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Papa Adriano II

Adriano II fue papa de la Iglesia católica entre los años 867 y 872, en una etapa marcada por las tensiones entre Roma y Constantinopla, la fragmentación del Imperio carolingio y la consolidación de nuevas comunidades cristianas entre los pueblos eslavos. Su pontificado quedó ligado a la deposición de Focio, al Concilio de Constantinopla de 869-870, al apoyo decisivo a Cirilo y Metodio y a la defensa de la autoridad de la Sede Romana en los conflictos eclesiásticos y dinásticos del Occidente carolingio.1,2

Adrian II
Ver información de la imagenPapa Adriano II. http://members.tripod.com/~cckswong/pope101_150.htm#106, Autor desconocido, Dominio Público. 📄
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NombrePapa Adriano II
CategoríaPersona
Nombre CompletoAdriano (Hadrianus)
DescripciónTensiones entre Roma y Constantinopla, fragmentación del Imperio carolingio y expansión del cristianismo entre los pueblos eslavos.
Lugar de NacimientoRoma
Fecha de Muerte872
NacionalidadRomano
SexoMasculino
Contexto PolíticoDebilitamiento del Imperio carolingio, rivalidades dinásticas y relaciones con el emperador Luis II.
Duración5 años
Eventos RelacionadosConcilio de Constantinopla (869-870); Cisma fociano; Misión de Cirilo y Metodio; conflicto con Hincmaro de Reims; cuestión matrimonial de Lotario II.
Fin del Pontificado14 de diciembre de 872
ImportanciaDefensa de la autoridad papal, resolución del cisma fociano y apoyo a la liturgia eslava.
Inicio del Pontificado14 de diciembre de 867
Personas relacionadasNicolás I
Personas RelacionadasNicolás I, Lotario II, Hincmaro de Reims, Focio, Cirilo, Metodio, Luis II
TipoPapa

Tabla de contenido

Biografía

Origen romano y vida anterior al pontificado

Adriano nació en Roma con el nombre de Adriano (Hadrianus) y perteneció a una familia romana de notable tradición eclesiástica. Su linaje ya había dado a la Iglesia a los papas Esteban III y Sergio II. Antes de recibir las órdenes sagradas estuvo casado, una circunstancia perfectamente posible en el contexto histórico del siglo IX, cuando todavía podían acceder al ministerio hombres casados, aunque la disciplina del celibato clerical avanzaba progresivamente en Occidente.1

Cuando murió el papa Nicolás I, el clero y el pueblo de Roma eligieron a Adriano como sucesor. La elección encontró inicialmente su resistencia: la tradición recogida por la Enciclopedia Católica afirma que ya había rechazado dos veces la dignidad pontificia y que contaba aproximadamente setenta y cinco años al comenzar su pontificado. El perfil de Adriano, por tanto, no corresponde al de un candidato que hubiera buscado activamente el poder, sino al de un eclesiástico romano de edad avanzada, conocido por su carácter benévolo y por sus obras de caridad.1

Su vida familiar sufrió además una tragedia. Su esposa y su hija fueron asesinadas durante el pontificado, un hecho excepcional dentro de la historia del papado y que las fuentes modernas de síntesis relacionan con el clima de violencia política propio de la Roma y de la aristocracia italiana del siglo IX.2

Elección y comienzo del pontificado

Adriano fue elegido el 14 de diciembre de 867 y ejerció el ministerio petrino hasta el 14 de diciembre de 872, según la cronología recogida por la historia pontificia consultada.2

Su elección tuvo lugar después de un pontificado especialmente vigoroso, el de Nicolás I. Adriano mantuvo en gran medida la línea de su predecesor: defensa de la autoridad del papa en los asuntos eclesiásticos, intervención en las disputas episcopales y preocupación por la unidad de la Iglesia en Oriente y Occidente. Sin embargo, su avanzada edad, la inestabilidad del mundo carolingio y la complejidad de las relaciones con Constantinopla limitaron la capacidad romana para imponer soluciones duraderas.1,2

El contexto político del siglo IX

El debilitamiento del Imperio carolingio

El pontificado de Adriano II coincidió con el progresivo debilitamiento de la autoridad imperial carolingia. El imperio fundado por Carlomagno había alcanzado una estructura política extensa, pero las divisiones sucesorias, las rivalidades entre los descendientes de Luis el Piadoso y la creciente autonomía de los poderes regionales dificultaban la acción común.

La relación entre el Papado y el Imperio carolingio no puede reducirse a una simple oposición entre autoridad espiritual y poder temporal. Ambos poderes dependían mutuamente uno del otro. El Papado necesitaba la protección militar y política de los soberanos francos para conservar su independencia en Roma; los emperadores, por su parte, buscaban la legitimidad religiosa y la colaboración pontificia para gobernar un territorio cristiano fragmentado. La alianza implicaba cooperación, pero también conflictos sobre los límites de la jurisdicción papal, la sucesión imperial, el gobierno de Roma y la intervención en los asuntos episcopales.3,4

Las antiguas relaciones carolingias con la Sede Apostólica habían creado un marco jurídico y político ambiguo. El emperador podía actuar como protector de la Iglesia romana, pero esa protección no equivalía automáticamente a ejercer una soberanía plena sobre el territorio pontificio. La documentación carolingia conservada presenta al emperador como defensor de la Iglesia romana y reconoce, al menos en principio, la jurisdicción pontificia sobre el Patrimonio de San Pedro.4

Las disputas dinásticas y la cuestión de Lotario II

Uno de los asuntos más delicados que heredó Adriano fue el conflicto matrimonial de Lotario II, rey de Lotaringia. Lotario había repudiado a su esposa legítima, Teutberga, para mantener una relación con Waldrada. La cuestión no constituía únicamente un problema moral privado. Implicaba la validez del matrimonio regio, la sucesión política del reino, los derechos patrimoniales de la reina y la autoridad de los obispos y del papa para juzgar una causa matrimonial de alcance internacional.

Adriano recibió a Lotario en Montecasino y le admitió de nuevo a la comunión después de exigirle un juramento público. El rey declaró que no había mantenido relaciones con su concubina desde la prohibición pontificia, prometió volver con su esposa legítima y aceptó someterse a la decisión definitiva de la Sede Romana.1

La actuación de Adriano muestra que el Papado no trataba estos conflictos como simples ocasiones para afirmar una superioridad abstracta sobre los príncipes. Roma debía equilibrar la defensa de la indisolubilidad matrimonial, la credibilidad de su autoridad judicial, las presiones de las familias reales y las consecuencias políticas que tendría cualquier decisión sobre la sucesión de Lotaringia.

El desenlace del asunto no resultó plenamente favorable a la política pontificia. La muerte de Lotario en 869 y la posterior redistribución de sus territorios entre sus tíos, Carlos el Calvo y Luis el Germánico, alteraron profundamente el marco político. La cuestión matrimonial quedó así entrelazada con la descomposición del reino lotaringio y con las rivalidades internas de la dinastía carolingia.

Defensa de la autoridad pontificia en Occidente

El conflicto con Hincmaro de Reims

Adriano sostuvo frente a Hincmaro, arzobispo de Reims, el derecho de los obispos a recurrir a la Sede Apostólica. La disputa reflejaba un problema eclesiológico de gran importancia: hasta dónde llegaba la autonomía de los metropolitanos y de los sínodos locales, y en qué condiciones podía intervenir el papa como instancia superior de apelación.

La posición de Adriano defendía una concepción amplia de la función judicial del pontífice romano. Para él, los obispos no quedaban encerrados dentro de los límites de sus provincias eclesiásticas cuando consideraban vulnerados sus derechos. La apelación a Roma constituía un instrumento para proteger la justicia canónica y preservar la unidad de la Iglesia, aunque también reforzaba la centralización de la autoridad pontificia.1

La controversia con Hincmaro revela la complejidad de la Iglesia carolingia. Los obispos francos desempeñaban funciones religiosas, administrativas y políticas. Los sínodos regionales podían juzgar con rapidez los conflictos, pero sus decisiones estaban expuestas a las presiones de los reyes y de las aristocracias locales. Roma intentaba actuar como instancia de equilibrio, aunque su intervención también podía percibirse como una intromisión en la vida de las iglesias francas.

Las relaciones con Constantinopla

El cisma fociano

El principal asunto oriental del pontificado de Adriano fue el cisma fociano, originado por el conflicto en torno a Focio, patriarca de Constantinopla. La controversia combinaba elementos canónicos, políticos y doctrinales. Focio había accedido al patriarcado en circunstancias controvertidas, tras la deposición de Ignacio, y Roma había cuestionado la legitimidad del procedimiento.

Adriano mantuvo la oposición a Focio y promovió su deposición. Al mismo tiempo, buscó restablecer la comunión entre Oriente y Occidente. La política pontificia no perseguía únicamente castigar a una persona, sino resolver una crisis que afectaba a la legitimidad del patriarcado de Constantinopla y al equilibrio entre las principales sedes episcopales de la cristiandad.1,2

El Concilio de Constantinopla de 869-870

Adriano convocó el concilio celebrado en Constantinopla entre 869 y 870, considerado por la tradición católica el IV Concilio de Constantinopla y el octavo concilio ecuménico. El papa no asistió personalmente, pero presidió la asamblea por medio de diez legados.

El concilio depuso a Focio y favoreció la restauración de Ignacio en la sede constantinopolitana. Desde la perspectiva romana, aquella decisión restablecía el orden canónico y expresaba la autoridad de la Sede Apostólica en una crisis que había desbordado el ámbito local. El concilio contribuyó a una reconciliación temporal entre Roma y Constantinopla, aunque no eliminó las tensiones que volverían a manifestarse en las décadas siguientes.1,2

El resultado también mostró los límites de la diplomacia pontificia. Adriano no consiguió mantener a los búlgaros dentro de la esfera eclesiástica occidental. Bulgaria optó finalmente por vincularse a Constantinopla, una decisión de gran trascendencia para la configuración religiosa y cultural de los Balcanes.1

Bulgaria y la competencia entre Roma y Constantinopla

La evangelización de Bulgaria convirtió al reino en un espacio de competencia entre las dos grandes tradiciones cristianas. Roma y Constantinopla deseaban establecer allí una organización eclesiástica vinculada a su propia jurisdicción. La cuestión no se reducía a una rivalidad territorial: también incluía la formación del clero, la lengua litúrgica, la dependencia episcopal y la orientación política del reino búlgaro.

La elección de Constantinopla por parte de Bulgaria debilitó las aspiraciones romanas en el sudeste europeo. El episodio confirma que la autoridad pontificia del siglo IX dependía tanto de la legitimidad canónica como de la capacidad diplomática y de la cooperación con los gobernantes locales.

Cirilo, Metodio y la liturgia eslava

La misión entre los pueblos eslavos

Adriano II apoyó la misión de los hermanos Cirilo y Metodio, originarios de Tesalónica, entre los pueblos eslavos. Los dos misioneros habían desarrollado una labor evangelizadora que concedía un lugar central a la lengua eslava en la catequesis y en la celebración litúrgica.

El respaldo de Adriano tuvo una importancia excepcional porque Roma autorizó el empleo del eslavo eclesiástico en la liturgia. Esta decisión se apartaba de una visión restringida que reservaba el culto cristiano a determinadas lenguas tradicionales y reconocía la capacidad de una lengua vernácula para expresar la fe, transmitir las Escrituras y celebrar los sacramentos.1,2

La autorización pontificia no significó una ruptura con la tradición litúrgica latina. Expresó, más bien, la convicción de que la unidad de la Iglesia no exigía uniformidad lingüística absoluta. La misión de Cirilo y Metodio vinculó evangelización, traducción, educación y organización eclesial.

Metodio como arzobispo de Moravia y Panonia

Adriano consagró a Metodio como arzobispo de Moravia y Panonia, otorgándole una responsabilidad eclesiástica adecuada al alcance de su misión. La medida reforzó la legitimidad de la obra misionera y ofreció a las comunidades eslavas una estructura jerárquica vinculada a Roma.

El apoyo pontificio a Metodio tuvo consecuencias que superaron ampliamente la duración del pontificado de Adriano. La traducción de los textos litúrgicos, la formación de discípulos y la creación de una cultura cristiana eslava influyeron en la evangelización posterior de Europa central y oriental. La tradición vinculada a Cirilo y Metodio acabaría desempeñando un papel decisivo en la historia religiosa y cultural de los pueblos eslavos.

Alcance histórico de la decisión lingüística

La aprobación del eslavo litúrgico constituye uno de los aspectos más perdurables del pontificado de Adriano II. La decisión mostró una notable flexibilidad pastoral y una comprensión misionera de la liturgia. La lengua no debía convertirse en una barrera que impidiera a los nuevos cristianos comprender la proclamación de la Palabra de Dios y participar en el culto.

La política de Adriano también tuvo una dimensión geopolítica. El apoyo a Cirilo y Metodio ofrecía a Roma una vía para consolidar su presencia en territorios situados entre la influencia franca y la bizantina. La evangelización de los eslavos no podía separarse de las rivalidades jurisdiccionales de la época, aunque la misión conservara su finalidad propiamente religiosa.

La Curia romana y la diplomacia pontificia

Funcionarios y especialistas al servicio de la política exterior

La política exterior del Papado no dependía exclusivamente de las decisiones personales del papa. La Curia romana reunía clérigos capaces de redactar cartas, interpretar precedentes, preparar documentos, organizar legaciones y mantener relaciones con reyes, emperadores y patriarcas.

Entre esos funcionarios tuvieron especial relevancia los bibliotecarios de la Iglesia romana. El cargo de bibliotecario no consistía únicamente en custodiar libros. También podía incluir la gestión del archivo pontificio, la preparación de documentos, la conservación de cartas diplomáticas y la participación en misiones de alto nivel. El conocimiento de las fórmulas jurídicas y de la tradición documental permitía a la Curia fundamentar las pretensiones romanas ante otras sedes y ante los soberanos.

La importancia de estos funcionarios aparece con claridad en el ambiente intelectual y diplomático de la época. Anastasio, conocido como Bibliothecarius, intervino en la transmisión y elaboración de documentos relacionados con las relaciones entre el Papado, el Imperio y Oriente. Una cuestión historiográfica posterior discutió incluso la autenticidad de una carta atribuida al emperador Luis II, dirigida al emperador bizantino Basilio, y vinculó la posible redacción del documento con Anastasio en una fecha posterior. El debate muestra hasta qué punto los documentos pontificios y sus intermediarios podían influir en la interpretación de la autoridad papal y de la dignidad imperial.4

No conviene atribuir automáticamente a Adriano II cada intervención de los funcionarios de la Curia. La historiografía debe distinguir entre una decisión pontificia formal, la labor técnica de sus colaboradores y la redacción posterior de documentos que defendían o reinterpretaron la política romana. Aun así, la diplomacia pontificia del siglo IX resulta incomprensible sin considerar el trabajo de esos especialistas.

Cartas, legados y autoridad documental

El Papado ejercía su autoridad mediante cartas, sínodos y legaciones. Las cartas pontificias transmitían decisiones jurídicas, respondían a consultas, reprendían a obispos y negociaban con los príncipes. Los legados actuaban como representantes del papa en concilios y reuniones políticas, y podían presentar sus instrucciones con una autoridad superior a la de cualquier obispo local.

En el Concilio de Constantinopla de 869-870, Adriano ejerció la presidencia a través de diez legados. Esta forma de representación permitía al papa participar en acontecimientos lejanos sin abandonar Roma y mostraba la creciente capacidad institucional de la Sede Apostólica.1

La diplomacia romana también utilizaba la memoria documental. Los pactos carolingios, las cartas de los pontífices y los precedentes conciliares servían para formular derechos y obligaciones. El llamado Codex Carolinus, que conservó cartas de los papas dirigidas a los gobernantes francos, constituye un ejemplo de cómo la documentación pontificia podía organizarse y preservarse para sostener la continuidad de las relaciones entre Roma y la monarquía carolingia.5,4

El Papado y el Imperio carolingio

Protección imperial y autonomía pontificia

La relación con el Imperio carolingio combinaba dependencia práctica y defensa de la autonomía. Roma necesitaba protección frente a las facciones nobiliarias y a las familias aristocráticas que competían por controlar la ciudad y sus instituciones. Al mismo tiempo, los papas procuraban evitar que el protector imperial transformara su tutela en dominio directo.

Los acuerdos carolingios habían concedido al emperador ciertos derechos de supervisión y protección, especialmente en el gobierno de Roma y en la seguridad del territorio pontificio. La llamada Constitución de Lotario reconocía al emperador una influencia indirecta sobre la administración romana y sobre el proceso de elección pontificia, aunque esa influencia debía convivir con la autoridad del papa y con la participación del pueblo romano.3

Adriano II heredó, por tanto, una estructura de relaciones que ningún actor podía controlar por completo. El papa necesitaba al emperador, pero la autoridad pontificia también proporcionaba legitimidad a la dignidad imperial y ayudaba a mantener la cohesión religiosa de los territorios carolingios.

La sucesión de Luis II

El emperador Luis II desempeñó un papel relevante durante el pontificado de Adriano. La política romana hacia los carolingios debía tener en cuenta las aspiraciones de los distintos miembros de la familia imperial y la posible continuidad del título imperial. Las cuestiones sucesorias no eran meros episodios de disciplina moral: afectaban a la administración de Italia, a la defensa de Roma, al equilibrio entre los reinos francos y al futuro de la institución imperial.

La correspondencia diplomática de la época refleja discusiones sobre el origen y el fundamento de la dignidad imperial. La autenticidad de una carta de Luis II al emperador bizantino Basilio, fechada en 871 por algunos historiadores y atribuida por otros a una redacción posterior, ha generado debate. La controversia aconseja prudencia: el documento resulta útil para estudiar la concepción medieval de la relación entre Papado e Imperio, pero no permite convertir sin más cada formulación en una transcripción literal de la política personal de Adriano II.4

Personalidad y gobierno pastoral

Las fuentes antiguas y las síntesis históricas presentan a Adriano como un hombre de carácter amable, caritativo y prudente. Su estilo de gobierno contrastó con la energía combativa de Nicolás I, aunque mantuvo varios de los objetivos de su predecesor: defensa de la jurisdicción romana, protección de la disciplina eclesiástica y búsqueda de la unidad entre las iglesias.1,2

Su edad avanzada no impidió que interviniera en cuestiones de alcance internacional. Adriano actuó en causas matrimoniales, conflictos episcopales, controversias patriarcales y procesos misioneros. La combinación de una personalidad conciliadora con decisiones firmes explica el perfil peculiar de su pontificado: buscó la paz, pero no a costa de abandonar las pretensiones jurídicas y doctrinales de la Sede Apostólica.

Muerte y valoración histórica

Adriano II murió hacia el final del año 872, después de un pontificado de aproximadamente cinco años.1

La valoración histórica de su pontificado debe evitar dos simplificaciones. La primera consiste en presentarlo como un papa débil por causa de su edad o de su carácter conciliador. La segunda consiste en describir todos los conflictos con el Imperio y con Constantinopla como una lucha lineal entre el Papado y sus adversarios.

Adriano gobernó en un mundo donde la autoridad estaba distribuida entre papas, emperadores, reyes, patriarcas, obispos metropolitanos, aristocracias locales y funcionarios de la Curia. Sus decisiones dependieron de esa red de poderes. El concilio de Constantinopla ofreció una solución temporal al conflicto fociano; Bulgaria permaneció vinculada a Constantinopla; la misión eslava recibió un impulso romano de gran duración; y las disputas carolingias continuaron más allá de su muerte.

Legado

Legado eclesial

El legado de Adriano II descansa principalmente en tres ámbitos:

  • La defensa de la autoridad de Roma, especialmente mediante el reconocimiento del derecho de apelación de los obispos a la Sede Apostólica.1
  • La resolución temporal del conflicto fociano, mediante el Concilio de Constantinopla de 869-870 y la deposición de Focio.1,2
  • El apoyo a Cirilo y Metodio, con la autorización del eslavo en la liturgia y la consagración de Metodio como arzobispo de Moravia y Panonia.2

Legado cultural

La aprobación del culto en lengua eslava tuvo consecuencias culturales de enorme alcance. La misión de Cirilo y Metodio favoreció la traducción de textos cristianos, la educación de nuevos clérigos y la formación de tradiciones literarias eslavas vinculadas a la evangelización. La decisión de Adriano ayudó a mostrar que la catolicidad podía expresarse mediante distintas lenguas y tradiciones litúrgicas, sin exigir la desaparición de las culturas locales.

Lugar en la historia del Papado

Adriano II ocupa un lugar intermedio entre dos grandes fases de la historia pontificia. Heredó de Nicolás I una concepción más firme de la autoridad papal, pero ejerció esa autoridad en un momento en que la fragmentación carolingia reducía la capacidad política de Occidente. Al mismo tiempo, actuó en el escenario oriental con una visión de unidad eclesial que no podía desligarse de la competencia entre Roma y Constantinopla.

Su pontificado demuestra que la historia del Papado medieval no avanzó únicamente mediante grandes decretos o enfrentamientos espectaculares. También dependió de concilios, legaciones, traducciones, archivos, funcionarios especializados, alianzas familiares y decisiones pastorales concretas. Adriano II combinó esos instrumentos para sostener la unidad de la Iglesia y ampliar la presencia cristiana entre los pueblos eslavos.

Adriano II fue, en definitiva, un papa de transición y de alcance internacional: defendió la primacía jurídica de Roma, participó en la reorganización de las relaciones entre Oriente y Occidente y respaldó una de las iniciativas misioneras y culturales más fecundas de la Europa medieval.

Citas y referencias

  1. Papa Adrián II. Catholic Encyclopedia, Papa Adrián II (1913). 2 3 4 5 6 7 8 9 10 11 12 13 14 15
  2. Papa n.o 106: Adrián II, Magisterio IA. Breve historia de los papas de la Iglesia Católica, Papa 106 (2024). 2 3 4 5 6 7 8 9 10
  3. Estados de la Iglesia. Catholic Encyclopedia, Estados de la Iglesia (1913). 2
  4. Carlomagno. Catholic Encyclopedia, Carlomagno (1913). 2 3 4 5
  5. Papa Adrián I. Catholic Encyclopedia, Papa Adrián I (1913).
Modificado el 18 de agosto de 2026 • FideScore™ 8.97Citar este artículoPaq. Scorm (LMS)Sugerir mejoraCompartir artículoImprimir artículoGenerar QRInstalar aplicaciónPermalink: ark:28736/0384b1j36

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