La sinodalidad, de la cual la asamblea sinodal es una expresión, se refiere al estilo particular que caracteriza la vida y misión de la Iglesia, reflejando su naturaleza como el Pueblo de Dios que camina unido y se congrega en asamblea, convocado por Jesucristo en el poder del Espíritu Santo para proclamar el Evangelio1,2. Este modus vivendi et operandi se manifiesta a través de la comunidad que escucha la Palabra y celebra la Eucaristía, la hermandad en comunión, y la corresponsabilidad y participación de todo el Pueblo de Dios en su vida y misión, en todos los niveles y con distinción de ministerios y roles1,2.
En un sentido más específico, la sinodalidad designa las estructuras y procesos eclesiales en los que la naturaleza sinodal de la Iglesia se expresa a nivel institucional en diversas esferas: local, regional y universal1,2. Estos procesos y estructuras tienen como objetivo animar la misión del Pueblo de Dios en su conjunto, reunido como un único sujeto, llamado a congregar a toda la familia humana en Cristo y, por ende, en la plena comunión trinitaria3.
Finalmente, las asambleas sinodales son eventos sinodales específicos donde la Iglesia es convocada por la autoridad competente, siguiendo los procedimientos establecidos por la disciplina eclesiástica. En estas reuniones, el Pueblo de Dios participa de diversas maneras, bajo la presidencia de los obispos en comunión colegial con el Obispo de Roma, para discernir y tomar decisiones que impulsen la misión evangelizadora1,2.
