La persona humana como unidad de cuerpo y alma
La antropología cristiana entiende al ser humano como una unidad de cuerpo y alma. El cuerpo no constituye un instrumento exterior que la persona posee, sino una dimensión esencial de su identidad. La diferencia sexual pertenece a la realidad corporal y participa en el significado global de la persona.
El Catecismo enseña que varón y mujer deben reconocer y aceptar su identidad sexual. La diferencia y complementariedad física, moral y espiritual orientan hacia los bienes del matrimonio y hacia el florecimiento de la vida familiar. La armonía de la pareja y de la sociedad depende, en parte, de la manera en que las personas viven esa complementariedad, la necesidad mutua y el apoyo recíproco.
Esta enseñanza no autoriza a considerar superior a un sexo sobre el otro. Varón y mujer poseen igual dignidad porque ambos han sido creados a imagen de Dios. La complementariedad no significa subordinación, dependencia absoluta ni ausencia de dones propios. Significa una diferencia ordenada a la comunión y al don recíproco.
El lenguaje del cuerpo
La tradición católica contemporánea, especialmente mediante la teología del cuerpo de san Juan Pablo II, interpreta el cuerpo como portador de un significado personal. El cuerpo manifiesta que la persona existe como varón o como mujer y que la diferencia sexual posee una orientación relacional y fecunda.
La reflexión católica sobre la complementariedad contempla varias dimensiones:
- Complementariedad corporal, porque la diferencia sexual permite la unión conyugal y la generación de nueva vida.
- Complementariedad afectiva y psicológica, porque varón y mujer pueden ofrecerse dones recíprocos desde experiencias y modos de relación diversos.
- Complementariedad personal y espiritual, porque la diferencia sexual forma parte del modo concreto en que cada persona vive la comunión, la responsabilidad y el don de sí.
- Complementariedad familiar y social, porque el matrimonio entre un varón y una mujer constituye la base de la generación y educación de los hijos.
La Conferencia Episcopal de Canadá resume esta visión afirmando que el cuerpo revela a la persona como varón o mujer, que la diferencia sexual posee carácter complementario y que dicha complementariedad puede abrirse a la creación de nueva vida.
El papa Francisco relacionó la complementariedad con la armonía de la creación y con la diversidad de dones que contribuyen al bien común. La complementariedad no consiste únicamente en que una parte compense una carencia de otra, sino en una armonía dinámica mediante la cual las diferencias cooperan al bien del conjunto.
Complementariedad, matrimonio y procreación
La doctrina católica contempla el matrimonio como una alianza estable entre un varón y una mujer, ordenada al bien de los cónyuges y a la generación y educación de los hijos. La unión conyugal integra dos significados inseparables: el unitivo, por el que los esposos expresan y realizan su comunión personal, y el procreador, por el que permanecen abiertos a la transmisión de la vida.
La atracción al mismo sexo no modifica la doctrina católica sobre el matrimonio. La Iglesia no considera que una relación afectiva entre personas del mismo sexo posea la complementariedad corporal y procreadora propia de la unión conyugal. Por esta razón, tampoco considera matrimonio una unión civil o afectiva entre personas del mismo sexo.
La ley natural, en la tradición católica, no equivale a una norma arbitraria impuesta desde fuera. Designa el orden moral inscrito en la naturaleza humana y accesible a la razón. En materia sexual, la tradición tomista vincula la sexualidad con el matrimonio, la comunión de los esposos y la generación y educación de los hijos.