El averroísmo se basa en la filosofía de Averroes (1126-1198), un filósofo y médico árabe andalusí, conocido como «El Comentador» por sus extensos comentarios sobre las obras de Aristóteles1,2. Averroes fue fundamental en la mediación de los textos aristotélicos al mundo latino, presentando un corpus filosófico total que incluía elementos neoplatónicos3.
Las doctrinas clave de Averroes que generaron controversia en el ámbito cristiano incluyen:
La unidad del intelecto posible (monopsiquismo): Averroes sostenía que existe un solo intelecto activo y un solo intelecto pasivo universal para todos los hombres, que es inmaterial e imperecedero1,4. Según esta visión, la mente individual no es inmortal en sí misma, sino que solo entra en contacto momentáneo con el intelecto universal1,4. Esta doctrina negaba la inmortalidad individual del alma, considerándola una creencia religiosa pero no una verdad filosóficamente demostrable1,4.
La eternidad de la materia y el mundo: La filosofía de Averroes, influenciada por el neoplatonismo, incluía la doctrina de la eternidad de la materia como principio positivo del ser y la noción de emanación en lugar de creación1.
Negación de la Providencia en el sentido común: Averroes también sostenía la negación de la Providencia divina en el sentido comúnmente aceptado1.
La doctrina de la «doble verdad»: Esta fue una de las ideas más problemáticas. Averroes propuso que la religión y la filosofía operan en esferas distintas. La religión, según él, es para la multitud iletrada y enseña mediante signos y símbolos, mientras que la filosofía presenta la verdad misma para unos pocos elegidos1. Para el «verdaderamente iluminado», la filosofía supersede la religión. Aunque el filósofo pudiera ver que algo verdadero en teología era falso en filosofía, no debía condenar la instrucción religiosa para no privar a la multitud de su único medio de conocimiento (simbólico) de la verdad1. Esta distinción radical entre verdades filosóficas y teológicas implicaba que una proposición podía ser verdadera filosóficamente pero falsa teológicamente, o viceversa, lo cual era irreconciliable con la postura escolástica de que Dios es el autor de toda verdad, y, por lo tanto, la razón y la revelación no pueden contradecirse4,5.
