La moral como producto de la evolución
Algunas teorías explican la conducta moral mediante la evolución biológica. La cooperación, el altruismo recíproco y la protección del grupo habrían favorecido la supervivencia.
Esta explicación puede aclarar el origen de determinadas disposiciones psicológicas, pero no resuelve por sí sola la cuestión normativa. Explicar por qué una persona siente compasión no demuestra que deba respetar al débil. Describir el origen de una creencia tampoco determina si esa creencia resulta verdadera.
La evolución puede formar parte de una explicación científica del desarrollo humano sin excluir la existencia de una ley natural ni de un fundamento divino. Desde la perspectiva católica, una explicación causal de los procesos biológicos no elimina la pregunta metafísica por el origen, la inteligibilidad y el sentido del orden moral.
La moral como convención social
Las sociedades transmiten normas, hábitos y prohibiciones. Sin embargo, la crítica moral de una sociedad presupone un criterio que supera sus costumbres. La condena de la esclavitud, de la tortura o de la discriminación no tendría sentido si la moral dependiera exclusivamente de lo que una comunidad aprueba.
Las culturas pueden diferir en aplicaciones concretas, pero la existencia de diferencias no demuestra que todos los valores sean igualmente relativos. El Catecismo reconoce que la aplicación de la ley natural requiere considerar lugares, tiempos y circunstancias, pero mantiene la validez universal de sus principios fundamentales.
El dilema de Eutifrón
El llamado dilema de Eutifrón pregunta si una acción es buena porque Dios la manda o si Dios la manda porque ya es buena. En el primer caso, la moral parecería arbitraria; en el segundo, Dios no constituiría su fundamento.
La respuesta clásica evita ambas alternativas. Dios no decide arbitrariamente qué es bueno, ni recibe la bondad de una norma exterior. Dios es el Bien supremo, y la ley moral expresa su sabiduría y su naturaleza. La voluntad divina no crea caprichosamente el bien; quiere y ordena el bien porque Dios es su plenitud y fundamento.
La ley natural manifiesta en la criatura racional ese orden del bien. Por eso, la moral católica no reduce la obediencia a una sumisión extrínseca, sino que la entiende como conformidad libre con la verdad de la persona y con su fin último.
La existencia de personas moralmente buenas sin fe explícita
Otra objeción sostiene que muchas personas sin fe religiosa practican la justicia, la generosidad y la solidaridad. Este hecho no contradice el argumento moral. El argumento no sostiene que sólo los creyentes puedan realizar actos buenos, sino que la objetividad del bien necesita un fundamento último.
La doctrina católica reconoce que toda persona participa de la ley natural y puede conocer y realizar bienes morales mediante la razón y la conciencia. La gracia de Dios actúa de modos que no quedan reducidos a las fronteras visibles de la pertenencia religiosa. La bondad de una acción humana no demuestra por sí sola la profesión religiosa de quien la realiza.
La dificultad de los juicios morales concretos
La existencia de desacuerdos morales no prueba que no exista la verdad moral. Las personas también discrepan sobre cuestiones científicas, jurídicas o históricas sin que por ello desaparezca la verdad objetiva.
La dificultad aumenta porque la persona puede equivocarse, sufrir ignorancia culpable o no culpable, y actuar bajo presiones intensas. Además, la aplicación de los principios generales exige prudencia. La existencia de errores en el juicio moral no invalida la ley natural; confirma la necesidad de formación de la conciencia, de virtud y de una guía moral segura.