La palabra milagro procede del latín miraculum, «cosa admirable» o «hecho que causa admiración». En la tradición cristiana, el milagro no equivale simplemente a un acontecimiento raro, inexplicable o estadísticamente improbable. La rareza, por sí sola, no demuestra una intervención divina.
El milagro posee tres dimensiones relacionadas:
- Un hecho extraordinario, que supera las capacidades ordinarias del ser humano y las fuerzas conocidas de la naturaleza.
- Una intervención divina, que constituye la causa última del acontecimiento.
- Un significado revelador, porque el hecho apunta hacia Dios, confirma una misión o manifiesta una realidad de salvación.
Una definición teológica recogida en los estudios contemporáneos describe el milagro como un acto directo de Dios mediante el cual Dios manifiesta a la humanidad una realidad observable y nueva, cuya comprensión plena requiere la fe.1
La teología católica evita reducir el milagro a una simple ruptura arbitraria del orden natural. Dios sostiene continuamente el universo y actúa en él; por tanto, la acción milagrosa no procede de un dios extraño al mundo, sino del Creador y Señor de la naturaleza. Una formulación teológica clásica explica que los milagros son efectos extraordinarios del acto eterno por el que Dios sostiene y mueve el universo.2
Esta perspectiva permite comprender el milagro como una manifestación singular de la soberanía divina. El acontecimiento extraordinario no convierte a Dios en un agente ocasional que interviene desde fuera en una realidad abandonada a sus propias leyes. Dios actúa siempre como causa primera; el milagro manifiesta de un modo excepcional una acción que, en último término, sostiene también el curso ordinario de la creación.2
