Elías (o Elias, forma griega del hebreo) aparece como uno de los grandes profetas del Antiguo Testamento. El relato bíblico enmarcó su misión dentro de una crisis religiosa: Elías se enfrentó a la idolatría de su tiempo y defendió la primacía de Dios. La tradición eclesial presenta a Elías como un hombre de integridad, incapaz de «pequeñas componendas», cuya vida protestó contra la corrupción espiritual del entorno.3,2
En esa misma línea, la Iglesia conecta a Elías con la oración y con la fuerza transformadora de Dios. El profeta no actúa como un simple agitador religioso: su palabra y su intercesión brotan de una relación profunda con Dios. Por eso, el símbolo del fuego acompaña su figura en la Escritura y en la interpretación cristiana: el fuego expresa la potencia purificadora de Dios, capaz de transformar lo que toca.3,4,5



