El ascetismo se ha manifestado de diversas maneras a lo largo de la historia de la Iglesia, desde prácticas individuales hasta formas de vida comunitaria.
Ascetismo Personal
Incluso sin motivos religiosos explícitos, una persona que busca adquirir virtudes naturales como la templanza, la paciencia o la castidad, está practicando un grado de ascetismo. Esto implica una lucha constante contra la naturaleza animal y la voluntad de infligirse dolor corporal o mental para enmendar errores o fortalecerse contra futuras tentaciones. Sin embargo, el ascetismo natural puede ser defectuoso si su motivo es imperfecto o egoísta, como la utilidad personal, el placer, la estética, la ostentación o el orgullo.
En un contexto cristiano, el ascetismo personal se lleva a cabo con un motivo sobrenatural, buscando la perfección en Cristo. Las penitencias externas, incluso en los santos, son vistas con sospecha si no están motivadas correctamente o si son excesivas. La prudencia es una virtud esencial en el ascetismo.
Ascetismo Monástico o Religioso
El establecimiento de las órdenes religiosas no fue una legislación repentina, sino el desarrollo natural de la vida ascética iniciada por Cristo. Desde los primeros siglos, existieron asociaciones de ascetas y vírgenes que vivían en el mundo, pero se comprometían por voto privado o profesión pública a vivir en castidad, ayunar y dedicarse a la oración. Estos grupos, como los Monazonites y Parthenae en Siria, formaban una especie de «tercera orden» o cofradía.
A partir del siglo IV, con la expansión del catolicismo, muchos ascetas y vírgenes comenzaron a retirarse al desierto, formando comunidades monásticas para buscar una Jerusalén más santa lejos de la corrupción del mundo.
Votos Sustanciales
Aquellos que ingresan a una orden religiosa toman los tres votos de pobreza, castidad y obediencia. Estos se consideran votos sustanciales porque son la base de una condición o estado de vida permanente y fijo, que afecta y dirige la actitud de la persona en sus relaciones con el mundo y con Dios. Su propósito es la consecución de la más alta perfección espiritual. Al ser perpetuos, aseguran la constancia en la práctica de la virtud y previenen que sea intermitente. Representan una entrega absoluta, libre e irrevocable de las posesiones más preciadas del hombre, creando una espiritualidad de carácter heroico.
Pobreza: La práctica de la pobreza es una reproducción de la vida de Cristo y los Apóstoles. Las órdenes como los franciscanos surgieron como una condena a la opulencia de su época.
Castidad: El voto de castidad, especialmente en el celibato, es una entrega completa y voluntaria de una de las posesiones más preciadas del hombre, con el fin de servir a Dios de manera indivisa.
Obediencia: La obediencia a la autoridad eclesiástica y a los superiores religiosos es una entrega de la propia voluntad, imitando la obediencia de Cristo al Padre. Órdenes como la Compañía de Jesús enfatizaron la lealtad a la Santa Sede en tiempos de rebelión.
Estos votos han sido criticados como degradantes o inhumanos, pero la Iglesia responde que su observancia ha producido innumerables santos y reproduce el modo de vida de Cristo y los Apóstoles.
Diversidad de Órdenes Religiosas y sus Fines
Las diferentes órdenes religiosas, aunque comparten las virtudes fundamentales, se distinguen por el objeto particular que motivó su formación. Esto podría ser una necesidad específica de la Iglesia, un movimiento que debía ser combatido, o una ayuda espiritual o corporal que se debía brindar a la humanidad.
Por ejemplo:
Los benedictinos enseñaron agricultura, artes y letras a los bárbaros después de la caída del Imperio Romano.
La Orden de Predicadores (dominicos) surgió de la necesidad de proteger a los fieles de la herejía.
Las órdenes militares se crearon para la defensa de Tierra Santa.
Otras congregaciones se dedicaron a la redención de cautivos, el cuidado de enfermos y pobres, la educación o el trabajo misionero.
Cada orden, además de los tres votos principales, cultiva una virtud especial asociada a su carisma particular, desarrollando en un grado inusual las virtudes necesarias para su fin específico. Las reglas de estas órdenes rigen cada detalle de la vida diaria, promoviendo la práctica de todas las virtudes.