La palabra auto procede del latín actus y alude a una acción, acto o representación. El adjetivo sacramental relaciona la obra con el misterio de la Eucaristía. En su forma clásica, el auto presenta mediante personajes alegóricos el misterio eucarístico, la redención, la lucha entre el pecado y la gracia, o la relación entre la historia de la salvación y el sacramento del altar.1
El género alcanzó su máxima elaboración durante los siglos XVI y XVII. Aunque muchas piezas anteriores recibieron el nombre de autos por su representación en la fiesta del Corpus Christi, no todas desarrollaban directamente una doctrina eucarística. La tradición crítica distingue, por tanto, entre los autos tempranos, de asunto religioso más amplio, y el auto sacramental plenamente desarrollado, centrado en la Eucaristía.1
El auto no debe confundirse con la misa, la procesión eucarística ni la adoración del Santísimo Sacramento. La liturgia actualiza sacramentalmente el misterio pascual de Cristo; el auto, en cambio, ofrece una representación poética y teatral que prepara, acompaña o prolonga la comprensión devocional de ese misterio. La devoción eucarística encuentra su referencia fundamental en el sacrificio eucarístico y conduce hacia la comunión sacramental y espiritual.2
