, aquello que perfecciona su naturaleza. Una planta tiende a desarrollarse, un animal busca alimento y protección, y la persona humana desea la verdad, la felicidad, la justicia y la plenitud. Estas tendencias no constituyen fenómenos aislados, sino que manifiestan una orientación interna hacia fines determinados.

Santo Tomás afirma que todas las cosas desean el bien, incluso las criaturas carentes de conocimiento. Los seres racionales buscan su fin mediante el conocimiento y la elección; los seres irracionales alcanzan sus fines por inclinaciones naturales inscritas en su estructura; y los seres sin conocimiento actúan conforme a una ordenación que procede de Dios, causa primera de la naturaleza.1

El argumento puede formularse de manera sintética:

  1. Todo ser posee una inclinación hacia algún bien o perfección.
  2. Esa inclinación corresponde a la naturaleza y al fin propio de cada ser.
  3. Las criaturas no son la fuente última de su propia naturaleza, de sus perfecciones ni de la ordenación de sus tendencias.
  4. Todo bien creado posee un carácter participado y limitado.
  5. La participación exige una fuente primera que posea el bien de modo originario.
  6. Esa fuente primera del bien es Dios.

El argumento no presenta a Dios como un objeto particular entre otros objetos deseables. Dios constituye el fundamento trascendente de todo cuanto puede llamarse bueno. Los bienes creados son buenos en la medida en que poseen perfección, y toda perfección creada procede, en último término, de la perfección divina.

La noción metafísica de bien

El bien como perfección deseable

La tradición tomista define el bien mediante su relación con el deseo: bueno es aquello que resulta apetecible porque perfecciona a un sujeto. Todo ser, en cuanto posee una determinada perfección, tiende a conservarla, desarrollarla o alcanzarla.

Santo Tomás explica que cada cosa busca su propia perfección. La perfección de un efecto guarda cierta semejanza con la causa que lo produce; por esta razón, toda criatura manifiesta, aunque de forma limitada, algo de la perfección de su causa. Como Dios constituye la causa primera eficiente de todas las cosas, la bondad y la deseabilidad pertenecen a Dios de manera eminente.2

Esta afirmación requiere una precisión: la criatura no desea necesariamente a Dios de manera consciente y explícita. Un animal no formula intelectualmente la idea de Dios cuando busca alimento, y una planta no comprende el fin de su crecimiento. Sin embargo, ambas realidades actúan conforme a una ordenación que encuentra en Dios su fuente última. La inclinación hacia un bien limitado participa, de manera remota y analógica, de la ordenación universal hacia el Bien primero.

Bien, ser y perfección

En la metafísica cristiana, el bien no constituye una realidad completamente separada del ser. Todo cuanto existe posee algún grado de bondad porque posee alguna perfección. El mal, en cambio, no constituye una sustancia independiente ni una realidad positiva originaria: consiste en una privación de un bien debido.

La ausencia de vista en una piedra no constituye un mal, porque la piedra no posee naturaleza visual. La ceguera en una persona sí constituye un mal físico, porque priva a un sujeto de una perfección propia de su naturaleza. Esta concepción permite comprender que el mal depende siempre de algún bien previamente existente. La tradición expresa esta relación mediante la fórmula latina malum in bono fundatur: el mal tiene su fundamento en el bien.3

Por tanto, la existencia de inclinaciones defectuosas o de acciones moralmente malas no refuta el argumento. El mal moral no posee una inclinación natural originaria comparable a la inclinación hacia el bien. El mal aparece como desorden, privación o desviación de una tendencia buena.

La inclinación natural en las criaturas

Inclinación y finalidad

La naturaleza de cada criatura incluye principios internos de operación. Una semilla tiende a convertirse en planta; los órganos corporales actúan en orden a funciones determinadas; los animales buscan aquello que conviene a su supervivencia y a la conservación de su especie. La inclinación natural no equivale a una fuerza externa que empuja mecánicamente a un objeto, sino a un principio interno por el que un ser actúa conforme a su naturaleza.

Santo Tomás distingue entre una dirección externa y una inclinación interna. Una flecha alcanza un blanco porque el arquero la dirige; la piedra cae hacia abajo porque posee un principio natural de movimiento; y los seres vivos actúan según disposiciones internas que orientan sus operaciones hacia fines propios. La inclinación natural participa de la ordenación del primer motor, Dios, y por eso cada criatura tiende hacia el bien que corresponde a su naturaleza.1

La finalidad natural no implica que todas las criaturas posean deliberación. La finalidad puede existir de dos modos:

  • Finalidad consciente, propia de los seres racionales, capaces de conocer el fin y elegir medios.
  • Finalidad natural no consciente, propia de los seres irracionales y de los cuerpos naturales, que actúan conforme a estructuras y leyes ordenadas.

En ambos casos existe una relación entre naturaleza, operación y fin. La criatura tiende hacia aquello que puede perfeccionarla.

Los bienes particulares y el Bien universal

Los bienes que encontramos en el mundo poseen carácter limitado. La salud, el conocimiento, la amistad, la prosperidad, la vida social y los bienes materiales pueden perfeccionar determinados aspectos de la persona, pero ninguno alcanza por sí solo la plenitud de la felicidad humana.

Cada bien particular presenta una perfección real, aunque parcial. Además, los bienes creados dependen de otros seres y de causas anteriores para existir y conservarse. Esta dependencia muestra que los bienes particulares no poseen en sí mismos la razón plena de su bondad. Constituyen bienes participados, es decir, bienes que reciben y reflejan una perfección que no originan absolutamente.4

La inteligencia puede remontarse desde los bienes limitados hasta una fuente primera de la bondad. Las realidades creadas manifiestan parcialmente una bondad superior, pero también la ocultan, porque ninguna criatura expresa de manera exhaustiva la perfección divina. Dios posee la bondad de modo originario, mientras que las criaturas la poseen de modo recibido, limitado y dependiente.4

La inclinación humana hacia el bien

La voluntad como apetito racional

La persona humana no sólo experimenta deseos sensibles. Posee también una voluntad, entendida en la antropología tomista como apetito racional: la capacidad de dirigirse hacia aquello que la inteligencia presenta bajo la razón de bien.

La voluntad desea necesariamente el bien en cuanto bien, aunque pueda equivocarse al identificar qué realidad concreta perfecciona verdaderamente a la persona. Nadie elige el mal moral bajo la razón formal de mal; quien comete una injusticia suele buscar algún bien limitado -riqueza, reconocimiento, placer, seguridad o poder- mediante un acto desordenado. El error consiste en preferir un bien inferior o aparente contra el orden del bien auténtico.

Santo Tomás enseña que todos los deseos particulares proceden de una orientación natural hacia el fin. La persona quiere los medios porque los considera ordenados a algún fin, y desea los fines porque los entiende como bienes. La tradición tomista distingue así entre el amor natural, por el que una criatura tiende espontáneamente hacia su propio bien, y el amor electivo, por el que la voluntad escoge determinados bienes como medios o fines concretos.5

El deseo de felicidad

La inclinación fundamental de la voluntad humana apunta hacia la felicidad. Cada persona busca una plenitud que ningún bien finito puede proporcionar de manera completa. Los bienes particulares satisfacen deseos concretos, pero dejan abierta la aspiración a una felicidad más universal y estable.

La filosofía tomista interpreta esta apertura como un indicio de la orientación de la persona hacia Dios. El ser humano posee una inteligencia capaz de conocer la verdad y una voluntad abierta al bien universal. Ninguna criatura finita puede colmar plenamente una facultad cuyo horizonte propio alcanza la verdad y el bien sin límite.

Dios constituye el fin último de la persona humana porque sólo Él puede satisfacer plenamente el deseo de felicidad. La criatura racional está ordenada a Dios de una forma superior a la de las demás criaturas: puede alcanzar su fin mediante el conocimiento y el amor. El universo entero manifiesta la bondad divina, pero la persona humana puede reconocer esa bondad y responder libremente a ella.6

La inclinación natural hacia Dios

La doctrina tomista sostiene que la voluntad humana posee una orientación estructural hacia Dios como Bien supremo. Esta orientación no significa que toda persona piense explícitamente en Dios en cada decisión ni que cada acto humano constituya un acto religioso. Significa que el dinamismo último de la voluntad no puede cerrarse adecuadamente en un bien limitado.

La persona busca bienes concretos porque los considera perfecciones. Sin embargo, el deseo de perfección permanece abierto más allá de cada bien particular. La inteligencia puede reconocer que las criaturas poseen una bondad derivada y que la fuente primera de toda bondad debe trascender el conjunto de las criaturas. De este modo, la inclinación al bien proporciona un punto de partida para la apertura natural al conocimiento de Dios.7

Santo Tomás llega incluso a afirmar que el amor natural de la criatura racional ordena a amar a Dios por encima de sí misma. Si la persona amase su propio bien separado del Bien supremo, su amor natural quedaría desordenado. La criatura alcanza su auténtica perfección cuando reconoce que su bien procede de Dios y encuentra en Dios su cumplimiento.5

La ley natural y la inclinación al bien

El primer principio de la razón práctica

La inclinación humana al bien adquiere una formulación moral en el primer principio de la razón práctica:

«El bien debe hacerse y buscarse, y el mal debe evitarse».8

Este principio no constituye una regla añadida desde fuera a la vida humana. Expresa la estructura misma de la razón práctica. Cuando una persona delibera sobre lo que debe hacer, considera diversas posibilidades bajo la razón de bien y busca la acción que pueda perfeccionar auténticamente su vida.

La ley natural consiste en la participación de la criatura racional en la ley eterna. Dios imprime en cada naturaleza una ordenación hacia sus actos y fines propios; la criatura racional participa de esa ordenación de una manera eminente porque puede gobernarse a sí misma y cooperar conscientemente con la providencia divina. En este sentido, la ley natural orienta a la persona hacia el acto debido y el fin debido.8

Las inclinaciones naturales y su unidad

La tradición tomista distingue diversas inclinaciones inscritas en la naturaleza humana:

  • La inclinación a conservar la propia vida.
  • La inclinación a proteger la vida y educar a la descendencia.
  • La inclinación a conocer la verdad.
  • La inclinación a vivir en sociedad.
  • La inclinación a buscar el bien moral y la felicidad.

Estas inclinaciones no forman una colección desordenada de impulsos. El primer principio de la razón práctica las integra y las ordena: todas deben quedar subordinadas al bien humano integral. La razón determina cómo perseguir los bienes corporales, familiares, sociales e intelectuales de manera auténticamente humana.9

La ley natural no equivale a una ley biológica. La inclinación natural proporciona el punto de partida, pero la razón debe discernir el modo correcto de realizarla. La inclinación a conservar la vida, por ejemplo, no autoriza cualquier medio; la inclinación a la unión y a la generación no justifica cualquier conducta; y la inclinación al conocimiento no permite utilizar la verdad contra la dignidad de otra persona.

La inclinación al bien como fundamento de la moralidad

La moralidad no depende simplemente de aquello que una persona desea de hecho. Una inclinación psicológica puede resultar desordenada, y una costumbre adquirida puede orientar hacia un objeto perjudicial. La naturaleza humana contiene tendencias hacia bienes auténticos, pero el pecado, la ignorancia, la educación deficiente y los hábitos viciosos pueden deformar el juicio y el deseo.

Por esta razón, el criterio moral no consiste en seguir cualquier impulso, sino en actuar conforme a la razón recta, es decir, conforme a la verdad sobre la persona y sus fines. La inclinación fundamental al bien necesita recibir una ordenación racional y virtuosa. Una tendencia espontánea no basta para distinguir el bien moral del mal moral. La mera observación de los impulsos humanos podría incluso confundir el egoísmo con una conducta natural, cuando la justicia y la generosidad exigen superar la búsqueda desordenada del propio interés.6

De la bondad creada a la bondad divina

La estructura de la participación

El argumento adquiere fuerza metafísica mediante la noción de participación. Las criaturas poseen bondad, pero ninguna criatura es la bondad misma. Cada ser tiene una perfección limitada: una planta posee vida vegetal; un animal, sensibilidad y movimiento; una persona, inteligencia y voluntad.

La bondad de cada criatura depende de la medida de ser y perfección que posee. Puesto que las criaturas reciben su ser, también reciben su bondad. La existencia de bienes participados reclama una fuente que posea la perfección sin recibirla de otro. Esa fuente primera no puede consistir en otra realidad limitada, porque el problema reaparecería: también habría que explicar la bondad de esa realidad.

Dios es, por tanto, el Bien por esencia. Las criaturas son buenas por participación. La bondad divina no constituye una cualidad accidental añadida a Dios, como la salud o la belleza pueden añadirse a una criatura. Dios es plenamente bueno porque en Él coinciden de manera absoluta el ser, la perfección, la verdad y la bondad.

Dios como causa eficiente y fin último

Dios causa el bien de las criaturas de dos maneras relacionadas:

  • Como causa eficiente, Dios comunica el ser y las perfecciones que hacen buena a cada criatura.
  • Como causa final, Dios atrae todas las cosas hacia el cumplimiento de su perfección y hacia la manifestación de la bondad divina.

La providencia ordena el universo hacia Dios como fin último. Dios no crea para adquirir una perfección que le falte, pues posee toda perfección de modo infinito. Crea libremente para comunicar el bien y manifestar su perfección en las criaturas. La bondad creada procede de Dios y retorna a Él mediante la alabanza, el conocimiento, el amor y el cumplimiento del fin propio de cada criatura.3

Esta comunicación de la bondad no disminuye la perfección divina. Una fuente de luz no pierde su luminosidad por iluminar otros objetos; de modo análogo, Dios comunica el bien sin experimentar carencia ni aumento. La creación constituye un don libre de la bondad divina, no una necesidad impuesta a Dios.

Libertad y orientación al bien

Libertad no significa indiferencia absoluta

Una objeción habitual identifica la libertad con la indiferencia completa entre el bien y el mal. Según esa concepción, una voluntad sería tanto más libre cuanto menos inclinada estuviera hacia un bien determinado. La antropología cristiana rechaza esta idea.

La libertad no consiste en carecer de orientación, sino en poder actuar mediante el conocimiento y el amor del bien. Una voluntad perfectamente libre no necesita inclinarse hacia el mal para demostrar su libertad. Al contrario, cuanto más plenamente conoce y ama el bien, más libre resulta su actuación.

La libertad divina constituye el ejemplo supremo. Dios actúa con libertad perfecta y, al mismo tiempo, posee una necesidad absoluta de bondad: no puede querer el mal porque su naturaleza es el Bien infinito. La libertad y la necesidad no se oponen de manera universal; sólo la necesidad física, que elimina la elección, contradice la libertad. La necesidad moral de amar el bien perfecto manifiesta una libertad superior, no una limitación.10

La posibilidad del pecado

La criatura racional puede pecar porque su libertad creada no posee la plenitud absoluta de la libertad divina. Toda criatura depende de Dios y puede apartarse de la ordenación hacia su fin. La posibilidad de pecar pertenece a la condición de una libertad creada que todavía no ha alcanzado la visión plena de Dios.

Sin embargo, la inclinación al pecado no pertenece a la naturaleza humana tal como Dios la creó. La doctrina católica distingue entre:

  • La inclinación originaria al bien, inscrita en la naturaleza y querida por Dios.
  • La posibilidad de elegir el mal, propia de la libertad creada.
  • La inclinación desordenada al mal, consecuencia del pecado original.

El pecado original no destruye la naturaleza humana ni elimina su orientación hacia el bien. Debilita la inclinación hacia la virtud y favorece el desorden de los deseos. Santo Tomás distingue entre los principios constitutivos de la naturaleza, que el pecado no destruye, y la inclinación a la virtud, que el pecado disminuye. La justicia original, en cambio, quedó perdida por el pecado de los primeros padres.11

La libertad humana conserva, por tanto, una orientación hacia el bien, pero necesita la gracia para alcanzar la plena conformidad con Dios. Sin la ayuda de la gracia, la persona herida por el pecado no puede vivir de forma enteramente adecuada a la dignidad de su naturaleza.10

La inclinación al bien después del pecado original

La naturaleza permanece buena

El pecado original no convierte al ser humano en una criatura esencialmente mala. La doctrina católica sostiene que la naturaleza humana conserva su bondad fundamental porque procede de Dios. La inteligencia, la voluntad, la capacidad de amar, la vida social y el deseo de verdad continúan siendo dones buenos.

El pecado introduce una herida, no una nueva esencia. La persona puede experimentar simultáneamente el deseo del bien y la atracción hacia bienes desordenados. La inclinación al bien permanece, aunque su ejercicio encuentre obstáculos en la ignorancia, la concupiscencia, el egoísmo y los hábitos viciosos.11

La Constitución pastoral Gaudium et spes describe esta situación mediante la tensión interior de la persona, que descubre en su corazón inclinaciones hacia el mal y múltiples males que no proceden del buen Creador. El pecado rompe la relación correcta con Dios, con el propio fin último, con uno mismo, con los demás y con las criaturas.7

La necesidad de la gracia

La razón natural puede reconocer ciertos bienes y principios morales. La persona conserva una capacidad real para conocer a Dios a partir de las criaturas y para comprender principios básicos de la ley natural. Pero el conocimiento racional no basta para realizar existencialmente una vida de amor perfecto a Dios.

La gracia sana y eleva la naturaleza. Sana la herida del pecado, fortalece la voluntad y permite amar a Dios con una caridad que supera las capacidades de la naturaleza creada. La inclinación natural hacia Dios constituye una apertura real, pero la participación sobrenatural en la vida divina requiere el don gratuito de la gracia.

La tradición católica evita así dos extremos:

  • El naturalismo, que pretende alcanzar la comunión con Dios sin la gracia.
  • El pesimismo antropológico, que considera destruida toda capacidad natural para el bien.

La naturaleza humana permanece ordenada al bien y abierta a Dios, pero necesita la redención de Cristo para alcanzar su destino sobrenatural.

El argumento y la experiencia moral

La búsqueda de bienes absolutos

La experiencia moral muestra que las personas juzgan algunas acciones como buenas o malas con una seriedad que supera la utilidad inmediata. Muchos consideran que la justicia, la dignidad humana, la verdad o la solidaridad poseen un valor que no depende por completo de las preferencias individuales.

La filosofía tomista interpreta esta experiencia como una señal de que la razón práctica no puede funcionar adecuadamente sin una referencia al bien en sentido absoluto. La persona relativiza sus intereses particulares ante valores superiores y reconoce que ciertos bienes deben respetarse incluso cuando su cumplimiento exige sacrificio. La inclinación natural a amar a Dios por encima de uno mismo expresa precisamente la apertura de la vida moral a un punto de vista absoluto.12

Esto no prueba que toda persona formule conscientemente la existencia de Dios en cada juicio moral. La experiencia moral puede permanecer fragmentaria, confusa o incluso contradictoria. Una persona puede defender ciertos valores objetivos y negar explícitamente a Dios; otra puede convertir un bien limitado -el éxito, la riqueza, la nación o el placer- en un absoluto falso.

La idolatría consiste, en buena medida, en conceder a un bien finito el lugar que corresponde únicamente al Bien supremo. La inclinación al bien continúa operando, pero la voluntad puede dirigirla hacia objetos incapaces de satisfacerla plenamente.

El bien honesto y el bien útil

La tradición filosófica distingue entre:

  • Bien honesto: aquello que merece ser amado por su propia dignidad.
  • Bien útil: aquello que vale como medio para alcanzar otro bien.
  • Bien deleitable: aquello que produce satisfacción o descanso al apetito.

Una vida moralmente ordenada no confunde estos niveles. El dinero puede resultar útil, el descanso puede resultar deleitable y la justicia posee una dignidad que merece respeto por sí misma. La felicidad auténtica integra utilidad y placer dentro del orden superior del bien honesto.

La elección del bien por sí mismo perfecciona a la persona de una forma más profunda que la búsqueda exclusiva del placer. El gozo acompaña normalmente la realización de la naturaleza, pero no constituye el criterio último de la moralidad.12

Alcance y límites del argumento

No constituye una prueba aislada de todos los atributos divinos

El argumento de la inclinación al bien conduce racionalmente hacia una fuente primera del bien y ayuda a comprender la bondad de Dios. Sin embargo, por sí solo no desarrolla todos los atributos divinos. Para alcanzar una noción más completa de Dios, la metafísica debe examinar también la causalidad, la contingencia, la perfección, la simplicidad, la inteligencia, la voluntad y la finalidad.

La razón humana puede conocer con certeza que Dios existe a partir de las criaturas, pero el conocimiento natural de Dios permanece imperfecto y analógico. Las criaturas permiten hablar verdaderamente de Dios, aunque ninguna expresión humana agote su misterio. La bondad divina supera infinitamente las formas creadas de bondad.4

No identifica toda inclinación psicológica con el bien moral

El argumento tampoco afirma que todo deseo espontáneo sea bueno. La persona puede desear algo que la perjudica, que daña a otra persona o que contradice su fin último. La inclinación natural al bien pertenece a la estructura profunda de la voluntad, mientras que los deseos concretos pueden sufrir desorden.

La moral cristiana distingue entre:

  • La inclinación natural de la voluntad hacia el bien.
  • Los deseos sensibles y afectivos.
  • Las elecciones deliberadas.
  • Los hábitos virtuosos o viciosos.
  • El juicio de la razón práctica.

La virtud permite ordenar las inclinaciones particulares conforme al bien integral de la persona. El vicio, por el contrario, consolida una preferencia desordenada y dificulta el reconocimiento del bien verdadero.

No elimina el problema del mal

La bondad de Dios no implica que toda experiencia concreta resulte inmediatamente agradable ni que el mal carezca de gravedad. Dios no causa el mal moral, aunque permite su existencia dentro del respeto a la libertad creada. La providencia divina puede extraer bienes de las consecuencias del mal, pero nunca convierte el mal en un bien.

La redención de Cristo constituye el ejemplo supremo de esta verdad: del pecado humano que condujo a la muerte de Jesucristo, Dios obtuvo la glorificación de Cristo y la salvación de la humanidad. El mal permaneció mal, pero no tuvo la última palabra.13

La bondad divina no exige que la persona comprenda de inmediato el sentido de cada sufrimiento. La fe cristiana sostiene que Dios puede ordenar incluso los acontecimientos dolorosos hacia un bien mayor, aunque ese orden permanezca oculto durante la vida terrena.

Dimensión teológica y espiritual

La inclinación al bien no pertenece únicamente al ámbito de la especulación filosófica. También ilumina la vida espiritual. Si toda criatura recibe el bien de Dios y tiende hacia su perfección, la oración, la conversión y la caridad realizan de modo consciente el dinamismo más profundo de la naturaleza humana.

La bondad divina posee una dimensión comunicativa: Dios crea, conserva, sostiene, perdona y conduce a las criaturas hacia su plenitud. La tradición espiritual católica contempla esta bondad como una fuente siempre dispuesta a comunicar sus dones. San Alfonso María de Ligorio describe la bondad divina como esencialmente difusiva y orientada a comunicar a las criaturas sus bienes y su felicidad.14

La misericordia no contradice la justicia, sino que manifiesta la plenitud de la bondad divina. Incluso después del pecado de los primeros padres, Dios no abandonó a la humanidad. La tradición catequética del Concilio de Trento presenta la solicitud divina como permanente: Dios conserva su amor y su cuidado por el ser humano a pesar de sus pecados.15

Desde esta perspectiva, la conversión cristiana no destruye la naturaleza humana, sino que la restaura y la orienta hacia su verdadero fin. La gracia permite que la persona ame de modo más pleno aquello que ya buscaba imperfectamente: la verdad, la justicia, la comunión y la felicidad.

Síntesis del razonamiento

El argumento puede resumirse en los siguientes pasos:

  1. Todo ser tiende hacia una perfección conforme a su naturaleza.
  2. La perfección constituye un bien, porque atrae y completa al sujeto.
  3. Toda criatura posee el bien de manera limitada y recibida.
  4. La ordenación de las criaturas hacia sus fines procede de una causa superior.
  5. La fuente primera de toda perfección y bondad no puede ser limitada ni recibida.
  6. Dios es el Bien subsistente, causa primera de todo bien creado.
  7. La criatura racional tiende hacia Dios de modo especial, porque puede conocerle y amarle.
  8. El pecado debilita, pero no elimina, esa orientación natural.
  9. La gracia perfecciona la naturaleza y conduce a la comunión sobrenatural con Dios.

Conclusión

El argumento de la inclinación al bien contempla el universo y la vida humana como realidades ordenadas hacia la perfección. Cada criatura busca su bien propio; los bienes particulares participan de una bondad más alta; y la persona humana, mediante su inteligencia y su voluntad, permanece abierta al bien universal y a la felicidad plena.

La conclusión católica no reduce a Dios a una hipótesis necesaria para explicar determinados deseos psicológicos. Dios es la fuente ontológica de todo bien, el principio que comunica el ser, la causa que ordena las naturalezas y el fin último hacia el que tienden todas las criaturas. La inclinación al bien encuentra en Dios su explicación última porque toda perfección creada procede de Él y toda criatura alcanza su plenitud al participar de su bondad.

La libertad humana alcanza su máxima realización cuando reconoce y ama ese Bien supremo. El pecado puede desordenar los deseos y oscurecer la inteligencia, pero no borra la huella del Creador. La gracia de Cristo sana la naturaleza herida, fortalece la inclinación hacia el bien y conduce a la persona hacia la felicidad definitiva en Dios.

Citas y referencias

  1. Sobre el deseo del bien - ¿Todas las cosas desean el bien? , Tomás de Aquino. Preguntas disputadas sobre la verdad, Q. 22, A. 1, C. (1256). 2
  2. Primera parte - La bondad de Dios - ¿Es Dios bueno? , Tomás de Aquino. Summa Theologiae, I, Q. 6, A. 1, co. (1274).
  3. Good. Enciclopedia Católica, Good (1913). 2
  4. Thomas Joseph White, O.P. El derecho a la libertad religiosa: principios tomistas de la naturaleza y la gracia, 8 (2015). 2 3
  5. Fulvio Di Blasi. Ley natural como inclinación a Dios, 27 (2009). 2
  6. ¿Naturaleza o naturaleza caída? , Michael Waldstein. Dietrich von Hildebrand y San Tomás de Aquino sobre la bondad y la felicidad, 35 (2003). 2
  7. Thomas Joseph White, O.P. El derecho a la libertad religiosa: principios tomistas de la naturaleza y la gracia, 9 (2015). 2
  8. Fulvio Di Blasi. Ley natural como inclinación a Dios, 19 (2009). 2
  9. Paul Gondreau. El ordenamiento de la ley natural de la sexualidad humana al matrimonio (heterosexual): hacia una filosofía tomista del cuerpo, 11 (2010).
  10. Ramón García de Haro. Cristo y la Libertad, 8 (1982). 2
  11. Thomas Joseph White, O.P. La «Naturaleza pura» de la cristología: naturaleza humana y Gaudium et Spes 22, 34 (2010). 2
  12. Inclinación a Dios y experiencia moral, Fulvio Di Blasi. Ley natural como inclinación a Dios, 30 (2009). 2
  13. Basil Cole, O.P. San Tomás y la «Buena noticia» del castigo? , 11 (2022).
  14. Alphonsus Liguori. El camino de la salvación y de la perfección, 422.
  15. El Padrenuestro - Introducción: Sobre la oración - Importancia de la instrucción sobre la oración, Papa Pío V. Catecismo del Concilio de Trento, El Padrenuestro - Introducción (1566).
Modificado el 10 de agosto de 2026 • FideScore™ 9.56Citar este artículoPaq. Scorm (LMS)Sugerir mejoraCompartir artículoImprimir artículoGenerar QRInstalar aplicación

Logo Wikitólica
Autor:
Artículo supervisado por el Comité editorial de Wikitólica. Las afirmaciones del artículo están basadas y contrastadas usando fuentes catolicas: escritos patrísticos, de santos, artículos teológicos, documentos históricos, actas de concilios, encíclicas, fuentes magisteriales y documentos oficiales de la Iglesia. Proceso editorial →