La enseñanza de la Iglesia sobre los atentados a la propia salud se enraíza en la antropología cristiana, que considera al ser humano como unidad de cuerpo y alma, llamado a la santidad integral. Cualquier acción que dañe deliberadamente la salud física o psíquica contraviene el amor al prójimo —incluido uno mismo— y la custodia del don de la vida.
La virtud de la templanza
La templanza, una de las cuatro virtudes cardinales, es esencial para contrarrestar los excesos que llevan a las adicciones. Según el Catecismo de la Iglesia Católica (CIC), esta virtud «modera la atracción de los placeres y proporciona el equilibrio en el uso de los bienes creados», asegurando que la voluntad domine los instintos y mantenga los deseos dentro de límites honrosos.4,3
En el Antiguo Testamento, se exhorta: «No sigas tus deseos ni te dejes llevar por tus inclinaciones», mientras que en el Nuevo, se denomina «moderación» o «sobriedad», invitando a «vivir sobria, justa y piadosamente en este mundo».3 La templanza no reprime los placeres legítimos, sino que los ordena hacia el bien, evitando que se conviertan en ídolos que esclavizan al hombre.
El quinto mandamiento y la salud
El CIC vincula explícitamente los atentados contra la propia salud al quinto mandamiento. Quienes, por ebriedad o imprudencia, ponen en peligro su vida o la de otros —en carretera, mar o aire— incurren en culpa grave.2 Esta norma se extiende a cualquier abuso que inflija «daño muy grave» a la salud humana, reconociendo el cuerpo como participante de la dignidad de Cristo.5
