El arrianismo toma su nombre de Arrio (c. 260–336), un presbítero de Alejandría, Egipto1,2. Arrio, de ascendencia libia y educado en Antioquía, se opuso a la enseñanza de su obispo, San Alejandro de Alejandría, en un sínodo público alrededor del año 319 d.C.1. La controversia se centró en la relación entre Dios Padre y el Logos (el Verbo) o Hijo2.
La doctrina fundamental de Arrio sostenía que «hubo un tiempo en que [el Logos] no existía»2. Esta afirmación implicaba que el Hijo no era divino por naturaleza, sino una criatura hecha de la nada por el Padre1,2,3. Arrio lo describió como un «segundo Dios» o un «Dios inferior», que actuaba como mediador entre la Causa Primera y las criaturas1. Según Arrio, el Hijo fue la primera de todas las criaturas, preexistente a los mundos, y por medio de Él todo lo demás fue creado. Sin embargo, carecía de la perfección que residía únicamente en el Dios ingénito y sin principio1.
En términos griegos, el arrianismo negaba que el Hijo fuera de la misma esencia, naturaleza o sustancia que Dios Padre. Por lo tanto, no era consustancial (homoousios) con el Padre, ni semejante a Él en dignidad, ni co-eterno, ni parte de la esfera divina verdadera1. Para los arrianos, el Logos exaltado por San Juan no era una persona distinta, sino un atributo o razón perteneciente a la naturaleza divina del Padre, y la filiación del Hijo era meramente figurativa1. Los seguidores de Arrio que razonaban lógicamente fueron denominados anomeos (que significa «desemejantes»), porque sostenían que el Hijo era «desemejante» al Padre, definiendo a Dios simplemente como el «Inengendrado»1. También fueron conocidos como exucontianos (ex ouk onton), por su creencia de que el Hijo fue creado «de la nada»1.
Las declaraciones de Arrio, según las registró San Atanasio de Alejandría, incluían que Dios no fue siempre Padre, que el Hijo no existió siempre, que el Hijo de Dios fue hecho de la nada, y que era una criatura y una cosa hecha. También afirmaban que hubo un tiempo en que el Verbo de Dios no existía, y que Él tenía un principio de existencia. Creían que el Hijo era mutable por naturaleza y solo permanecía bueno por su propia voluntad, siendo capaz de cambiar. Por lo tanto, decían que Cristo no era verdaderamente Dios, sino que se le llamaba Dios por su participación en la naturaleza de Dios, al igual que otras criaturas3.

