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Argumento del alma sobre la existencia de Dios

El argumento del alma sobre la existencia de Dios parte de la experiencia interior del ser humano -su inteligencia, libertad, conciencia moral, apertura a la verdad y deseo de felicidad- para sostener que la persona posee una dimensión espiritual irreductible a la materia y que esa dimensión tiene en Dios su fundamento y origen. En la tradición católica, el argumento no identifica el alma con Dios ni pretende sustituir la revelación cristiana; presenta un camino racional hacia el reconocimiento de un Creador espiritual, causa última de la existencia y de las capacidades superiores del ser humano.

Cuadro resumen[Datos abiertos]
NombreArgumento del alma sobre la existencia de Dios
CategoríaTérmino
DescripciónFamilia de razonamientos que parte de la inteligencia, libertad, conciencia moral y deseo de felicidad del ser humano para inferir la existencia de un Creador espiritual. Conjunto de argumentos filosófico-teológicos que consideran el alma humana como punto de partida para demostrar racionalmente la existencia de Dios. Parte de la experiencia interior del ser humano -inteligencia que capta universales, libertad de elección, conciencia moral, apertura a la verdad y deseo de felicidad plena- y sostiene que dichas capacidades revelan una dimensión espiritual irreductible a la materia cuyo fundamento y origen es Dios. El argumento se apoya en la tradición tomista, el Catecismo de la Iglesia Católica y la reflexión de la Comisión Teológica Internacional
Autoridad EclesiásticaSanto Tomás de Aquino
Contexto HistóricoDesarrollado dentro de la tradición tomista de Santo Tomás de Aquino (siglo XIII) y incorporado al pensamiento católico contemporáneo mediante el Catecismo (1992) y la Comisión Teológica Internacional (2004).
Enseñanzas Principales1. El alma posee una dimensión espiritual irreductible. 2. Esa dimensión tiene a Dios como fundamento y origen. 3. La inteligencia, la libertad, la conciencia moral y el deseo de verdad y felicidad son signos de esa espiritualidad. 4. El alma es incorruptible e inmortal, pese a la muerte del cuerpo. 5. La creación del alma procede inmediatamente de Dios.
TemaExistencia de Dios
TipoDoctrina

Tabla de contenido

Concepto general

La expresión argumento del alma no designa una única demostración formulada con una estructura universalmente establecida, como ocurre con las llamadas cinco vías de santo Tomás de Aquino. Designa, más bien, una familia de razonamientos filosóficos y teológicos que consideran el alma humana como punto de partida para alcanzar racionalmente la existencia de Dios.

El razonamiento adquiere diversas formas:

  • Desde la inteligencia, sostiene que el conocimiento de verdades universales y abstractas no puede explicarse adecuadamente mediante una facultad enteramente material.
  • Desde la libertad, argumenta que la capacidad de deliberar y elegir no equivale sin más a una sucesión de determinaciones físicas.
  • Desde la conciencia moral, considera que la obligación moral remite a un orden de verdad y bien superior a las preferencias individuales.
  • Desde el deseo de verdad, justicia y felicidad plena, interpreta la apertura humana a lo infinito como signo de una dimensión espiritual.
  • Desde la inmortalidad del alma, concluye que la criatura espiritual no recibe su existencia de sí misma, sino de Dios, y que su conservación depende de la causalidad divina.

El Catecismo de la Iglesia Católica presenta esta orientación al afirmar que la apertura humana a la verdad y a la belleza, el sentido del bien moral, la libertad, la voz de la conciencia y el deseo de felicidad constituyen signos de un alma espiritual. El mismo Catecismo llama al alma «semilla de eternidad» y enseña que una realidad espiritual e irreductible a lo meramente material sólo puede tener su origen en Dios.1

Fundamento antropológico

La persona humana como unidad de cuerpo y alma

La doctrina católica no entiende al ser humano como un alma encerrada accidentalmente en un cuerpo. La persona humana constituye una unidad sustancial de cuerpo y alma. El alma espiritual es el principio de vida, unidad, identidad y actividad intelectual de la persona, mientras que el cuerpo pertenece igualmente a la realidad personal.

Por ello, la afirmación de la espiritualidad del alma no implica desprecio por la corporeidad. La fe cristiana espera la resurrección de los muertos, no una liberación definitiva del cuerpo. La supervivencia del alma después de la muerte constituye un estado intermedio que apunta a la restauración plena de la persona en la resurrección.

La tradición teológica ha insistido en que los difuntos continúan viviendo y que el alma sobrevive separada del cuerpo, aunque la condición humana alcance su plenitud únicamente mediante la unión gloriosa del cuerpo y del alma.2

Las operaciones manifiestan la naturaleza de su principio

Una regla clásica de la filosofía aristotélico-tomista sostiene que la actividad de una realidad manifiesta su modo de ser. Si una operación depende esencialmente de un órgano corporal, la facultad correspondiente pertenece al ámbito material. Si una operación supera la capacidad propia de un órgano corporal, cabe investigar si su principio posee una dimensión no material.

Santo Tomás aplica este principio al entendimiento humano. El intelecto conoce realidades sensibles, pero también puede formar conceptos universales, como humanidad, triángulo, justicia o ser. Tales conceptos no quedan limitados a un individuo concreto ni a una imagen material particular. El entendimiento abstrae las condiciones materiales y considera la estructura inteligible de las cosas.3

La tradición filosófica católica añade otras operaciones característicamente humanas: la reflexión sobre los propios actos, la memoria de la identidad personal, el juicio racional y la voluntad libre. Estas actividades apuntan hacia un principio sustancial, simple y espiritual que unifica la vida consciente.4

Formulación clásica del argumento

El argumento puede exponerse en varios pasos relacionados entre sí.

La inteligencia conoce universales

Los sentidos conocen realidades concretas: este árbol, este color, este sonido. El intelecto, en cambio, puede conocer lo universal: árbol, color, sonido, verdad, justicia o ser. También puede comparar conceptos, formular juicios y razonar sobre realidades que no aparecen directamente ante los sentidos.

Para santo Tomás, una facultad corporal no puede recibir todas las formas sensibles sin conservar la naturaleza particular de aquello que recibe. Un ojo, por ejemplo, recibe el color sin convertirse en el objeto coloreado; pero el órgano visual continúa siendo una realidad corporal dotada de una naturaleza sensible concreta. El intelecto, por el contrario, puede conocer todas las naturalezas sensibles sin quedar limitado a una de ellas. Por eso su operación propia, la intelección, no procede de un órgano corporal.3

El razonamiento no afirma que el cerebro carezca de importancia. La experiencia humana ordinaria muestra que las lesiones cerebrales afectan profundamente a la memoria, la imaginación, el lenguaje y otras funciones. La tesis tomista sostiene algo más preciso: aunque el conocimiento humano dependa de condiciones corporales para comenzar y desarrollarse, el acto intelectual, considerado en cuanto comprensión de lo universal y de lo inteligible, no se reduce formalmente a una operación de un órgano corporal.

El principio intelectual posee una dimensión espiritual

Santo Tomás concluye que el principio mediante el cual el ser humano entiende posee un modo de existencia superior al del cuerpo y no depende de él del mismo modo que dependen de la materia las facultades orgánicas. El intelecto recibe las formas de las cosas de manera inmaterial y conoce los universales abstraídos de la materia y de sus condiciones individuales.3

La conclusión inmediata no consiste todavía en afirmar que el alma sea Dios. Al contrario, el alma humana es una criatura finita. El argumento sostiene que existe en el ser humano un principio espiritual cuyo modo de ser no puede explicarse completamente mediante la composición material.

Lo espiritual no se corrompe como un compuesto material

Las realidades materiales compuestas de materia y forma pueden corromperse cuando pierden la forma que las constituye. Una planta muere cuando deja de poseer la organización vital que la hacía ser planta; un organismo deja de existir como organismo cuando pierde su principio de unidad.

Santo Tomás distingue entre una forma que sólo existe como principio de un compuesto material y una forma que posee su propio acto de existir. Cuando una forma tiene el acto de existir en sí misma, no puede perderlo mediante la separación de una materia que le sea constitutiva. El principio intelectivo humano pertenece, según su análisis, a este segundo orden: posee un acto de existir propio y, por ello, resulta incorruptible.3

La incorruptibilidad del alma no significa que el alma exista por necesidad absoluta ni que sea infinita. Significa que ninguna causa creada puede destruirla mediante una corrupción natural. El alma tuvo un comienzo en la existencia, pero, una vez creada, no deja de existir por la disolución del cuerpo. Santo Tomás resume esta distinción afirmando que el alma puede existir siempre en el futuro, aunque no haya existido siempre en el pasado.5

La existencia del alma remite a Dios

El alma humana no es autosuficiente. Aunque posea una capacidad de supervivencia que no corresponde a los cuerpos corruptibles, no es eterna por naturaleza. No existe desde siempre ni contiene en sí misma la razón última de su ser.

La existencia de una criatura espiritual exige una causa proporcionada a su origen. Ningún proceso material puede producir por sí solo una realidad espiritual en cuanto espiritual, porque una causa no puede ofrecer una perfección que no posee de ningún modo. La tradición católica atribuye, por tanto, la creación inmediata del alma humana a Dios.

La Comisión Teológica Internacional afirma que la teología católica atribuye a Dios acciones particulares cuyos efectos superan la capacidad de las causas creadas según su naturaleza. En este marco, la aparición de la dimensión espiritual humana representa un acontecimiento que no admite una explicación puramente natural y que corresponde a la acción creadora divina.6

La misma tradición enseña que Dios crea el alma de la nada y no como una parte de la sustancia divina. La doctrina católica mantiene así dos afirmaciones complementarias: el alma procede inmediatamente de Dios, pero no es divina por naturaleza. La criatura espiritual depende radicalmente del Creador y conserva una distinción real respecto de Él.7

El argumento de la apertura a la verdad y al bien

La experiencia humana no se reduce a la recepción pasiva de estímulos. La persona busca la verdad por sí misma, juzga los actos como buenos o malos, reconoce deberes, formula ideales de justicia y aspira a una felicidad que ningún bien limitado consigue colmar plenamente.

La verdad

El ser humano no sólo conoce cosas verdaderas; también puede comprender la noción de verdad y preguntarse si un juicio corresponde a la realidad. Santo Tomás distingue entre la verdad que existe en el entendimiento creado y la verdad fundada en las cosas. La verdad humana no es eterna, porque el entendimiento creado tampoco lo es; sin embargo, la verdad de los juicios humanos depende de una realidad que el intelecto no fabrica arbitrariamente.8

La capacidad de captar la verdad universal manifiesta una dimensión intelectual que supera la percepción sensible. El conocimiento sensorial puede alcanzar objetos particulares, pero no aprehende la razón universal de una cosa ni reflexiona formalmente sobre la verdad de su propio acto. El intelecto sí puede realizar ambas operaciones. Santo Tomás vincula precisamente la aprehensión de la verdad con la espiritualidad e incorruptibilidad del alma.8

El bien moral y la libertad

La conciencia moral permite juzgar determinados actos como objetivamente buenos o malos, incluso cuando una persona obtiene ventaja al realizar una acción injusta. La obligación moral no equivale a una preferencia subjetiva. El juicio de conciencia puede equivocarse en su aplicación concreta, pero la experiencia de la obligación remite a un orden del bien que trasciende el interés individual.

La libertad humana también forma parte de este razonamiento. Elegir implica deliberar acerca de bienes, fines y medios. La voluntad no actúa como una fuerza ciega, sino como una facultad orientada por el conocimiento intelectual. La tradición filosófica católica considera que una voluntad libre no puede reducirse sin más a una sucesión de cambios físicos determinados, porque la elección racional introduce una relación consciente con la verdad y el bien.4

El deseo de felicidad plena

El ser humano desea una felicidad completa y estable. Los bienes limitados pueden satisfacer deseos concretos, pero no eliminan la capacidad de desear más verdad, más amor, más justicia y una plenitud mayor. La tradición católica interpreta esta apertura como una orientación hacia el Bien supremo.

El Catecismo relaciona expresamente los anhelos humanos de infinito y felicidad con los signos de un alma espiritual cuyo origen sólo puede encontrarse en Dios.1

Este aspecto del argumento posee un carácter antropológico y existencial. El deseo no constituye por sí solo una demostración lógica de que el objeto deseado exista. Una persona puede desear algo imposible. Sin embargo, el deseo humano de verdad y felicidad, unido a la estructura intelectual y espiritual de la persona, adquiere valor como indicio de una orientación objetiva hacia Dios.

El argumento de la inmortalidad del alma

Inmortalidad e incorruptibilidad

La inmortalidad del alma significa que el alma espiritual no deja de existir con la muerte del cuerpo. La incorruptibilidad expresa la razón metafísica de esa permanencia: el alma no es un compuesto material que pueda disolverse mediante la separación de sus elementos.

La tradición tomista no atribuye al alma una independencia absoluta. El alma separada del cuerpo continúa existiendo, pero permanece en un estado incompleto respecto de la condición humana plena. La persona no consiste solamente en el alma; por eso la esperanza cristiana incluye la resurrección corporal.

Santo Tomás sostiene que la actividad intelectual no procede de un órgano corporal y que el principio intelectivo posee un acto de existir propio. De esta estructura concluye que el alma humana es incorruptible.3

La inmortalidad no convierte al alma en infinita

Una objeción clásica sostiene que, si el alma puede existir durante un tiempo infinito, entonces poseería una potencia infinita y tendría una esencia infinita, algo que sólo corresponde a Dios. Santo Tomás responde distinguiendo entre la duración indefinida de una existencia y la infinitud de la esencia.

La permanencia del alma no procede de una potencia infinita propia. La criatura puede existir indefinidamente porque Dios conserva su existencia. La duración ilimitada no convierte a una forma finita en una realidad infinita, del mismo modo que una cantidad que permanece igual durante un tiempo indefinido no se transforma por ello en una cantidad infinita. La existencia continuada manifiesta, más bien, la potencia infinita de la causa que conserva al ser.9

Por tanto, el alma no posee la aseidad -la existencia por sí misma-. Sólo Dios es el Ser subsistente y la causa primera de todo cuanto existe.

Relación con las pruebas racionales de la existencia de Dios

El argumento del alma pertenece al ámbito de la teología natural, es decir, a la investigación racional de Dios a partir de las criaturas y de la estructura de la realidad. No parte directamente de un artículo de fe, aunque la fe ilumina su interpretación última.

La razón humana puede remontarse desde los efectos hasta su causa. En este proceso, la existencia de la inteligencia espiritual, de la verdad, de la libertad y del orden moral orienta hacia un fundamento trascendente. El razonamiento alcanza a Dios como causa primera, fundamento último del ser y plenitud de verdad y bondad, aunque no puede comprender exhaustivamente la esencia divina.10

La teología natural distingue entre:

  • El conocimiento racional de que Dios existe, alcanzable mediante la reflexión sobre las criaturas.
  • El conocimiento de quién es Dios en la vida trinitaria, que requiere la revelación.
  • La visión beatífica, mediante la cual los bienaventurados conocen a Dios de una manera que supera las capacidades naturales de la inteligencia creada.

La proposición «Dios existe» resulta evidente para Dios mismo, porque Dios conoce su propia esencia; pero no resulta inmediatamente evidente para el entendimiento humano. La inteligencia humana debe partir de los efectos creados y avanzar hacia su causa.11

Diferencia respecto del argumento ontológico

El argumento del alma no debe confundirse con el argumento ontológico, asociado a san Anselmo y desarrollado de diversas formas por autores modernos como René Descartes.

El argumento ontológico intenta demostrar la existencia de Dios a partir del concepto de un ser sumamente perfecto. Descartes sostiene que la existencia pertenece necesariamente a la naturaleza del ser perfecto, del mismo modo que ciertas propiedades pertenecen a la esencia de una figura geométrica. También argumenta que la idea de un ser infinito y perfecto no puede proceder adecuadamente de un sujeto finito sin una causa que posea una realidad superior.12

La tradición tomista suele preferir las demostraciones a posteriori, que parten de la experiencia de los seres y ascienden hacia Dios como causa. La teología natural católica ha considerado insuficiente reducir la existencia divina a una mera definición conceptual. El conocimiento humano de Dios comienza ordinariamente por sus efectos y sólo después formula afirmaciones metafísicas sobre su naturaleza.13

Interpretación de santo Tomás de Aquino

El alma como forma del cuerpo

En la antropología de santo Tomás, el alma humana es la forma sustancial del cuerpo. Esta expresión significa que el alma actualiza y organiza el cuerpo humano como cuerpo viviente. El alma no constituye una persona completa separada del cuerpo en sentido ordinario, ni el cuerpo constituye por sí solo a la persona. Ambos forman una unidad.

Sin embargo, el alma humana posee una operación -la intelección- que no depende intrínsecamente de un órgano corporal. Esta peculiaridad distingue al alma racional de las formas vitales de los animales y las plantas. El intelecto puede recibir inmaterialmente las formas inteligibles y conocer universales, por lo que el alma racional posee una dimensión espiritual.3

El alma como imagen de Dios

La Escritura presenta al ser humano como creado a imagen y semejanza de Dios. La tradición agustiniana y tomista localiza esa imagen especialmente en el alma espiritual, dotada de inteligencia y voluntad. El libro de la Sabiduría vincula la incorruptibilidad del hombre con su creación a imagen de Dios; santo Tomás relaciona esta afirmación con la incorruptibilidad del alma.14

La semejanza con Dios no elimina la distancia entre Creador y criatura. El alma refleja a Dios de manera finita y participada. Dios es infinito, eterno e increado; el alma es finita, creada y dependiente. La imagen consiste en la capacidad de conocer la verdad y amar el bien, no en una identidad de naturaleza.

Objeciones contemporáneas

Reduccionismo materialista

Las ciencias neurológicas muestran una estrecha relación entre los estados mentales y la actividad cerebral. Este hecho plantea una objeción al argumento: si una lesión cerebral altera la memoria, el lenguaje o la personalidad, quizá toda la vida mental sea exclusivamente cerebral.

La respuesta tomista distingue entre condición material y principio formal de la operación. El intelecto humano necesita imágenes, memoria, lenguaje y condiciones neurológicas para ejercer su actividad durante la vida presente. No obstante, esa dependencia funcional no demuestra que la intelección de los universales sea idéntica a un proceso orgánico. La relación entre cerebro y pensamiento requiere, por tanto, una distinción cuidadosa entre las operaciones sensibles, imaginativas y propiamente intelectuales.

Algunos autores contemporáneos sostienen una antropología fisicista y consideran innecesaria la hipótesis de un alma espiritual para explicar las funciones cognitivas superiores. Desde esta perspectiva, la razón, la moralidad y la libertad emergen de la organización del organismo humano.15

La respuesta católica no rechaza la investigación científica del cerebro, pero niega que una descripción neurobiológica agote toda la realidad personal. La ciencia puede estudiar las condiciones materiales de la actividad humana; la metafísica pregunta por el principio de operaciones intelectuales, por la verdad de los juicios y por el estatuto ontológico de la persona.

Crítica del dualismo

Otra objeción acusa al argumento de introducir un dualismo platónico que separa radicalmente el alma y el cuerpo. La antropología cristiana, sin embargo, no enseña que el cuerpo sea una prisión ni que la salvación consista en abandonar para siempre la materia.

La doctrina católica afirma simultáneamente:

  1. La persona humana es una unidad de cuerpo y alma.
  2. El alma posee una dimensión espiritual que no se reduce a la materia.
  3. El alma sobrevive a la muerte.
  4. La plenitud definitiva exige la resurrección del cuerpo.

La supervivencia del alma no contradice la unidad de la persona. Expresa una consecuencia provisional de la muerte y mantiene la identidad del sujeto hasta la resurrección.

El problema de la evolución

La teoría de la evolución explica numerosos procesos relacionados con el origen y desarrollo del cuerpo humano. La doctrina católica puede admitir una explicación evolutiva del cuerpo siempre que conserve la creación divina y la singularidad espiritual del ser humano.

La Comisión Teológica Internacional describe la aparición de la dimensión espiritual como un «salto ontológico» hacia lo espiritual. La ciencia puede investigar las cadenas causales naturales que prepararon la aparición del ser humano; la teología atribuye a Dios la creación especial del alma y sitúa esa acción dentro del designio creador y salvífico.6

Esta doctrina no presenta a Dios como una explicación provisional de fenómenos que la ciencia todavía desconoce. La causalidad divina pertenece a un nivel distinto del de las causas naturales. Dios no compite con las causas creadas como una causa más dentro del universo; fundamenta la existencia y la capacidad operativa de todas ellas.

Valor filosófico y teológico

El argumento del alma posee varios niveles de fuerza.

Valor metafísico

En su formulación tomista, el argumento pretende mostrar que las operaciones intelectuales exigen un principio espiritual y que ese principio es incorruptible. Si la conclusión metafísica resulta aceptada, la existencia del alma no depende de una mera intuición subjetiva, sino de un análisis de sus actos propios.

Valor antropológico

El argumento explica aspectos de la experiencia humana que difícilmente encajan en una descripción puramente cuantitativa: la búsqueda desinteresada de la verdad, la obligación moral, la responsabilidad, el arrepentimiento, la esperanza y la orientación hacia una felicidad ilimitada.

No convierte cada experiencia interior en una prueba automática de Dios. El deseo de infinito puede recibir interpretaciones psicológicas, culturales o biológicas. La argumentación católica alcanza mayor consistencia cuando integra la experiencia interior con la metafísica del ser, la causalidad, la verdad y la contingencia.

Valor teológico

El alma espiritual remite a Dios como su Creador y Conservador. La razón puede reconocer que una criatura espiritual no se explica por sí misma; la revelación añade que Dios llama a la persona a participar en la vida divina por la gracia.

La existencia de un alma inmortal no identifica por sí sola a Dios con el Dios de Abraham, Isaac y Jacob, ni demuestra directamente la Trinidad, la encarnación de Jesucristo o la Iglesia. Esas verdades pertenecen al orden de la revelación sobrenatural. El argumento prepara racionalmente el reconocimiento de un Dios creador y personal, pero la fe cristiana recibe de la revelación el conocimiento pleno del designio de salvación.

Distinción entre demostración y experiencia religiosa

La experiencia del alma puede conducir a una pregunta religiosa, pero la fe católica no reduce la existencia de Dios a un sentimiento interior. Una inclinación subjetiva, aislada de toda referencia objetiva, no garantiza la verdad. La razón debe examinar la realidad y formular argumentos coherentes.13

A la vez, una demostración filosófica no produce por sí sola la adhesión amorosa de la fe. La razón puede mostrar que Dios existe y puede conocer algunos de sus atributos mediante las criaturas; pero la comunión con Dios requiere la gracia y la revelación. El conocimiento racional de Dios constituye una preparación para la fe, no su sustituto.

Síntesis del argumento

El argumento puede resumirse de la siguiente manera:

  1. El ser humano realiza actos intelectuales que alcanzan verdades universales y no sólo objetos particulares.
  2. Una operación que no procede formalmente de un órgano corporal requiere un principio que no dependa de la materia del mismo modo que las facultades orgánicas.
  3. El principio intelectual humano posee, por tanto, una dimensión espiritual.
  4. Una realidad espiritual no puede originarse adecuadamente de la materia entendida como causa suficiente.
  5. El alma humana tampoco posee en sí misma la razón última de su existencia, porque es finita y comenzó a existir.
  6. La existencia del alma espiritual exige una causa creadora y conservadora superior a ella.
  7. Esa causa es Dios, Ser espiritual, infinito y fundamento último de toda criatura.

La inmortalidad del alma refuerza el argumento: la corrupción corporal no destruye una forma que posee un acto de existir propio. La permanencia del alma, sin embargo, depende siempre de Dios, cuya potencia conserva en el ser a la criatura.9

Conclusión

El argumento del alma sobre la existencia de Dios parte de la estructura espiritual de la persona humana. La inteligencia capaz de conocer universales, la libertad, la conciencia moral, la apertura a la verdad y el deseo de felicidad plena manifiestan una dimensión que no queda adecuadamente reducida a la materia. La incorruptibilidad del alma confirma que su modo de existir supera la disolución propia de los cuerpos.

La conclusión católica no consiste en divinizar el alma, sino en reconocer su condición de criatura espiritual, creada inmediatamente por Dios, dependiente de Él y ordenada a la comunión con Él. La razón puede ascender desde el alma hacia Dios como causa primera y fundamento último; la revelación cristiana permite conocer después que ese Dios es la Trinidad santa, creadora y salvadora, y que la plenitud de la persona humana llegará con la resurrección del cuerpo.

Citas y referencias

  1. Capítulo uno: La capacidad del hombre para Dios, Catecismo de la Iglesia Católica, 33 (1992). 2
  2. J.I. Saranyana. Hacia una antropología teológica, 22 (1978).
  3. Artículo 14: Si el alma humana es incorruptible, Tomás de Aquino. Preguntas disputadas sobre el alma (Quaestiones disputatae de anima), a. 14 co. (1267). 2 3 4 5 6
  4. Inmortalidad, Enciclopedia Católica, Inmortalidad (1913). 2
  5. Artículo 14: Si el alma humana es incorruptible, Tomás de Aquino. Preguntas disputadas sobre el alma (Quaestiones disputatae de anima), a. 14 ad. 7 (1267).
  6. Capítulo tres: A imagen de Dios: Administradores de la creación visible - 1. Ciencia y la gestión del conocimiento, Comisión Teológica Internacional. Comunión y administración: Personas humanas creadas a imagen de Dios, 70 (2004). 2
  7. W. Norris Clarke, S.J. Metafísica como mediadora entre la revelación y las ciencias naturales, 6 (2001).
  8. Respuestas a objeciones, Tomás de Aquino. Comentario a las Sentencias, I.D19.Q5.A3.adobj (1252). 2
  9. Artículo 14: Si el alma humana es incorruptible, Tomás de Aquino. Preguntas disputadas sobre el alma (Quaestiones disputatae de anima), a. 14 ad. 4 (1267). 2
  10. J. Schumacher. El hombre moderno y su camino hacia el Dios trino, 6 (1992).
  11. Lawrence Dewan, O.P. La existencia de Dios: ¿Puede demostrarse? , 11 (2012).
  12. René Descartes, Enciclopedia Católica, René Descartes (1913).
  13. Teodicea, Enciclopedia Católica, Teodicea (1913). 2
  14. Artículo 14: Si el alma humana es incorruptible, Tomás de Aquino. Preguntas disputadas sobre el alma (Quaestiones disputatae de anima), a. 14 s.c. (1267).
  15. John Gavin, S.J. Sobre el estado intermedio del alma, 3 (2017).
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