El argumento puede exponerse en varios pasos relacionados entre sí.
La inteligencia conoce universales
Los sentidos conocen realidades concretas: este árbol, este color, este sonido. El intelecto, en cambio, puede conocer lo universal: árbol, color, sonido, verdad, justicia o ser. También puede comparar conceptos, formular juicios y razonar sobre realidades que no aparecen directamente ante los sentidos.
Para santo Tomás, una facultad corporal no puede recibir todas las formas sensibles sin conservar la naturaleza particular de aquello que recibe. Un ojo, por ejemplo, recibe el color sin convertirse en el objeto coloreado; pero el órgano visual continúa siendo una realidad corporal dotada de una naturaleza sensible concreta. El intelecto, por el contrario, puede conocer todas las naturalezas sensibles sin quedar limitado a una de ellas. Por eso su operación propia, la intelección, no procede de un órgano corporal.
El razonamiento no afirma que el cerebro carezca de importancia. La experiencia humana ordinaria muestra que las lesiones cerebrales afectan profundamente a la memoria, la imaginación, el lenguaje y otras funciones. La tesis tomista sostiene algo más preciso: aunque el conocimiento humano dependa de condiciones corporales para comenzar y desarrollarse, el acto intelectual, considerado en cuanto comprensión de lo universal y de lo inteligible, no se reduce formalmente a una operación de un órgano corporal.
El principio intelectual posee una dimensión espiritual
Santo Tomás concluye que el principio mediante el cual el ser humano entiende posee un modo de existencia superior al del cuerpo y no depende de él del mismo modo que dependen de la materia las facultades orgánicas. El intelecto recibe las formas de las cosas de manera inmaterial y conoce los universales abstraídos de la materia y de sus condiciones individuales.
La conclusión inmediata no consiste todavía en afirmar que el alma sea Dios. Al contrario, el alma humana es una criatura finita. El argumento sostiene que existe en el ser humano un principio espiritual cuyo modo de ser no puede explicarse completamente mediante la composición material.
Lo espiritual no se corrompe como un compuesto material
Las realidades materiales compuestas de materia y forma pueden corromperse cuando pierden la forma que las constituye. Una planta muere cuando deja de poseer la organización vital que la hacía ser planta; un organismo deja de existir como organismo cuando pierde su principio de unidad.
Santo Tomás distingue entre una forma que sólo existe como principio de un compuesto material y una forma que posee su propio acto de existir. Cuando una forma tiene el acto de existir en sí misma, no puede perderlo mediante la separación de una materia que le sea constitutiva. El principio intelectivo humano pertenece, según su análisis, a este segundo orden: posee un acto de existir propio y, por ello, resulta incorruptible.
La incorruptibilidad del alma no significa que el alma exista por necesidad absoluta ni que sea infinita. Significa que ninguna causa creada puede destruirla mediante una corrupción natural. El alma tuvo un comienzo en la existencia, pero, una vez creada, no deja de existir por la disolución del cuerpo. Santo Tomás resume esta distinción afirmando que el alma puede existir siempre en el futuro, aunque no haya existido siempre en el pasado.
La existencia del alma remite a Dios
El alma humana no es autosuficiente. Aunque posea una capacidad de supervivencia que no corresponde a los cuerpos corruptibles, no es eterna por naturaleza. No existe desde siempre ni contiene en sí misma la razón última de su ser.
La existencia de una criatura espiritual exige una causa proporcionada a su origen. Ningún proceso material puede producir por sí solo una realidad espiritual en cuanto espiritual, porque una causa no puede ofrecer una perfección que no posee de ningún modo. La tradición católica atribuye, por tanto, la creación inmediata del alma humana a Dios.
La Comisión Teológica Internacional afirma que la teología católica atribuye a Dios acciones particulares cuyos efectos superan la capacidad de las causas creadas según su naturaleza. En este marco, la aparición de la dimensión espiritual humana representa un acontecimiento que no admite una explicación puramente natural y que corresponde a la acción creadora divina.
La misma tradición enseña que Dios crea el alma de la nada y no como una parte de la sustancia divina. La doctrina católica mantiene así dos afirmaciones complementarias: el alma procede inmediatamente de Dios, pero no es divina por naturaleza. La criatura espiritual depende radicalmente del Creador y conserva una distinción real respecto de Él.