Santo Tomás de Aquino expone en la Suma teológica cinco caminos racionales hacia la existencia de Dios. No presenta cinco dioses ni cinco pruebas completamente independientes, sino cinco perspectivas metafísicas que parten de distintos rasgos de la experiencia.
La vía del movimiento o del cambio
La primera vía parte del movimiento, entendido en sentido filosófico como paso de la potencia al acto. Algo está en potencia cuando puede llegar a ser de una determinada manera; está en acto cuando ya posee esa perfección. Una madera puede estar caliente en potencia; el fuego, caliente en acto, puede actualizar esa posibilidad.
Nada puede actualizarse a sí mismo bajo el mismo aspecto y en el mismo sentido. Lo que todavía puede adquirir una perfección no la posee actualmente bajo ese aspecto; por tanto, necesita una realidad que ya la posea en acto. Toda realidad que cambia recibe ese cambio de otra realidad.
La serie de causas actuales del cambio no puede prolongarse indefinidamente sin un primer principio actualizador. Santo Tomás compara esta dependencia con un bastón que sólo mueve mientras una mano lo mueve. La conclusión de la vía afirma la existencia de un Primer Motor inmóvil, no inmóvil por incapacidad, sino porque posee en plenitud el acto de ser y no necesita recibir movimiento de otro.
Esta vía no pretende afirmar que cada acontecimiento tenga que poseer una causa temporal anterior. Su argumento se refiere principalmente a la dependencia actual de todo cambio respecto de un fundamento que lo haga posible.
La vía de las causas eficientes
La segunda vía observa un orden de causas eficientes. Ninguna cosa puede ser causa eficiente de sí misma, porque tendría que existir antes que ella misma para producirse. Todo efecto depende de una causa distinta.
Una serie de causas subordinadas requiere una causa primera. Si cada causa recibiera su poder causal de otra sin existir un fundamento primero, ningún efecto llegaría a producirse. La conclusión lleva a una Causa eficiente primera, a la que la tradición llama Dios.
Esta vía no pretende demostrar que el universo posea necesariamente un comienzo temporal. Incluso si la creación hubiera existido desde siempre, seguiría necesitando un fundamento que le otorgase el ser en cada instante. La cuestión no consiste únicamente en saber cuándo comenzó el mundo, sino por qué existe ahora y de dónde recibe su capacidad de actuar.
La vía de la contingencia y la necesidad
La tercera vía parte de la contingencia. Un ser contingente puede existir o no existir. Las criaturas nacen, cambian y mueren; ninguna posee en sí misma la razón completa de su existencia.
Si todo cuanto existiera fuera contingente, habría que admitir que en algún momento nada habría existido. Pero de la nada absoluta nada podría comenzar a existir, porque ningún ser puede darse a sí mismo la existencia si todavía no existe. La presencia actual de seres contingentes exige, por tanto, un ser necesario.
Algunos seres pueden recibir la necesidad de otro. Sin embargo, una cadena indefinida de seres necesarios por participación no explica por qué existe la necesidad en la serie. El razonamiento culmina en un ser necesario por sí mismo, que no recibe la existencia de otro y comunica el ser a las demás realidades.
La contingencia no equivale a afirmar que cada acontecimiento carezca de explicación científica. Una explicación física puede describir cómo surge una realidad contingente; la metafísica pregunta por qué existe una realidad física capaz de producir esos procesos.
La vía de los grados de perfección
La cuarta vía parte de los grados de bondad, verdad, nobleza y perfección que encontramos en los seres. Las cosas poseen esas perfecciones en mayor o menor grado. Llamamos a una acción más justa, a una persona más sabia o a una realidad más verdadera en comparación con un grado superior de esas perfecciones.
La vía sostiene que los grados limitados de perfección remiten a una plenitud que actúa como causa y medida. La conclusión afirma la existencia de una realidad máximamente verdadera, buena y noble, fuente de toda perfección participada: Dios.
Esta formulación requiere una comprensión metafísica de la participación. Las criaturas no poseen el ser, la verdad o la bondad de manera absoluta; los reciben de forma limitada. Dios, en cambio, es plenitud del ser y fuente de toda perfección.
La vía del orden y de la finalidad
La quinta vía observa que los seres naturales carentes de inteligencia actúan regularmente de modo ordenado y alcanzan resultados determinados. Las plantas crecen conforme a su naturaleza, los organismos desarrollan estructuras funcionales y los procesos naturales muestran regularidades estables.
Una realidad sin conocimiento no puede dirigirse por sí misma hacia un fin si no recibe esa orientación de una inteligencia superior. Santo Tomás compara esta situación con una flecha que alcanza el blanco porque un arquero la dirige. La vía concluye que existe una inteligencia ordenadora y providente, autora del orden natural.
La finalidad natural no elimina las causas físicas. La biología, la física y las demás ciencias describen los procesos mediante los cuales actúan los seres naturales. La quinta vía pregunta por qué esos procesos poseen regularidad, orientación y capacidad de producir resultados ordenados.
La ciencia puede ampliar el conocimiento del orden de la naturaleza sin desplazar a Dios. Las teorías evolucionistas explican determinados procesos históricos de la vida dentro del ámbito de las causas naturales; no resuelven por sí mismas la cuestión metafísica del fundamento último de la naturaleza, de sus leyes y de su inteligibilidad.