El término ateísmo abarca una variedad de fenómenos, desde la negación explícita de Dios hasta la creencia de que no se puede afirmar absolutamente nada sobre Él1. Se puede clasificar en ateísmo «positivo» (quienes niegan que Dios existe) y ateísmo «negativo» (quienes no creen en Dios, incluyendo agnósticos y positivistas lógicos que niegan cualquier significado a la palabra «Dios»)2.
El Concilio Vaticano II, en Gaudium et Spes, identifica diversas manifestaciones del ateísmo1:
Algunos niegan explícitamente a Dios.
Otros sostienen que el hombre no puede afirmar nada sobre Dios.
Muchos emplean métodos científicos que hacen que la cuestión de Dios parezca carente de sentido, o sostienen que todo puede explicarse únicamente por la razón científica.
Algunos exaltan al hombre de tal manera que su fe en Dios se debilita, aunque parecen más inclinados a afirmar al hombre que a negar a Dios.
Otros se forman una idea tan errónea de Dios que al rechazar esa figura, no están rechazando al Dios del Evangelio.
Hay quienes nunca se plantean preguntas sobre Dios, ya que no experimentan inquietudes religiosas o no ven por qué deberían preocuparse por la religión.
El ateísmo también puede surgir de una protesta contra el mal en el mundo o de la asignación de un carácter absoluto a ciertos valores humanos, que adquieren así la estatura de Dios1.
Es importante distinguir entre el ateísmo «teórico» y el «práctico». Las Escrituras, como los Salmos, condenan a aquellos que dicen en su corazón «no hay Dios» y actúan en consecuencia, refiriéndose a un ateísmo práctico3. Por otro lado, un ateo práctico no es un ateo en el sentido moderno, sino un creyente deficiente que no vive de acuerdo con su fe2.

