La avaricia, también conocida como covetousness en un sentido más amplio, es un deseo irrazonable de lo que no se posee1. En su significado específico dentro del contexto católico, se refiere al amor desordenado por las riquezas, el dinero y las posesiones materiales2,3. No se trata simplemente de desear bienes, sino de hacer de su adquisición y retención un fin en sí mismo, en lugar de reconocerlos como instrumentos para una vida racional y armoniosa2. El décimo mandamiento prohíbe explícitamente la codicia y el deseo de acumular bienes terrenales sin límite, así como la avaricia que surge de la pasión por las riquezas y el poder que conllevan4,5.
Los Padres del Desierto y la enseñanza católica subrayan que la avaricia no es inherente a la naturaleza humana, sino una distorsión del deseo de vida eterna3. Puede manifestarse incluso en aquellos que han renunciado a grandes herencias, aferrándose a objetos de poco valor en la soledad de su celda, lo que demuestra que es una enfermedad del corazón, no de la cartera6. Este apego a las cosas pequeñas quita la libertad y se convierte en una especie de fetiche, una regresión a un estado infantil de apego posesivo6.
San Juan Crisóstomo enseña que la riqueza en sí misma no es mala, sino la avaricia y el amor al dinero. El avaro no es verdaderamente rico, sino que siempre le faltan muchas cosas y, a pesar de sus posesiones, nunca puede ser satisfecho. Es un guardián, no un amo de la riqueza; un esclavo, no un señor3.

