La Asamblea Especial para Oceanía
La exhortación nació de la Asamblea Especial para Oceanía del Sínodo de los Obispos, reunida del 22 de noviembre al 12 de diciembre de 1998. La convocatoria formó parte de las asambleas continentales promovidas en preparación del tercer milenio cristiano. Participaron obispos de Oceanía, representantes de otros continentes, responsables de organismos de la Santa Sede, sacerdotes, fieles laicos, miembros de institutos religiosos y delegados fraternos de otras Iglesias y comunidades eclesiales.2
La asamblea examinó la situación de la Iglesia en una región caracterizada por grandes distancias geográficas, una extraordinaria diversidad cultural y profundas diferencias sociales. Los participantes estudiaron las esperanzas y dificultades de las Iglesias particulares, así como las oportunidades pastorales que ofrecía el final del segundo milenio cristiano. La fe en Jesucristo constituyó el fundamento de sus deliberaciones y la comunión eclesial manifestó, según el documento, la posibilidad de vivir la unidad dentro de la diversidad.2
La situación de los pueblos de Oceanía
Ecclesia in Oceania contempla Oceanía como una realidad humana y cultural plural. La región reúne pueblos indígenas con tradiciones propias y comunidades formadas por migraciones procedentes de Europa y de otras partes del mundo. La exhortación valora la riqueza de sus pueblos, culturas y paisajes, y presenta esa diversidad como un don que suscita acción de gracias a Dios.1
El documento recuerda que los habitantes originarios de Oceanía poseían una conciencia religiosa vinculada a la naturaleza, a la vida comunitaria y a sus propias tradiciones culturales antes de la llegada de los misioneros cristianos. Durante la segunda mitad del segundo milenio, los misioneros anunciaron a Jesucristo, el Verbo encarnado, mientras los emigrantes llevaron consigo las expresiones cristianas recibidas en sus países de origen.1,4
La exhortación reconoce el fruto de la acción misionera, pero orienta la mirada hacia una etapa nueva. La Iglesia ya no debe limitarse a conservar la herencia recibida: tiene que anunciar de nuevo a Jesucristo en sociedades transformadas por la secularización, el individualismo y el consumismo. Estas corrientes debilitan en algunos ambientes la práctica religiosa y reducen la influencia de la fe cristiana en la vida pública, en la legislación, en la moral social y en la comprensión del matrimonio, la familia y el derecho a la vida.5
