Una evolución gradual
La fórmula completa del Ave María no apareció de una sola vez ni nació de un decreto conciliar único. Su configuración fue gradual: primero circuló el saludo evangélico del ángel; después se unió al saludo de Isabel; finalmente la Iglesia añadió la petición de intercesión.
La tradición medieval conoció diversas formas de esta oración antes de alcanzar una redacción estable. Los testimonios anteriores al siglo XI muestran expresiones relacionadas con el saludo angélico y con las palabras de Isabel, especialmente en el Oficio Menor de la Virgen. Hacia el siglo XII, la fórmula ya gozaba de amplia difusión como devoción privada.
La primera parte
Durante los primeros siglos, la oración mariana más antigua no coincidía necesariamente con el Ave María actual. Juan Pablo II menciona como primera invocación mariana conocida el himno Sub tuum praesidium, datado en el siglo III, mientras que la popularidad general del Ave María creció especialmente en la Edad Media.
La forma inicial del Ave María comprendía esencialmente las palabras del ángel y de Isabel. Tomás de Aquino distinguía tres elementos: la parte pronunciada por el ángel, la parte pronunciada por Isabel y el nombre «María», incorporado por la Iglesia en la formulación tradicional.
La expansión medieval
A comienzos del siglo XII, la oración ya aparecía en colecciones de relatos marianos y en diversas prácticas de piedad. Durante ese periodo, muchos fieles recitaban el saludo como una verdadera salutación a la Virgen, a veces acompañado de una inclinación de cabeza o de una genuflexión.
A finales del siglo XII, algunos obispos promovieron que los fieles conocieran la «Salutación de la Bienaventurada Virgen» junto con el Credo y el Padrenuestro. Estas iniciativas ayudaron a difundir la oración en la catequesis y en la vida espiritual de las comunidades.