El uso de símbolos luminosos en el arte tiene sus raíces en fenómenos naturales. Los anillos de luz y color que aparecen en gotas de agua, burbujas o cristales de hielo por la refracción de la luz, así como los halos alrededor del sol o la luna, son ejemplos de estos fenómenos que han inspirado la representación artística de la luz divina1. En la antigüedad, civilizaciones como la babilónica estudiaron estos fenómenos, y en el arte pagano, discos de luz o coronas de rayos adornaban las cabezas de dioses, héroes y personas distinguidas, simbolizando majestad y poder1.
En el arte cristiano, la aureola, junto con el nimbo y la gloria, se adoptó y se le dio un significado más específico. Mientras que el nimbo pagano significaba poder, en el cristianismo se convirtió en el emblema de la virtud y la gracia que emana de Dios y se extiende sobre los santos1. La aureola, en su sentido restringido, se describe como un rayo de luz ovalado o elíptico, similar a un medallón, que rodea la figura completa1. Si la luminosidad es un resplandor difuso sin una forma definida de anillo, círculo o elipse, se le conoce como «gloria»1.
Distinciones Terminológicas
Es importante diferenciar entre los términos relacionados:
Nimbo: Un círculo de luz alrededor de la cabeza, el más común para designar a Cristo y los santos1.
Aureola: Una radiación de luz que rodea toda la figura de una persona, típicamente de forma ovalada o almendrada (conocida como mandorla en italiano)1.
Halo: A menudo usado indistintamente con nimbo, pero el término «halo» fue incorporado al idioma alemán en el siglo XVIII1.
El Papa Urbano VIII prohibió formalmente el uso del nimbo para personas que no hubieran sido beatificadas, lo que subraya su importancia como signo de santidad reconocida por la Iglesia1.

