En el lenguaje espiritual, aversión significa rechazo o repugnancia ante algo. Aplicada al pecado, no designa una hostilidad contra la persona que ha pecado, sino el juicio moral por el que se rechaza aquello que la aparta del bien y de Dios. La teología distingue, en este sentido, entre detestar una acción mala y odiar a quien la comete: lo primero puede expresar una actitud virtuosa; lo segundo contradice la caridad cuando se dirige contra la persona misma.3
La aversión al pecado nace de comprender qué significa el pecado en la relación con Dios. La conversión implica apartarse de él y volverse a Dios; el pecado, por el contrario, supone una ruptura con su voluntad y una orientación desordenada hacia bienes creados, tratados como si fueran absolutos. Al regresar a Dios, la persona recupera también la verdad de su propia existencia y de su condición de criatura.4,5
Por ello, el rechazo cristiano del pecado no se reduce al temor a un castigo ni al disgusto por haber sufrido un perjuicio. Su fundamento más hondo es el amor a Dios: quien lo reconoce como el bien supremo comprende que el pecado, al apartar de él, debe ser rechazado por encima de cualquier otro mal.6


