El término Augusta tiene profundas raíces en el Imperio Romano. Fue un título honorífico otorgado a Octavio, el primer emperador romano, en el año 27 a.C., como muestra de gratitud por la restauración de ciertos privilegios al Senado. Posteriormente, todos sus sucesores adoptaron este nombre1. La palabra Augustus (masculino) o Augusta (femenino) denotaba majestuosidad, reverencia y una autoridad casi divina, asociándose con la sacralidad y la grandeza imperial.
En el contexto católico, la aplicación de Augusta a la Virgen María eleva su estatus, no en un sentido político o imperial terrenal, sino en una dimensión teológica y espiritual. Subraya su dignidad como Madre de Dios (Theotokos), una verdad solemnemente ratificada en el Concilio de Éfeso en el año 4312. Este título resalta la majestad de María y su papel como Reina de la creación, en virtud de ser la Madre de Cristo Rey. La piedad católica la honra con numerosos títulos que reflejan su realeza, como «Reina de cielos y tierra»3.
