En sentido estricto, el ateísmo niega que Dios exista. Sin embargo, la palabra también se emplea para describir actitudes diferentes, como la indiferencia ante la cuestión religiosa o determinadas concepciones que consideran imposible o carente de sentido hablar de Dios. Por ello, el Concilio Vaticano II advierte que el término reúne fenómenos diversos y no una única doctrina.1
Entre esas posturas cabe distinguir:
- Ateísmo explícito: afirma que Dios no existe.
- Agnosticismo: considera que la razón humana no puede afirmar nada acerca de Dios.
- Indiferencia religiosa: deja de plantearse la existencia de Dios, por falta de inquietud religiosa o porque la religión parece irrelevante.
- Ateísmo práctico: organiza la vida como si Dios no existiera, aunque la persona no formule una negación teórica. El Catecismo de la Iglesia Católica incluye aquí el materialismo práctico, que limita las necesidades y aspiraciones humanas a lo temporal.1,2
- Ateísmo sistemático: presenta la negación de Dios como parte de una visión general del ser humano y de la sociedad. Algunas de sus expresiones entienden que la autonomía humana exige no depender de Dios.3
Estas categorías pueden solaparse: una persona puede sostener una posición teórica y, al mismo tiempo, vivir con indiferencia religiosa; otra puede no negar a Dios, pero considerar que la cuestión no tiene relevancia para su vida.


