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Argumento del contraste en la naturaleza sobre la bondad de Dios

El argumento del contraste en la naturaleza sobre la bondad de Dios sostiene que la percepción de bienes y males, perfecciones y deficiencias, orden y desorden en el mundo presupone una medida objetiva del bien. Desde la metafísica cristiana, el mal no constituye una realidad originaria opuesta a Dios, sino una privación de un bien debido. Por ello, el contraste entre lo bueno y lo defectuoso no destruye la afirmación de la bondad divina: permite reconocer la bondad de las criaturas, remontarse a Dios como Bien supremo y comprender cómo la providencia puede ordenar los males hacia bienes mayores sin convertir el mal en bien.

Cuadro resumen[Datos abiertos]
NombreArgumento del contraste en la naturaleza sobre la bondad de Dios
CategoríaTérmino
DescripciónEl argumento muestra que la existencia del mal presupone un bien real y un orden objetivo, apuntando a Dios como Bien supremo y fuente de toda bondad. Razonamiento que sostiene que el bien y el mal se perciben mediante un contraste objetivo en la naturaleza; el mal es una privación de un bien y no una entidad opuesta a Dios. Desde la metafísica cristiana se afirma que el mal no constituye una realidad originaria, sino una ausencia de un bien debido. El contraste entre perfección y defecto revela la prioridad ontológica del bien y permite reconocer la bondad de las criaturas, mientras la providencia divina ordena los males hacia bienes mayores sin convertir el mal en bien
ReferenciasCatecismo de la Iglesia Católica, Summa Contra Gentiles, Compendio de Teología, Sínodo de la Iglesia Greco-Católica Ucraniana, obras de San Agustín y Santo Tomás citadas en el texto.
Contexto HistóricoDesarrollo dentro de la tradición agustiniana y tomista; citado por San Agustín (siglos IV-V) y Santo Tomás de Aquino (siglo XIII) y retomado en la enseñanza de Benedicto XVI y Juan Pablo II.
Enseñanzas Principales1. El mal es privación de un bien. 2. El bien posee prioridad ontológica. 3. El contraste permite conocer y apreciar la bondad de la creación. 4. Dios es el Bien supremo y causa última de toda bondad. 5. La providencia puede ordenar los males hacia bienes superiores sin que el mal sea positivo.
Importancia EclesialFundamenta la enseñanza católica de que Dios es bueno sin oposición, explica la existencia del mal y sustenta la doctrina de la providencia y la redención.
Personas RelacionadasSan Agustín de Hipona, Santo Tomás de Aquino, Benedicto XVI, Juan Pablo II
TemaNaturaleza del bien y del mal, metafísica cristiana, providencia divina, participación de la criatura en la bondad divina.
TipoDoctrina

Tabla de contenido

Naturaleza y fundamento del argumento

La expresión argumento del contraste designa una línea de razonamiento presente en la tradición agustiniana y tomista. No constituye una de las cinco vías de santo Tomás en sentido estricto, ni funciona como una demostración autónoma basada únicamente en la existencia del sufrimiento. Su punto de partida consiste en observar que la inteligencia humana distingue constantemente entre:

  • perfección e imperfección;
  • salud y enfermedad;
  • orden y desorden;
  • armonía y deformidad;
  • justicia e injusticia;
  • plenitud y carencia;
  • bien y mal.

El contraste sólo resulta inteligible cuando existe un bien real respecto del cual la deficiencia puede reconocerse como tal. Una enfermedad presupone la salud que corresponde al organismo; la ceguera presupone la capacidad natural de ver; la injusticia presupone un orden de justicia que la conducta contradice. El contraste, por tanto, no coloca dos principios absolutos -uno bueno y otro malo- al mismo nivel. Revela una relación asimétrica: el bien posee prioridad ontológica, mientras que el mal depende de un bien que puede perderse o quedar impedido.

La tradición católica vincula esta conclusión con la doctrina de la creación. Dios, infinitamente perfecto y bienaventurado en sí mismo, crea libremente por pura bondad y llama al ser humano a participar de su vida divina.1 La naturaleza creada recibe de Dios su existencia y, con ella, una bondad propia, aunque limitada y distinta de la bondad infinita del Creador.

La bondad como perfección del ser

Dios, Bien supremo y bien por esencia

La doctrina católica distingue entre Dios y las criaturas. Dios no recibe la bondad de otro: Dios es bueno por su propia esencia. Las criaturas, en cambio, son buenas por participación, porque reciben de Dios el ser, la forma, el orden y las perfecciones que poseen.

Santo Tomás de Aquino formula esta distinción afirmando que todo aquello que es bueno sin ser la bondad misma posee la bondad por participación. Una cadena indefinida de bienes recibidos exigiría una fuente primera que no recibiera su bondad de otro. Esa fuente es Dios, el Bien primero, bueno por esencia y no por participación.2

La conclusión no identifica a Dios con el conjunto de las cosas buenas. Una criatura puede ser buena sin ser el Bien absoluto. El ser humano, un animal, una planta, un astro o una estructura natural poseen determinados bienes, pero ninguno es la plenitud de la bondad. El Creador supera infinitamente a sus obras; las criaturas no tienen que igualar a Dios para ser verdaderamente buenas.3

Toda criatura posee una bondad propia

La bondad de las criaturas no significa que todas posean la misma perfección ni que cada una alcance siempre su estado óptimo. Cada ser posee una naturaleza, unas capacidades y una finalidad propias. La bondad de una criatura consiste en realizar adecuadamente las perfecciones que corresponden a su modo de ser.

El Catecismo de la Iglesia Católica enseña que cada criatura posee su bondad y perfección particulares. La materia cuenta con estabilidad, verdad, excelencia, orden y leyes propias; cada criatura refleja, a su manera, un rayo de la sabiduría y bondad infinitas de Dios.4

Esta afirmación permite evitar dos errores opuestos:

  1. El pesimismo ontológico, que considera mala la materia o la existencia creada.
  2. El optimismo ingenuo, que niega la realidad del sufrimiento, del pecado y de las deficiencias.

La fe católica afirma simultáneamente que ser criatura es un bien y que las criaturas pueden padecer corrupción, desorden y pérdida de perfección.

El mal como privación del bien

Definición metafísica del mal

Para san Agustín y santo Tomás, el mal no es una sustancia independiente. El mal carece de existencia propia en el mismo sentido en que la poseen los seres. Consiste en la privación de un bien que debería estar presente.

La ceguera no constituye un órgano nuevo añadido al ojo; es la ausencia de la visión que corresponde al ojo. La enfermedad no forma una naturaleza separada de la persona; representa una alteración de la salud del organismo. La injusticia no posee una existencia independiente de la voluntad, los actos y las relaciones humanas que desordena.

Santo Tomás explica que el mal, considerado formalmente como mal, es la privación de un bien particular; en cambio, el sujeto que padece esa privación sí posee entidad. La ceguera no es un ente autónomo, pero existe un animal o una persona privada de la vista.5

Por este motivo, el mal sólo puede existir en un bien. La enfermedad necesita un organismo; el pecado necesita una voluntad libre; la corrupción necesita algo que pueda corromperse. San Agustín sostiene que toda naturaleza, en cuanto naturaleza, es buena, aunque pueda resultar defectuosa en cuanto pierde o rechaza un bien.6

La corrupción confirma la prioridad del bien

La corrupción destruye o disminuye un bien. Si una realidad perdiera absolutamente toda su bondad y toda su entidad, ya no quedaría un sujeto capaz de padecer corrupción. La propia corrupción desaparecería junto con la naturaleza corrompida.

San Agustín razona que una naturaleza incorruptible merece mayor alabanza, mientras que una naturaleza corruptible posee un bien menor, aunque verdadero. La corrupción sólo causa daño porque priva de algún bien; si no quitara ningún bien, no produciría perjuicio.7

El razonamiento puede resumirse así:

  1. Algo sólo puede perder aquello que posee o debería poseer.
  2. La corrupción implica pérdida o disminución.
  3. Por tanto, la corrupción presupone un bien.
  4. El mal no posee prioridad sobre el bien, sino que depende de él.
  5. La existencia de males en la naturaleza no convierte la naturaleza en mala en cuanto tal.

El contraste entre perfección y defecto

La forma y la privación

San Agustín aplica este principio a la observación de la naturaleza. En una realidad concreta pueden coexistir elementos dignos de alabanza y aspectos perjudiciales. La distinción adecuada consiste en preguntar qué pertenece a la naturaleza y qué constituye una alteración, una carencia o un exceso.

En el agua, por ejemplo, la claridad puede considerarse una perfección, mientras que la turbiedad resulta una condición defectuosa. Si desaparece la turbiedad, permanece el agua en un estado más puro; si desaparecen la consistencia y la unidad que hacen que el agua sea agua, ya no queda agua.8

El mismo razonamiento vale para el viento. La violencia excesiva puede causar daño, pero la continuidad y unidad de sus partes pertenecen a su realidad física. Si desaparecieran esas propiedades constitutivas, no quedaría viento alguno.8

San Agustín extiende la comparación al ser humano. La ferocidad de un gobernante puede constituir un mal moral, pero la corporeidad, la unidad orgánica, la inteligencia y la capacidad de gobernar pertenecen a bienes naturales. Quitar la ferocidad dejaría una naturaleza humana más ordenada; quitar la estructura corporal y racional eliminaría al sujeto mismo.8

El contraste no convierte el mal en una ilusión

La doctrina de la privación no trivializa el dolor. Que el mal no sea una sustancia no significa que carezca de efectos reales. La enfermedad causa sufrimiento, la injusticia destruye relaciones, la violencia hiere a personas concretas y el pecado rompe la amistad con Dios. El mal resulta real como privación y desorden en un sujeto real, aunque no constituya una realidad positiva independiente.

La tradición cristiana rechaza tanto el dualismo -la existencia de dos principios eternos, uno bueno y otro malo- como la negación del mal. Sólo existe un principio creador: Dios, que es bueno sin mezcla de mal. El mal procede de una libertad creada que se aparta de su orden debido; su origen último permanece como un misterio que la razón no consigue explicar plenamente.9

El contraste como indicio de un orden objetivo

La posibilidad de juzgar el mal

El juicio «esto es malo» no describe únicamente una preferencia subjetiva. Cuando una persona llama injusta a una agresión contra un inocente, presupone que la vida, la dignidad y la justicia poseen un valor que no depende de los gustos individuales.

El argumento del contraste parte de esa experiencia: el mal aparece como mal porque contradice un orden del bien. No podríamos reconocer una privación sin alguna comprensión previa del bien correspondiente. La enfermedad sólo resulta inteligible en relación con la salud; el error, en relación con la verdad; la injusticia, en relación con la justicia.

Santo Tomás relaciona el bien con lo deseable y con la perfección de cada ser. Todo ente posee una inclinación hacia algún bien propio y procura conservar su existencia; por eso, el ser mismo tiene razón de bien. El mal, en cuanto contrario al bien y al ser debido, no puede constituir una entidad independiente.5

Del orden particular al Bien supremo

El contraste entre bien y mal presupone un orden de bienes. La existencia de ese orden plantea una pregunta metafísica: ¿por qué las cosas poseen perfecciones, finalidades y relaciones ordenadas?

Santo Tomás sostiene que los bienes recibidos remiten a un Bien primero. Las criaturas son buenas por participación y no por sí mismas; Dios, en cambio, es bueno por esencia y causa de toda bondad creada.2

El razonamiento no afirma que cada contraste aislado constituya una prueba concluyente de la existencia de Dios. Más bien, integra la experiencia del mundo en una explicación metafísica:

  • las cosas existen;
  • cada cosa posee una naturaleza y unas perfecciones;
  • las deficiencias sólo pueden reconocerse respecto de bienes debidos;
  • el conjunto de los bienes creados exige un fundamento último;
  • ese fundamento es Dios, Bien supremo y Creador.

«Si existe el mal, existe Dios»: sentido de la formulación tomista

Santo Tomás llega a formular una inversión de la pregunta clásica. En vez de preguntar únicamente: «Si existe Dios, ¿de dónde procede el mal?», presenta la posibilidad de preguntar: «Si existe el mal, ¿no presupone acaso la existencia de Dios?»

La razón consiste en que no habría mal si no existiera un orden del bien cuya privación constituye el mal; y ese orden no existiría sin Dios.10

Esta formulación necesita una interpretación precisa. Santo Tomás no sostiene que el mal, tomado aisladamente, produzca automáticamente una demostración completa de Dios. El mal presupone:

  1. un sujeto real;
  2. una perfección propia;
  3. una privación de esa perfección;
  4. un orden objetivo de bienes;
  5. un fundamento último de ese orden.

La existencia del mal, por tanto, remite indirectamente al bien y al orden. Una interpretación contemporánea de este argumento explica que la estructura lógica comienza con la existencia del mal como privación, continúa con el orden del bien que la privación presupone y concluye en Dios como fundamento de ese orden.11

El argumento adquiere así una forma indirecta o regresiva: el mal no demuestra a Dios como una causa positiva del mal, sino que obliga a reconocer el orden del bien sin el cual el concepto de mal carecería de sentido.

La belleza del universo y la integración de contrarios

La totalidad supera el bien de cada parte

La providencia divina no tiene como finalidad eliminar toda limitación particular de cada criatura, sino conducir cada naturaleza hacia su bien propio y ordenar el conjunto del universo. La perfección del universo incluye seres de distinta condición: algunos poseen una mayor plenitud, otros reciben capacidades limitadas y otros pueden sufrir defectos conforme a su naturaleza.

Santo Tomás afirma que el bien del todo puede superar el bien de una parte. Un arquitecto puede ocultar los cimientos bajo tierra para fortalecer la casa entera; de modo semejante, la existencia de ciertas limitaciones particulares puede integrarse en un orden universal más amplio.10

La diversidad de las criaturas forma parte de la riqueza del universo. Una creación compuesta únicamente por seres idénticos carecería de la variedad, jerarquía y complementariedad que manifiestan de modo más completo las perfecciones divinas. La bondad de la creación no exige que cada criatura posea todos los bienes posibles, sino que cada una posea y realice los bienes que corresponden a su naturaleza.

La analogía musical

Santo Tomás compara la relación entre silencio y música con la relación entre ciertos males y el orden universal. Un intervalo de silencio puede hacer más perceptible la melodía; del mismo modo, determinados contrastes permiten que una perfección resalte con mayor claridad.10

La analogía no significa que el silencio sea música ni que el mal sea un bien. El silencio sigue siendo ausencia de sonido, y el mal sigue siendo privación. La comparación muestra únicamente que el conjunto puede adquirir una estructura en la que una ausencia relativa contribuya a la percepción de una armonía más amplia.

El conocimiento del bien mediante el contraste

La experiencia de una enfermedad puede hacer más consciente el valor de la salud; la persecución puede manifestar la firmeza de la justicia; la pérdida puede despertar gratitud por un bien que antes parecía ordinario. Santo Tomás sostiene que el bien puede conocerse con mayor intensidad mediante el contraste con males particulares y que los resultados dolorosos pueden mover con mayor ardor hacia bienes superiores.10

Esta función cognoscitiva del contraste no justifica cualquier sufrimiento ni atribuye al mal una finalidad positiva por sí mismo. Describe una posibilidad de la providencia: Dios puede sacar conocimiento, conversión, fortaleza o solidaridad de una situación mala sin que la maldad de esa situación cambie de naturaleza.

El mal físico y el mal moral

Diferencia entre privación natural y pecado

El mal físico comprende la enfermedad, la muerte, el dolor, la discapacidad y otros desórdenes que afectan a la integridad corporal o al funcionamiento de la naturaleza. El mal moral consiste en el pecado, es decir, en el desorden voluntario de una acción humana respecto de la verdad y del bien debido.

La diferencia resulta fundamental. Una enfermedad no posee culpa moral; una decisión injusta sí puede implicar responsabilidad, porque procede de una voluntad libre. La doctrina cristiana atribuye el mal moral a la libertad creada que se aparta del bien, no a Dios como autor del pecado. El libre albedrío permite a las criaturas racionales orientarse hacia su destino último, pero también desviarse de él.12

Benedicto XVI resume esta enseñanza al afirmar que no existen dos principios originarios, uno bueno y otro malo. Sólo existe Dios, Creador y fuente del ser, que es bueno sin sombra de mal. El mal no procede de la fuente del ser, sino de una libertad creada y mal utilizada.9

Dios no causa moralmente el pecado

Dios causa el ser y la capacidad de actuar de las criaturas, pero no causa la privación moral que deforma sus actos. Santo Tomás compara esta distinción con la cojera: el movimiento procede de la capacidad motriz, mientras que el defecto procede de la desviación de la pierna. De forma semejante, el acto humano posee entidad en cuanto acto, pero su desorden moral procede de una causa próxima defectuosa.10

Esta distinción evita atribuir a Dios la responsabilidad del pecado. Dios crea la libertad como un bien; la criatura introduce el desorden cuando utiliza esa libertad contra su verdad y su finalidad.

Providencia divina y permiso del mal

Permitir no equivale a causar

La bondad divina no queda anulada por el hecho de que Dios permita males. La providencia no consiste en destruir las naturalezas ni en suprimir toda posibilidad de deficiencia, sino en gobernar cada realidad conforme a su modo de ser y dirigir el conjunto hacia el bien.

Santo Tomás sostiene que la eliminación absoluta de todo mal impediría ciertos bienes: la generación y la corrupción forman parte de los procesos naturales; la alimentación de un animal puede implicar la destrucción de otro organismo; la perseverancia del justo puede manifestarse frente a la persecución del injusto.13

El permiso divino no convierte el mal en una realidad querida por Dios como mal. Dios puede permitirlo por respeto al orden de la creación, a la libertad de las criaturas y a la posibilidad de extraer bienes mayores. La providencia ordena el mal hacia el bien, pero el mal nunca se convierte en bien.12

La bondad divina puede sacar bien del mal

San Agustín formula una de las expresiones clásicas de la doctrina: Dios, por ser sumamente bueno y todopoderoso, no permitiría ningún mal en sus obras si no pudiera sacar un bien del mal mismo.14

Esta afirmación no permite deducir de antemano qué bien concreto surgirá de cada tragedia. El sufrimiento conserva su carácter doloroso y, en muchos casos, la razón humana no descubre durante esta vida la finalidad providencial de un acontecimiento. El misterio de la providencia no elimina la obligación de combatir el mal, aliviar el sufrimiento y reparar la injusticia.

La cruz de Cristo constituye para la fe católica el ejemplo supremo. La condena y muerte de Jesús fueron actos gravemente injustos, pero Dios obtuvo de ellos la glorificación de Cristo y la redención de la humanidad. El bien de la redención no convierte en justa la violencia contra Cristo; manifiesta el poder de Dios para vencer el pecado desde dentro de la historia.12

La naturaleza como manifestación de la bondad de Dios

La contemplación de la naturaleza permite descubrir múltiples bienes:

  • la existencia y estabilidad de los seres;
  • la diversidad de las formas de vida;
  • la unidad de los organismos;
  • la proporción de sus partes;
  • la adaptación de las capacidades a las funciones;
  • la continuidad de los procesos naturales;
  • la inteligibilidad del mundo;
  • la orientación de los seres hacia su conservación y perfección.

San Agustín enumera la forma, la clasificación, el orden, la armonía, la unidad, la simetría, la correspondencia de las partes, la nutrición y la adaptación vital como bienes naturales que revelan la obra del Creador.8

La doctrina católica no interpreta los defectos particulares como negación de toda bondad creada. Un ecosistema puede incluir depredación y muerte, pero también manifiesta relaciones, ciclos, interdependencia y capacidad de vida. Un organismo puede ser vulnerable, pero esa vulnerabilidad no elimina la bondad de su existencia. Una persona puede padecer una enfermedad, pero la enfermedad no define la totalidad de su dignidad ni convierte en mala su naturaleza humana.

La Iglesia enseña que el ser humano debe respetar la bondad particular de cada criatura. El uso desordenado de la naturaleza desprecia indirectamente al Creador y provoca consecuencias perjudiciales para las personas y el medio ambiente.4

Objeciones y precisiones

«Si Dios es bueno, no debería existir ningún mal»

La objeción parte de una intuición correcta: Dios no puede ser autor del mal moral ni aprobar la injusticia. Sin embargo, confunde dos afirmaciones distintas:

  • Dios no quiere el mal en cuanto mal.
  • Dios puede permitir un mal dentro de un orden providencial que conduzca a un bien mayor.

La teología católica no presenta esta respuesta como una explicación exhaustiva de cada sufrimiento. El dolor continúa planteando un enigma para la razón humana, y la revelación ilumina su sentido sin eliminar su carácter misterioso.14

«El contraste hace necesario el mal»

El argumento no afirma que Dios necesite el mal para ser bueno ni que el mal posea una función indispensable en todas las circunstancias. Dios es el Bien absoluto y no depende de ninguna criatura. El contraste puede ayudar a las criaturas a conocer o apreciar determinados bienes, pero la bondad divina no nace de una comparación.

Dios es bueno en sí mismo, sin oposición interna entre bien y mal. La contraposición pertenece al mundo creado y a las decisiones de las criaturas, no a la esencia divina. Juan Pablo II presenta a Dios como el Bien mismo, sin variación ni sombra de cambio.15

«Si el mal es una privación, entonces no existe»

El mal existe de modo real, aunque no como una sustancia independiente. La ceguera existe como privación de la vista en un ojo real; la injusticia existe como desorden efectivo en una relación humana; el pecado existe como acto culpable que separa a la persona de Dios. La privación no equivale a pura imaginación: produce efectos verdaderos en un sujeto real.

La distinción metafísica permite explicar simultáneamente dos hechos: el mal hiere de manera auténtica y, sin embargo, no constituye un principio eterno enfrentado a Dios.

«La naturaleza demuestra por sí sola la bondad de Dios»

El contraste natural puede proporcionar un indicio racional y una vía de reflexión, pero necesita una interpretación metafísica. La mera observación de fenómenos naturales no obliga mecánicamente a aceptar una conclusión teológica. El argumento adquiere fuerza cuando la inteligencia reconoce que las nociones de perfección, privación, finalidad y orden requieren una explicación última.

La fe cristiana añade una luz decisiva: el mundo, la materia y la vida proceden de un único Creador bueno; el mal no es coeterno con Dios; la libertad puede apartarse del bien; y Cristo ha introducido en la historia la victoria definitiva de la gracia.9

Valor teológico y espiritual

El argumento posee consecuencias prácticas para la vida cristiana.

Gratitud por el ser creado

La existencia no constituye un error ni una prisión material. Dios crea por bondad y llama a la persona humana a compartir su vida. La fe permite agradecer los bienes naturales, corporales, intelectuales, afectivos y sociales, sin convertirlos en bienes absolutos.

Rechazo del fatalismo

Si el mal no posee un poder originario igual al de Dios, ninguna desgracia tiene la última palabra. El cristiano combate la enfermedad mediante la medicina, la injusticia mediante la responsabilidad moral y la violencia mediante la defensa de la dignidad humana. La esperanza no consiste en negar el mal, sino en confiar en que Dios puede vencerlo y sacar bienes de sus consecuencias.

Discernimiento moral

El contraste entre bien y mal exige distinguir la naturaleza de una persona de sus actos defectuosos. San Agustín enseña que el ser humano es bueno en cuanto criatura y malo en cuanto injusto; no resulta legítimo condenar la obra de Dios por causa del pecado ni alabar el pecado por causa de la naturaleza humana.6

Esta distinción fundamenta una actitud cristiana equilibrada: respeto por toda persona, rechazo firme del pecado, misericordia hacia quien cae y exigencia de conversión.

Esperanza en la redención

La doctrina del contraste alcanza su plenitud en Cristo. La creación manifiesta una bondad originaria; el pecado introduce una privación; la encarnación, la cruz y la resurrección inauguran la restauración de la criatura. Benedicto XVI describe a Cristo crucificado y resucitado como el nuevo Adán que contrapone al cauce oscuro del mal un cauce de luz y curación.9

Síntesis del argumento

El razonamiento puede expresarse en una serie ordenada:

  1. La naturaleza contiene bienes reales y perfecciones propias.
  2. Reconocemos ciertos fenómenos como males porque privan a los seres de bienes debidos.
  3. El mal depende de un sujeto bueno que puede sufrir una pérdida o un desorden.
  4. Por tanto, el mal no constituye una sustancia ni un principio originario opuesto a Dios.
  5. El orden de los bienes creados remite a un Bien primero, causa de toda bondad participada.
  6. Dios permite ciertos males sin causarlos moralmente y puede ordenarlos hacia bienes mayores.
  7. La cruz de Cristo manifiesta de manera suprema que Dios vence el mal mediante la gracia y la redención.

Conclusión

El argumento del contraste en la naturaleza no enseña que el mal sea bueno, necesario o ilusorio. Enseña que el mal sólo puede reconocerse sobre el fondo de un bien real y de un orden objetivo. Las criaturas, en cuanto existen y poseen una naturaleza, son buenas; sus defectos consisten en privaciones, corrupciones o desórdenes de bienes debidos. Dios permanece como Bien supremo, creador de toda naturaleza y autor de toda perfección.

La presencia del mal plantea un misterio que la razón no resuelve por completo, pero no obliga a admitir dos principios eternos enfrentados. La doctrina católica proclama un único Creador bueno, una creación esencialmente buena, una libertad capaz de apartarse del bien y una providencia capaz de extraer bienes incluso de los males. En Jesucristo, muerto y resucitado, la bondad divina alcanza su manifestación definitiva: el mal hiere, pero no reina; la gracia puede redimirlo, y el Bien tiene la última palabra.

Citas y referencias

  1. I. La vida del hombre - Conocer y amar a Dios, . Catecismo de la Iglesia Católica, 1 (1992).
  2. Libro I: De Dios tal como es en sí mismo - Capítulo XXXVIII - Que Dios es su propia bondad, Tomás de Aquino. Summa Contra Gentiles, 34 (1265). 2
  3. La diferencia entre lo que es bueno en sí mismo y lo que es bueno por participación, San Agustín de Hipona. Sobre la moral de los maniqueos, Capítulo IV, 6 (388).
  4. Capítulo uno I creo en Dios el Padre, . Catecismo de la Iglesia Católica, 339 (1992). 2
  5. Tomás de Aquino. Cuestiones disputadas sobre el mal, 1.1.resp (1272). 2
  6. San Agustín de Hipona. San Agustín, Sobre la instrucción de los incultos, Sobre la fe de las cosas no vistas, Sobre la instrucción de los incultos, Sobre la fe de las cosas no vistas, Sobre la ventaja de creer, el Enchiridion a Lorenzo, o Sobre la fe, la esperanza y la caridad, 161 (1885). 2
  7. San Agustín de Hipona. San Agustín, Sobre la instrucción de los incultos, Sobre la fe de las cosas no vistas, Sobre la instrucción de los incultos, Sobre la fe de las cosas no vistas, Sobre la ventaja de creer, el Enchiridion a Lorenzo, o Sobre la fe, la esperanza y la caridad, 160 (1885).
  8. Toda naturaleza, como naturaleza, es buena, San Agustín de Hipona. Contra la epístola fundamental de los maniqueos, Capítulo XXXIII, 36 (397). 2 3 4
  9. San Pablo (15): La enseñanza del apóstol sobre la relación entre Adán y Cristo, Papa Benedicto XVI. Audiencia general del 3 de diciembre de 2008: San Pablo (15). La enseñanza del apóstol sobre la relación entre Adán y Cristo, 1 (2008). 2 3 4
  10. Libro III: Dios, el fin de las criaturas - Capítulo LXXI - Que la providencia divina no es totalmente incompatible con la presencia del mal en la creación, Tomás de Aquino. Summa Contra Gentiles, 228 (1265). 2 3 4 5
  11. Benoît Henri Merkelbach, O.P., Reginald Beaudouin, O.P., y col. Reseñas de libros (Nova et Vetera, Vol. 23, No. 2), 26 (2025).
  12. Basil Cole, O.P. San Tomás y la «Buena Nueva» del castigo? , 11 (2022). 2 3
  13. Providencia - Que no disminuye la bondad de Dios el hecho de que permita los males, Tomás de Aquino. Compendio de Teología (Compendium Theologiae), Parte I - Capítulo CXLII.
  14. El amor providencial del Padre Dios, Papa Juan Pablo II. Audiencia general del 24 de marzo de 1999, 2 (1999). 2
  15. Papa Juan Pablo II. 29 de agosto de 1982: Visita pastoral a Rímini y San Marino, Misa en Rímini - Homilía, 6 (1982).
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