La arqueología bíblica forma parte de la arqueología del Próximo Oriente antiguo y de la investigación histórica sobre Israel, Judá, Palestina, Siria, Mesopotamia, Egipto, Asia Menor, Grecia y Roma. Examina ciudades, aldeas, fortificaciones, santuarios, tumbas, viviendas, cerámica, monedas, sellos, manuscritos, sistemas hidráulicos e inscripciones.
Los restos arqueológicos constituyen testimonios materiales del pasado, pero rara vez explican por sí mismos quién construyó un edificio, qué acontecimientos ocurrieron en él o cuáles eran las creencias de sus habitantes. La estratigrafía, la cerámica y los métodos de datación permiten precisar la cronología y reconstruir formas de vida, aunque ofrecen una información más limitada sobre acontecimientos políticos, ideas religiosas y motivaciones personales.1
La arqueología bíblica persigue principalmente cuatro objetivos:
- Reconstruir el contexto histórico y geográfico de los relatos bíblicos.
- Comprender las instituciones, costumbres y lenguas del antiguo Israel y de las comunidades cristianas primitivas.
- Comparar los textos bíblicos con testimonios extrabíblicos, sin confundir coincidencia cultural con confirmación directa.
- Evaluar la plausibilidad histórica de determinadas tradiciones, cronologías y descripciones.
La arqueología no puede recuperar todos los acontecimientos del pasado. Muchos hechos no dejaron huellas materiales o documentales, y una excavación, por exhaustiva que sea, siempre ofrece una imagen parcial de la historia. Por ello, la ausencia de un hallazgo no demuestra necesariamente que un acontecimiento no ocurriera.2


