La voluntad como apetito racional
La persona humana no sólo experimenta deseos sensibles. Posee también una voluntad, entendida en la antropología tomista como apetito racional: la capacidad de dirigirse hacia aquello que la inteligencia presenta bajo la razón de bien.
La voluntad desea necesariamente el bien en cuanto bien, aunque pueda equivocarse al identificar qué realidad concreta perfecciona verdaderamente a la persona. Nadie elige el mal moral bajo la razón formal de mal; quien comete una injusticia suele buscar algún bien limitado -riqueza, reconocimiento, placer, seguridad o poder- mediante un acto desordenado. El error consiste en preferir un bien inferior o aparente contra el orden del bien auténtico.
Santo Tomás enseña que todos los deseos particulares proceden de una orientación natural hacia el fin. La persona quiere los medios porque los considera ordenados a algún fin, y desea los fines porque los entiende como bienes. La tradición tomista distingue así entre el amor natural, por el que una criatura tiende espontáneamente hacia su propio bien, y el amor electivo, por el que la voluntad escoge determinados bienes como medios o fines concretos.
El deseo de felicidad
La inclinación fundamental de la voluntad humana apunta hacia la felicidad. Cada persona busca una plenitud que ningún bien finito puede proporcionar de manera completa. Los bienes particulares satisfacen deseos concretos, pero dejan abierta la aspiración a una felicidad más universal y estable.
La filosofía tomista interpreta esta apertura como un indicio de la orientación de la persona hacia Dios. El ser humano posee una inteligencia capaz de conocer la verdad y una voluntad abierta al bien universal. Ninguna criatura finita puede colmar plenamente una facultad cuyo horizonte propio alcanza la verdad y el bien sin límite.
Dios constituye el fin último de la persona humana porque sólo Él puede satisfacer plenamente el deseo de felicidad. La criatura racional está ordenada a Dios de una forma superior a la de las demás criaturas: puede alcanzar su fin mediante el conocimiento y el amor. El universo entero manifiesta la bondad divina, pero la persona humana puede reconocer esa bondad y responder libremente a ella.
La inclinación natural hacia Dios
La doctrina tomista sostiene que la voluntad humana posee una orientación estructural hacia Dios como Bien supremo. Esta orientación no significa que toda persona piense explícitamente en Dios en cada decisión ni que cada acto humano constituya un acto religioso. Significa que el dinamismo último de la voluntad no puede cerrarse adecuadamente en un bien limitado.
La persona busca bienes concretos porque los considera perfecciones. Sin embargo, el deseo de perfección permanece abierto más allá de cada bien particular. La inteligencia puede reconocer que las criaturas poseen una bondad derivada y que la fuente primera de toda bondad debe trascender el conjunto de las criaturas. De este modo, la inclinación al bien proporciona un punto de partida para la apertura natural al conocimiento de Dios.
Santo Tomás llega incluso a afirmar que el amor natural de la criatura racional ordena a amar a Dios por encima de sí misma. Si la persona amase su propio bien separado del Bien supremo, su amor natural quedaría desordenado. La criatura alcanza su auténtica perfección cuando reconoce que su bien procede de Dios y encuentra en Dios su cumplimiento.