La distinción entre bien y mal
La teología católica distingue entre el mal moral y el mal físico.
- El mal moral consiste en el pecado, es decir, en la decisión libre de apartarse del bien debido y del orden querido por Dios.
- El mal físico comprende el dolor, la enfermedad, la muerte, las catástrofes y otras formas de sufrimiento propias de una creación limitada y herida.
El mal no posee una sustancia propia independiente del bien. Existe como privación, desorden o carencia de una perfección debida. Una enfermedad, por ejemplo, no constituye una realidad positiva completamente autónoma, sino una alteración de la salud. La tradición cristiana expresa esta relación con la fórmula latina malum in bono fundatur: el mal tiene su fundamento en un bien que ha sido limitado, dañado o desordenado.
Dios no causa el pecado
Dios no quiere el mal moral ni inspira el pecado. El pecado nace del uso desordenado de la libertad creada. Los ángeles y los seres humanos, como criaturas inteligentes y libres, pueden orientar su voluntad hacia el bien o apartarse de él. Dios permite esta posibilidad porque una criatura libre puede amar y responder a la verdad de una manera que una realidad carente de libertad no puede realizar.
Santo Tomás de Aquino afirma que Dios no quiere el mal como mal. Dios puede querer permitir que ocurra, pero la permisión no equivale a aprobar ni a causar directamente la acción pecaminosa. El pecado pertenece a la intención del pecador, no al designio bueno de Dios.
Esta distinción evita dos errores opuestos:
- Atribuir el pecado a Dios, como si las malas acciones humanas fueran directamente queridas por él.
- Negar la providencia, como si Dios careciera de poder para integrar en su plan las consecuencias de la libertad creada.
La permisión del mal
Dios permite el mal, pero no por indiferencia. La doctrina cristiana sostiene que una permisión divina sólo puede comprenderse dentro de la sabiduría y la bondad infinitas de Dios. Si Dios permite un mal, posee el poder y la sabiduría necesarios para extraer de él un bien mayor.
Esta afirmación no significa que cada sufrimiento resulte inmediatamente comprensible. La inteligencia humana contempla únicamente una parte limitada de la realidad. La providencia ordena los acontecimientos dentro de una totalidad cuyo sentido último supera la perspectiva individual. La resolución completa del problema del mal pertenece al juicio final, mientras que durante la vida histórica el funcionamiento de la providencia permanece en buena medida envuelto en misterio.
El bien que Dios obtiene del mal
El mal no produce el bien por su propia naturaleza. El bien aparece porque Dios, sin aprobar el mal, puede orientar sus consecuencias hacia una finalidad buena. Santo Tomás distingue así entre la intención del mal y el resultado que Dios puede obtener mediante su providencia. La persecución de los tiranos, por ejemplo, puede convertirse en ocasión para el testimonio y la fortaleza de los mártires, aunque el tirano no pretenda producir ese bien.
El principio providencial no permite realizar un mal moral con la intención de obtener un bien. La doctrina católica rechaza expresamente la máxima «el fin justifica los medios». El mal de culpa nunca puede elegirse como instrumento legítimo para alcanzar una finalidad buena. En cambio, Dios puede permitir un mal físico o una pena justa y dirigirlo hacia la conversión, la purificación, la reparación o el bien de otras personas.