El arrianismo, surgido en el siglo IV, representó un intento de racionalizar el Credo Cristiano al despojar de misterio la relación entre Cristo y Dios1. Arrio (c. 260-336 d.C.), un presbítero de Alejandría, se opuso a su obispo, San Alejandro de Alejandría, al afirmar que «hubo un tiempo en que el Logos no existía»2. Esta premisa fundamental implicaba una negación de la divinidad del Logos por naturaleza, reduciéndolo a una mera criatura, aunque la primera y más eminente de todas, con un estatus divino solo por gracia2.
La teología de Arrio estaba influenciada por el Platonismo Medio, que enfatizaba la absoluta trascendencia de Dios y postulaba dioses inferiores o un demiurgo para mediar entre Dios y las criaturas2. Arrio negaba que el Logos hubiera sido engendrado por el Padre, considerándolo una idea materialista, y argumentaba que una segunda substancia no generada junto al Padre comprometería la unidad de Dios2.
En esencia, la doctrina ariana sostenía que el Hijo era un «segundo Dios» o un «Dios inferior», un ser intermedio entre la Primera Causa y las criaturas1,3. Aunque fue hecho de la nada y creó todas las demás cosas, y existía antes de los mundos, carecía de la perfección que era el fundamento de la deidad1. Solo Dios era ingenerado y sin principio; el Hijo, en cambio, era originado y en algún momento no había existido, ya que todo lo que tiene origen debe comenzar a ser1. Por lo tanto, el arrianismo negaba que el Hijo fuera de la misma esencia, naturaleza o substancia que Dios; no era consubstancial (homoousios) con el Padre, ni semejante a Él, ni igual en dignidad, ni coeterno, ni parte de la esfera real de la Deidad1. El Logos exaltado por San Juan, según Arrio, era un atributo (Razón) de la naturaleza Divina, no una persona distinta1.
