Origen y finalidad
El papa Pablo VI instituyó el Sínodo de los Obispos el 15 de septiembre de 1965, durante el Concilio Vaticano II. La institución nació como un organismo de colaboración con el pontífice romano en asuntos de especial importancia para el bien de la Iglesia universal. A lo largo de su historia, las asambleas sinodales han ofrecido un espacio de oración y diálogo entre obispos, de reflexión doctrinal y de impulso a la actividad pastoral.
El Sínodo de los Obispos manifiesta la comunión episcopal con el papa y el cuidado de los obispos por la Iglesia universal. Sus asambleas permiten que pastores de distintas Iglesias particulares compartan experiencias y consideren cuestiones que afectan al conjunto de la Iglesia.
La expresión asamblea sinodal suele designar la reunión celebrativa de los miembros de este Sínodo. No equivale, por tanto, a toda consulta o proceso sinodal: constituye una etapa de un itinerario más amplio, que puede comenzar con la consulta en las Iglesias particulares y continuar con el discernimiento de sus resultados.,
Participantes
La naturaleza del Sínodo de los Obispos es episcopal. Sus miembros son principalmente obispos, que representan a sus Iglesias y expresan la solicitud del episcopado por la Iglesia entera. Sin embargo, el pontífice puede convocar a personas que no son obispos, y determina en cada caso la función que desempeñan.
En la asamblea celebrada en Roma en octubre de 2023 participaron como miembros, además de obispos, sacerdotes, diáconos, personas consagradas y fieles laicos. La incorporación de miembros no obispos amplió la participación sin suprimir el carácter específicamente episcopal de la asamblea.
También pueden asistir invitados sin derecho a voto. Entre ellos figuran expertos, auditores y delegados fraternos de Iglesias y comunidades eclesiales que todavía no están en plena comunión con la Iglesia católica. La presencia de cada categoría y sus funciones dependen de las disposiciones establecidas para la asamblea correspondiente.
Preparación, celebración y aplicación
La asamblea forma parte de un proceso que puede organizarse en tres fases: preparación, celebración e implementación. La preparación puede incluir la consulta a las Iglesias particulares y etapas posteriores de discernimiento; la celebración reúne a los participantes para tratar los asuntos previstos; y la implementación lleva sus frutos a la vida eclesial.
Durante la consulta preparatoria, los obispos pueden recabar aportaciones de sacerdotes, diáconos y fieles laicos, tanto individualmente como mediante organismos eclesiales de participación. También puede contribuir la vida consagrada. De este modo, la asamblea no queda desconectada de las Iglesias locales, aunque la consulta y la reunión de sus miembros sean momentos distintos del proceso.
En la fase de celebración, los participantes dialogan y examinan las cuestiones planteadas. El discernimiento busca una comprensión compartida a la luz de la fe y de la misión de la Iglesia. La oración y la liturgia acompañan este trabajo, que no se reduce a la búsqueda de acuerdos según criterios meramente políticos o de mayoría.,
La asamblea puede reunirse en distintos formatos y, si las circunstancias lo aconsejan, desarrollar sus trabajos en más de una sesión. La configuración concreta corresponde a las normas y decisiones aplicables a cada convocatoria.