El término arzobispado engloba tanto el oficio como la jurisdicción de un arzobispo1. En la actualidad, un arzobispo es un obispo que gobierna su propia diócesis y, al mismo tiempo, preside sobre los obispos de un distrito bien definido, compuesto por diócesis simples, que no son provincias eclesiásticas per se2. La diócesis propia del arzobispo se denomina arquidiócesis2.
Históricamente, la figura del metropolitano, predecesora del arzobispo en su sentido actual, se consolidó en el Imperio Romano de Oriente. Los obispos de las capitales de las provincias civiles (eparquías) comenzaron a asumir una posición superior a partir del siglo III, presidiendo sínodos y sirviendo como puntos centrales para la comunicación entre los obispos de la provincia3. El Concilio de Nicea (325 d.C.) reconoció esta posición, otorgando derechos definidos al metropolitano sobre los demás obispos de la provincia3. Aunque el término «metropolitano» se usó de forma indistinta para rangos superiores al episcopado simple en sus inicios, la oficina del arzobispo o metropolitano en un sentido más estricto, indicando un rango jerárquico por encima de los obispos ordinarios pero por debajo de los primados y patriarcas, ya existía sustancialmente en el siglo V, aunque el término «arzobispo» no aparece con su significado actual antes del siglo VI2.
