Las primeras iglesias utilizaron soportes elevados para facilitar la lectura y el canto de los textos sagrados. En la antigüedad cristiana, el ambón cumplía una función más amplia que la de un atril corriente: desde él podían leerse o cantarse el Evangelio y la Epístola, hacerse comunicados a la asamblea y, en ocasiones, predicar.
Al principio, algunas iglesias tenían un solo ambón, situado en la nave y provisto de accesos por lados distintos. En determinados lugares surgieron dos: uno para el Evangelio y otro para la Epístola y otras lecturas. Las disposiciones variaban entre iglesias, de modo que no existió una única organización espacial para todas las comunidades.,
Los ambones y atriles litúrgicos adoptaron formas y materiales diversos. Hubo piezas de mármol y madera, estructuras ornamentadas con metales, mosaicos o tallas, y soportes móviles de bronce u otros materiales. En la Edad Media alcanzaron especial difusión los atriles con forma de águila, cuyas alas extendidas sostenían el libro. También existieron modelos plegables y estructuras en forma de columna.
El atril y el ambón no fueron los únicos soportes utilizados para los libros litúrgicos. En la Edad Media, el Misal podía descansar sobre un soporte dispuesto en el altar; más adelante también entraron en uso cojines. Estas prácticas muestran que la forma de sostener los libros dependía del desarrollo de las costumbres litúrgicas y del mobiliario de cada iglesia.