Los inicios del arte cristiano se encuentran en un período de cautela, donde los primeros artistas cristianos emplearon un simbolismo religioso para velar los misterios de la fe de los no iniciados1. En las catacumbas romanas, por ejemplo, las decoraciones representaban escenas de banquetes que, aunque comunes en otras culturas, adquirían un profundo significado eucarístico para los cristianos mediante pequeños signos como cruces en los panes o peces en la mesa. Las figuras humanas y escenas bíblicas, especialmente aquellas relacionadas con la liturgia de difuntos —como las resurrecciones milagrosas de Jonás, Daniel y Lázaro— eran frecuentes1. Las representaciones de la Virgen María eran crípticas y solo interpretables por los iniciados1.
Con el triunfo del cristianismo bajo el emperador Constantino, la necesidad de ocultar los misterios de la fe disminuyó considerablemente1. El período del 313 d.C. hasta finales del siglo V marcó una etapa de transformación y desarrollo en el arte cristiano1. Las escenas bíblicas proliferaron, y la figura de Cristo comenzó a representarse con mayor autoridad, no solo como el Buen Pastor imberbe, sino coronado con un nimbo, sentado o de pie en una postura de poder. El nimbo también se extendió a la Virgen María y a algunos santos1. En este tiempo, la escultura también empezó a complementar a la pintura al servicio de la Iglesia, dejando sus primeras huellas significativas en las catacumbas1.

