La expresión argumento del contraste designa una línea de razonamiento presente en la tradición agustiniana y tomista. No constituye una de las cinco vías de santo Tomás en sentido estricto, ni funciona como una demostración autónoma basada únicamente en la existencia del sufrimiento. Su punto de partida consiste en observar que la inteligencia humana distingue constantemente entre:
- perfección e imperfección;
- salud y enfermedad;
- orden y desorden;
- armonía y deformidad;
- justicia e injusticia;
- plenitud y carencia;
- bien y mal.
El contraste sólo resulta inteligible cuando existe un bien real respecto del cual la deficiencia puede reconocerse como tal. Una enfermedad presupone la salud que corresponde al organismo; la ceguera presupone la capacidad natural de ver; la injusticia presupone un orden de justicia que la conducta contradice. El contraste, por tanto, no coloca dos principios absolutos -uno bueno y otro malo- al mismo nivel. Revela una relación asimétrica: el bien posee prioridad ontológica, mientras que el mal depende de un bien que puede perderse o quedar impedido.
La tradición católica vincula esta conclusión con la doctrina de la creación. Dios, infinitamente perfecto y bienaventurado en sí mismo, crea libremente por pura bondad y llama al ser humano a participar de su vida divina.1 La naturaleza creada recibe de Dios su existencia y, con ella, una bondad propia, aunque limitada y distinta de la bondad infinita del Creador.
