La palabra asamblea traduce el sentido bíblico de la reunión convocada por Dios. La comunidad cristiana no nace solo de una decisión organizativa, de una afinidad cultural o de un proyecto común. Dios reúne a su pueblo en el Espíritu Santo, y los bautizados responden mediante la fe a esa llamada gratuita. La propia palabra griega ekklesía mantiene una relación etimológica con klesis, «llamada» o «vocación».1,2
La asamblea litúrgica aparece particularmente en la celebración eucarística, aunque también está presente en los demás sacramentos, en la liturgia de las horas y en otras celebraciones litúrgicas. Su identidad procede de la acción de Dios y de la incorporación bautismal a Cristo, no del número de participantes, de la solemnidad externa o de la intensidad emocional de la reunión.
La comunidad reunida constituye un signo visible de la Iglesia. En ella aparecen, mediante palabras, gestos, ministerios, cantos y oraciones, realidades invisibles: la gracia, la comunión con Cristo, la acción del Espíritu Santo y la unidad del pueblo de Dios. Sin embargo, la asamblea histórica permanece formada por personas pecadoras y limitadas. Por eso manifiesta realmente a la Iglesia, aunque todavía de manera imperfecta, hasta que Cristo lleve todas las cosas a su plenitud.3



