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Argumento histórico sobre la resurrección de Cristo

El argumento histórico sobre la resurrección de Cristo estudia los acontecimientos, testimonios y efectos que fundamentan la afirmación cristiana de que Jesús de Nazaret murió verdaderamente, fue sepultado y resucitó corporalmente al tercer día. La fe católica reconoce en la Resurrección un acontecimiento sobrenatural y, al mismo tiempo, un hecho real con manifestaciones históricamente atestiguadas: el sepulcro vacío, las apariciones del Resucitado y la transformación de los discípulos, que proclamaron este mensaje desde los primeros tiempos de la Iglesia.1

The Resurrection of Jesus Christ
Ver información de la imagenResurrección de Jesús. c. 1499. www.masp.art.br, Rafael, Dominio Público. 📄
Cuadro resumen[Datos abiertos]
NombreArgumento histórico sobre la resurrección de Cristo
CategoríaTérmino
DescripciónEstudio de los hechos, testimonios y efectos que sustentan la afirmación católica de la resurrección corporal de Jesús al tercer día. El texto analiza la resurrección de Jesucristo como hecho histórico y trascendente, revisa los testimonios de la primera carta a los Corintios, el sepulcro vacío, las apariciones del Resucitado, la incredulidad inicial de los discípulos y la transformación de la Iglesia, y evalúa distintas hipótesis alternativas desde una perspectiva apologética católica
Contexto HistóricoPrimera comunidad cristiana del siglo I, predicación apostólica de san Pablo y los apóstoles.
ImportanciaFundamento de la fe católica, base de la esperanza cristiana y de la liturgia pascual.
InfluenciaHa moldeado la doctrina cristiana, la apologética y la teología sobre la vida eterna.
Menciones en DocumentosCatecismo de la Iglesia Católica 639-640; Audiencia General de Benedicto XVI (2009); Discurso de Pablo VI (1970); Enciclopedia Católica (1913); Summa Theologiae de Santo Tomás de Aquino; obras de L.F. Mateo-Seco; Antonio García-Moreno.
TemaResurrección de Cristo
TipoApologética

Tabla de contenido

Naturaleza del argumento histórico

La resurrección de Jesucristo no pertenece únicamente al ámbito de las ideas religiosas, de la experiencia interior o del simbolismo moral. El cristianismo afirma que Dios actuó en la historia levantando de entre los muertos el cuerpo de Jesús crucificado. El acontecimiento supera las posibilidades ordinarias de la investigación histórica, pero dejó signos y testimonios verificables históricamente. Por ello, la Iglesia habla de una realidad que posee simultáneamente una dimensión histórica y una dimensión trascendente.2

La investigación histórica trabaja con testimonios, documentos, indicios, continuidad de tradiciones y efectos observables. No puede reproducir la Resurrección en un laboratorio ni contemplar directamente el instante en que Dios devolvió la vida gloriosa a Jesús. Ningún discípulo asistió al momento exacto de la transformación del cuerpo de Cristo, y ningún evangelista describe visualmente el acto mismo de resucitar. Sin embargo, los evangelios y las cartas apostólicas transmiten acontecimientos posteriores: el sepulcro apareció vacío y los discípulos encontraron realmente al Señor vivo.2

La Iglesia no presenta el argumento histórico como una demostración matemática que obligue a creer sin libertad. La Resurrección constituye un misterio de fe, pero la fe cristiana no nace de una narración arbitraria ni de una creación mitológica tardía. La gracia permite reconocer el significado divino de unos hechos reales; la investigación histórica examina los signos humanos y documentales que acompañan esos hechos.3

La predicación apostólica primitiva

La fórmula de 1 Corintios 15

El testimonio más antiguo y concentrado sobre la muerte y la Resurrección de Cristo aparece en la Primera carta de san Pablo a los Corintios:

«Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras; fue sepultado y resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras; se apareció a Cefas y luego a los Doce».1

Pablo escribió esta carta hacia mediados del siglo I, aproximadamente en el año 56. La fórmula que transmite, sin embargo, procede de una tradición anterior que el Apóstol recibió y entregó a la comunidad. El texto emplea expresiones propias de una transmisión formal: Pablo comunica algo que también él recibió. La tradición cristiana sobre la muerte, la sepultura, la Resurrección y las apariciones de Jesús ya circulaba antes de la redacción de la carta.1

La antigüedad de esta confesión posee gran valor histórico. La proclamación no surgió después de muchas generaciones, cuando los recuerdos de los primeros discípulos podían haberse transformado libremente. Desde los orígenes de la predicación cristiana, la Iglesia anunció una secuencia concreta:

  • Jesús murió.
  • Jesús fue sepultado.
  • Dios lo resucitó al tercer día.
  • Cristo resucitado se apareció a testigos determinados.
  • Los Apóstoles transmitieron este anuncio como fundamento de la fe.

La primera predicación apostólica proclamó con seguridad la Resurrección de Jesús en Jerusalén, el mismo entorno histórico en el que había tenido lugar la crucifixión. Un análisis teológico de esta predicación observa la firmeza con que san Pedro anunciaba la Resurrección poco tiempo después de los acontecimientos, sin que la predicación apostólica provocara un desmentido capaz de detenerla.4

La importancia de las apariciones enumeradas

San Pablo continúa su enumeración mencionando a Pedro, a los Doce, a más de quinientos discípulos, a Santiago y finalmente a él mismo. El texto no desarrolla cada aparición, pero conserva una lista de testigos y grupos que el Apóstol presenta como vinculados al anuncio pascual.5

La referencia a más de quinientos hermanos reviste especial interés porque introduce un grupo numeroso dentro de la tradición apostólica. La afirmación no describe una experiencia puramente privada de una sola persona, sino una manifestación recibida por una comunidad amplia. La tradición medieval, siguiendo la enumeración paulina, también distinguió entre las diversas apariciones a las mujeres, a Pedro, a los discípulos de Emaús, a los Apóstoles, a Tomás, a los discípulos de Galilea y a otros grupos.6

El sepulcro vacío

Significado histórico

Los relatos pascuales sitúan el primer signo en el sepulcro donde habían depositado el cuerpo de Jesús. Las mujeres acudieron al lugar y encontraron la tumba vacía; después informaron a los Apóstoles. Pedro acudió al sepulcro y comprobó la ausencia del cuerpo. El Evangelio de san Juan relaciona la entrada del discípulo amado en el sepulcro con el comienzo de su fe pascual.7

El sepulcro vacío no constituye por sí solo una prueba directa y completa de la Resurrección. La mera ausencia de un cadáver admite, considerada aisladamente, varias explicaciones. María Magdalena pensó inicialmente que alguien había trasladado el cuerpo, y el Evangelio de san Mateo conserva la acusación difundida por las autoridades: los discípulos habrían robado el cuerpo mientras los guardias dormían.7

Aun así, el sepulcro vacío ocupa un lugar esencial en el argumento cristiano. La Resurrección no significa que el alma de Jesús sobreviviera mientras su cuerpo permanecía en la tumba, ni equivale a una simple supervivencia espiritual. La fe apostólica proclama la resurrección de la carne: el mismo Jesús que murió en la cruz vive ahora con un cuerpo glorificado. Por esta razón, la tumba vacía funciona como un signo indispensable de la identidad corporal entre el Crucificado y el Resucitado.8

Los lienzos y la singularidad del sepulcro

El Evangelio de san Juan describe los lienzos funerarios en el sepulcro y presenta este detalle como parte del proceso mediante el cual el discípulo amado llegó a creer. La tradición católica ha entendido la disposición del sepulcro como un indicio incompatible con una explicación sencilla basada en el robo apresurado del cadáver.9

Este argumento no pretende convertir un detalle narrativo en una demostración aislada. El estado del sepulcro adquiere su fuerza dentro del conjunto formado por la tumba vacía, las apariciones y la predicación apostólica. La ausencia del cuerpo no explica por sí misma la fe pascual; reclama una explicación capaz de integrar también el encuentro de los discípulos con Cristo vivo.

Las apariciones del Resucitado

Encuentros reales con Jesús

Los evangelios presentan a Cristo resucitado relacionándose de manera concreta con sus discípulos. Jesús habla con ellos, permite que toquen sus manos y sus pies, muestra las heridas de la Pasión y comparte comida. Con estos gestos, los relatos rechazan la interpretación según la cual los discípulos habrían visto un espíritu incorpóreo o una simple representación de Jesús.10

El Resucitado posee una condición nueva y gloriosa, pero conserva continuidad con el Jesús crucificado. Las llagas permanecen como signo de identidad. La Resurrección no devuelve a Cristo a la vida terrena anterior, como ocurrió con Lázaro, que posteriormente volvió a morir. Jesús entra en una dimensión nueva de existencia, libre del dominio de la muerte y abierta a la vida eterna.11

La doctrina católica mantiene dos afirmaciones inseparables:

  1. El cuerpo resucitado es verdaderamente el cuerpo de Jesús, el mismo que nació de María, sufrió la Pasión y murió en la cruz.
  2. Ese cuerpo ha sido glorificado, de modo que Cristo ya no vive sometido a las condiciones ordinarias de la existencia terrena.

La realidad corporal excluye el docetismo, doctrina que consideraba aparente la humanidad de Cristo, y también excluye una interpretación puramente psicológica de las apariciones. La glorificación, por su parte, impide reducir la Resurrección a una reanimación médica o a un regreso a la vida mortal.8

La incredulidad inicial de los discípulos

Los relatos evangélicos no retratan a los Apóstoles como personas predispuestas a aceptar sin crítica la Resurrección. Las mujeres encontraron inicialmente incredulidad; los discípulos consideraron su anuncio una fantasía; los Apóstoles dudaron; Tomás pidió comprobar las heridas de Jesús. Cristo reprendió la falta de fe de los discípulos y les mostró que no era un fantasma.5

Este rasgo posee relevancia apologética. Una narración inventada para legitimar una doctrina habría tendido a presentar a los primeros testigos como héroes convencidos desde el principio. Los evangelios conservan, en cambio, sus miedos, dudas y errores. La tradición católica interpreta esa resistencia inicial como un indicio de que la fe pascual no nació de una expectativa fácilmente satisfecha. Los discípulos llegaron a creer porque encontraron a Cristo vivo, no porque hubieran creado previamente una historia destinada a consolarles.5

El testimonio de las mujeres

Los relatos pascuales otorgan a las mujeres un papel decisivo como primeras anunciadoras del sepulcro vacío y de la aparición de Jesús. En el contexto social antiguo, el testimonio femenino no gozaba siempre del mismo reconocimiento público que el testimonio masculino. La inclusión de las mujeres como primeras testigos resulta, por tanto, difícil de explicar como una invención propagandística destinada a fortalecer la credibilidad externa del relato. La Iglesia reconoce en ellas a las primeras mensajeras de la Pascua y a testigos reales de los acontecimientos narrados.5

La transformación de los discípulos

Antes de la Pascua, los discípulos aparecen atemorizados, dispersos y desconcertados por la muerte de Jesús. Después, comenzaron a proclamar públicamente que Dios había resucitado al Crucificado. La transformación no constituye un dato separado de la evidencia pascual, pero forma parte de la explicación histórica del nacimiento del cristianismo.

Los Apóstoles no predicaron una idea abstracta sobre la inmortalidad del alma. Anunciaron que Dios había resucitado a un hombre concreto, Jesús de Nazaret, ejecutado recientemente en Jerusalén. La Resurrección ocupó el centro de la predicación, de la liturgia y de la esperanza cristiana. Pablo llegó a afirmar que, sin la Resurrección, la predicación apostólica carecería de contenido y la fe cristiana sería vana.12

La perseverancia apostólica también forma parte del cuadro histórico. Los primeros discípulos afrontaron oposición y amenazas por proclamar el nombre de Jesús. El testimonio de la Iglesia antigua interpretó su constancia como fruto de una convicción personal: los Apóstoles no defendían una teoría ajena, sino que anunciaban aquello que afirmaban haber visto y oído. La tradición cristiana relaciona la fuerza de la predicación pascual con el encuentro directo de los discípulos con el Resucitado.8

El nacimiento de la Iglesia

La Iglesia surgió como comunidad pascual. Su identidad inicial no depende únicamente de las enseñanzas morales de Jesús ni de la admiración por su figura. La comunidad cristiana nació proclamando que el Crucificado vive y que Dios lo ha constituido Señor y Mesías.

El origen de la Iglesia plantea una cuestión histórica: ¿qué acontecimiento explica que un grupo de discípulos derrotados comenzara a anunciar públicamente a Jesús como vencedor de la muerte? La respuesta cristiana afirma que la causa corresponde a la Resurrección corporal de Cristo y a sus apariciones. La Iglesia no considera la Resurrección una conclusión posterior elaborada para justificar su existencia; considera que la experiencia pascual dio origen a su predicación, a su vida litúrgica y a su misión.12

La continuidad de esta confesión atraviesa las generaciones. Los cristianos aceptaron la fe apostólica en contextos que no ofrecían ventajas sociales inmediatas y, con frecuencia, afrontaron persecuciones. La expansión de la Iglesia no demuestra por sí sola la Resurrección, pero confirma que el anuncio pascual produjo un movimiento histórico de enorme alcance y que los primeros evangelizadores actuaron con una convicción extraordinaria.11

El valor histórico del testimonio apostólico

Testigos y tradición viva

La tradición apostólica no consiste en un recuerdo anónimo e indefinido. Pablo menciona nombres concretos: Pedro, los Doce, Santiago y él mismo. La Iglesia conserva así una estructura testimonial vinculada a personas identificables y a una comunidad histórica. La fórmula de 1 Corintios 15 refleja una tradición que Pablo recibió y transmitió, no una reflexión individual surgida espontáneamente durante la redacción de la carta.1

Los escritos apostólicos presentan el testimonio con un vocabulario realista: los discípulos oyen, ven, contemplan y tocan. La Primera carta de san Juan insiste en la experiencia sensible de quienes tuvieron contacto con el Verbo de la vida. La Segunda carta de san Pedro rechaza la idea de una fábula inventada y vincula el anuncio cristiano con el testimonio de quienes contemplaron la grandeza de Cristo.10

La experiencia apostólica, sin embargo, no equivale a una observación ordinaria. El Resucitado pertenece a una condición gloriosa y su reconocimiento requiere la acción de la gracia. La fe no sustituye la realidad de los acontecimientos, sino que permite comprender quién es Jesús en la profundidad de su identidad: el Señor vencedor de la muerte.3

El testimonio de san Pablo

San Pablo no perteneció al grupo de los discípulos que acompañaron a Jesús durante su vida pública. Su encuentro con Cristo tuvo lugar después de la muerte y Resurrección, cuando perseguía a la Iglesia. La tradición apostólica vincula su conversión con una manifestación del Resucitado y con su incorporación a la misión evangelizadora.1

Este dato refuerza la amplitud del testimonio pascual. La fe en la Resurrección no quedó restringida a los discípulos que habían seguido a Jesús desde Galilea. También alcanzó a un perseguidor convencido de que la nueva comunidad constituía una amenaza para la tradición judía. Pablo pasó de combatir el anuncio cristiano a proclamarlo como núcleo de su vida y de su predicación.

La Resurrección como acontecimiento corporal

La palabra «resurrección» posee un significado preciso en la fe cristiana. No designa simplemente la permanencia de Jesús en la memoria de sus seguidores, el triunfo de sus ideales ni la exaltación espiritual de un mártir. La Resurrección implica que Dios devolvió a la vida al mismo Jesús muerto y sepultado, transformando su cuerpo en una existencia gloriosa.

El sepulcro vacío adquiere aquí su valor doctrinal. Si Jesús hubiera continuado muerto corporalmente, los discípulos podrían haber afirmado su supervivencia espiritual, pero no habrían anunciado la resurrección de la carne en sentido cristiano. El cuerpo muerto y el cuerpo glorificado mantienen una identidad real, aunque la condición gloriosa supere la experiencia terrena ordinaria.8

San Agustín relacionó la Resurrección de Cristo con la futura resurrección corporal de todos los hombres. Así como la muerte entró en la humanidad por medio de Adán, la resurrección de los muertos llega por medio de Cristo. La Resurrección del Señor no constituye, por tanto, un episodio aislado, sino el comienzo de la victoria definitiva sobre la muerte y la anticipación de la vida eterna prometida a los creyentes.13

Diferencia entre resurrección y reanimación

Una reanimación devuelve a una persona a la vida biológica ordinaria. Esa persona continúa sometida al envejecimiento, al sufrimiento y a la muerte. La Resurrección de Cristo posee una naturaleza completamente distinta: inaugura una existencia nueva, gloriosa e incorruptible.

El caso de Lázaro ayuda a comprender la diferencia. Lázaro volvió a la vida terrena y posteriormente murió. Cristo, en cambio, resucitó para no morir jamás. La Pascua introduce en la historia una nueva dimensión de vida que afecta a la humanidad entera y abre el mundo a la comunión eterna con Dios.11

La Resurrección tampoco equivale a una aparición desencarnada. Cristo permitió que los discípulos tocaran su cuerpo, contemplaran las heridas y compartieran alimento con él. Tales gestos manifiestan que el Resucitado no es una imagen subjetiva producida por la memoria o el deseo de los discípulos.8

Principales explicaciones alternativas

A lo largo de la historia, distintos autores han propuesto explicaciones no milagrosas de la fe pascual. La apologética católica examina esas hipótesis y muestra que ninguna integra adecuadamente todos los datos: la muerte de Jesús, la sepultura, el sepulcro vacío, las apariciones, la incredulidad inicial de los discípulos, la transformación apostólica y el nacimiento de la Iglesia.

La hipótesis del desmayo

La hipótesis del desmayo sostiene que Jesús no habría muerto en la cruz, sino que habría entrado en un estado de inconsciencia. Después habría recuperado la conciencia dentro del sepulcro y habría salido por sus propios medios.

Esta explicación contradice el contenido de la predicación apostólica, que proclama la muerte real de Cristo. Además, un hombre gravemente torturado, crucificado y encerrado en un sepulcro difícilmente habría podido presentarse ante los discípulos como vencedor de la muerte. La condición física de un superviviente herido no explicaría la convicción pascual ni la transformación radical del grupo apostólico.

La hipótesis del robo del cuerpo

Otra explicación atribuye el sepulcro vacío a un robo cometido por los discípulos. El propio Evangelio de san Mateo conserva esta acusación, difundida por las autoridades judías.7

La hipótesis tropieza con varias dificultades. No explica por qué los discípulos, inicialmente incrédulos y atemorizados, habrían aceptado sufrir por una afirmación que sabían falsa. Tampoco explica las apariciones atribuidas a grupos diversos, la conversión de Pablo ni la aparición de una predicación centrada en la Resurrección. El robo explicaría, en el mejor de los casos, la ausencia del cuerpo, pero no el conjunto completo del fenómeno pascual.

La hipótesis de la leyenda tardía

La hipótesis legendaria sostiene que la Resurrección habría sido una elaboración posterior de la comunidad cristiana. Con el paso del tiempo, la memoria de Jesús habría adquirido elementos sobrenaturales.

La fórmula de 1 Corintios 15 dificulta esta explicación porque conserva una tradición recibida por Pablo en una etapa muy temprana. La proclamación de la muerte, la sepultura, la Resurrección y las apariciones pertenece al núcleo inicial de la predicación cristiana.1

Además, los evangelios transmiten rasgos poco favorables a una invención propagandística: la incomprensión de los discípulos, su miedo, su duda, la incredulidad ante el testimonio de las mujeres y la resistencia de Tomás. La interpretación legendaria necesita explicar por qué una comunidad que pretendiera glorificar a sus fundadores habría conservado tantos elementos que presentan a los primeros testigos bajo una luz débil.

La hipótesis de las visiones subjetivas

Esta explicación interpreta las apariciones como experiencias psicológicas individuales o colectivas provocadas por el dolor, la esperanza o la expectativa religiosa. Según esta teoría, los discípulos no habrían encontrado objetivamente a Jesús; habrían experimentado una convicción interior que después expresaron mediante relatos de apariciones.

La dificultad principal reside en la pluralidad y el carácter concreto de los testimonios. Las apariciones incluyen a Pedro, a los Doce, a grupos numerosos, a Santiago y a Pablo. Los relatos presentan conversaciones, reconocimiento progresivo, contacto corporal y comidas compartidas. La interpretación puramente subjetiva tampoco explica por sí sola el sepulcro vacío ni la afirmación apostólica de que Cristo había resucitado corporalmente.5

La fe intervino en el reconocimiento del Resucitado, pero la tradición católica no reduce ese reconocimiento a una creación de la fe. La fe de los Apóstoles nació de una experiencia de Cristo vivo bajo la acción de la gracia; no fabricó el objeto de esa experiencia.8

La hipótesis de una resurrección meramente simbólica

Algunas interpretaciones consideran la Resurrección un símbolo de la victoria de la causa de Jesús, de la continuidad de su enseñanza o del despertar espiritual de los discípulos. Tales significados pueden expresar consecuencias auténticas de la Pascua, pero no sustituyen el contenido central de la fe apostólica.

Para san Pablo, si Cristo no resucitó, la predicación carece de fundamento y la fe resulta vana. La afirmación paulina no encaja con una resurrección entendida únicamente como metáfora del triunfo de unos ideales.12

La historicidad y la trascendencia

La investigación histórica puede establecer con distintos grados de certeza que los primeros cristianos proclamaron muy pronto la Resurrección, que atribuyeron a Jesús apariciones después de su muerte, que encontraron el sepulcro vacío según la tradición evangélica y que el movimiento cristiano nació de esa convicción. La fe cristiana da un paso más: reconoce en esos hechos la acción soberana de Dios.

La Resurrección no constituye un acontecimiento ordinario dentro de la historia. Es un acontecimiento histórico por sus signos, testigos y efectos, y trascendente por su causa y por la nueva condición gloriosa de Cristo. La historia alcanza los testimonios y las consecuencias; la fe reconoce que Dios ha intervenido decisivamente en ellos.2

Esta doble dimensión evita dos reducciones opuestas:

  • El racionalismo reduce la Resurrección a una explicación puramente natural y rechaza de antemano la posibilidad de la acción divina.
  • El espiritualismo reduce la Pascua a una experiencia interior sin referencia corporal ni histórica.

La doctrina católica rechaza ambas reducciones. Cristo resucitó realmente, con el mismo cuerpo que había sido crucificado, pero su vida resucitada pertenece ya a la gloria de Dios.8

Testimonio de la Iglesia y continuidad de la fe

La Iglesia ha mantenido desde los Apóstoles la Resurrección como centro de su fe. Los Padres anteriores al Concilio de Nicea la presentan con firmeza constante, y la tradición cristiana la vinculó desde el principio con la resurrección corporal, el sepulcro vacío y la esperanza de la vida eterna.14

La confesión de Cristo resucitado no constituye un añadido secundario a la cristología. La Iglesia cree que Jesús es el Hijo de Dios precisamente en la totalidad del misterio pascual: Encarnación, Pasión, Muerte, Resurrección, Ascensión y glorificación. La Resurrección confirma la identidad de Jesús, manifiesta la eficacia redentora de la cruz y funda la esperanza cristiana.

San Agustín explicó que Cristo no permaneció visiblemente entre los discípulos después de la Resurrección, sino que ascendió al cielo, dejando testigos de sus apariciones y orientando a la Iglesia hacia la vida de fe. La ausencia visible del Señor no elimina la realidad pascual; inaugura el tiempo de la Iglesia, que vive de la fe, de la predicación apostólica y de la acción del Espíritu Santo.15

Conclusión

El argumento histórico sobre la resurrección de Cristo reúne varios elementos convergentes: la tradición primitiva transmitida por san Pablo, el sepulcro vacío, las apariciones a individuos y grupos, la incredulidad inicial de los discípulos, el carácter corporal de los encuentros, la transformación de los Apóstoles y el nacimiento de la Iglesia como comunidad pascual.

Ningún elemento aislado agota el misterio ni obliga mecánicamente a aceptar la fe. En conjunto, todos apuntan hacia la afirmación apostólica: Jesús, que murió crucificado y fue sepultado, resucitó verdaderamente y vive para siempre. La Iglesia católica reconoce en esta Resurrección un acontecimiento real, históricamente atestiguado y sobrenaturalmente trascendente, fundamento de la fe, de la liturgia y de la esperanza cristiana.1

Citas y referencias

  1. Capítulo II, Creo en Jesucristo, el único Hijo de Dios. Catecismo de la Iglesia Católica, 639 (1992). 2 3 4 5 6 7
  2. B5. La resurrección del Señor, L.F. Mateo-Seco. El misterio de Cristo, 19 (1993). 2 3
  3. Antonio García-Moreno. La historicidad de los Evangelios. Boletín Bibliográfico (1980-1990), 19 (1990). 2
  4. Resucitó al tercer día, L.F. Mateo-Seco. Resucitó al tercer día (Análisis de la doctrina de San Gregorio de Nisa sobre la resurrección de Jesús), 1 (1973).
  5. Parte I - La profesión de fe. Capítulo II - Creo en Jesucristo, el único Hijo de Dios. La caída, promulgado por el Papa Benedicto XVI. Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, 127 (2005). 2 3 4 5
  6. Tercera parte - De la manifestación de la resurrección - ¿Debería Cristo haber vivido constantemente con sus discípulos después de la resurrección? , Santo Tomás de Aquino. Summa Theologiae, III, Q. 55, A. 3 (1274).
  7. Capítulo II, Creo en Jesucristo, el único Hijo de Dios. Catecismo de la Iglesia Católica, 640 (1992). 2 3
  8. L.F. Mateo-Seco. El misterio de Cristo, 20 (1993). 2 3 4 5 6 7
  9. Resurrección de Jesucristo. Enciclopedia Católica, Resurrección de Jesucristo (1913).
  10. Papa Juan Pablo II. Audiencia General del 14 de abril de 1993, 2 (1993). 2
  11. Octava de Pascua, Papa Benedicto XVI. Audiencia General del 15 de abril de 2009: Octava de Pascua, 1 (2009). 2 3
  12. Papa Pablo VI. Discurso a los organizadores y miembros del Simposio sobre la Resurrección de Cristo, 4 de abril de 1970 - Discurso, 1 (1970). 2 3
  13. Capítulo 49 [XXX.] - una objeción de los pelagistas, Agustín. Sobre el Mérito y el Perdón de los Pecados, y el Bautismo de los Infantes, 2.49 (420).
  14. L.F. Mateo-Seco. Resucitó al tercer día (Análisis de la doctrina de San Gregorio de Nisa sobre la resurrección de Jesús), 4 (1973).
  15. Capítulo 52 [XXXII.] - por qué Cristo, después de su resurrección, retiró su presencia del mundo, Agustín. Sobre el Mérito y el Perdón de los Pecados, y el Bautismo de los Infantes, 2.52 (420).
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