Infancia y formación cristiana
Ángela nació en Desenzano del Garda, localidad situada junto al lago de Garda, en el norte de Italia. Creció en una familia cristiana que cultivaba la oración y la lectura de vidas de santos. La devoción familiar hacia santa Úrsula, virgen y mártir venerada desde antiguo en la Iglesia occidental, influyó profundamente en su espiritualidad y más tarde inspiraría el nombre de la institución que fundó.1
La muerte de sus padres, ocurrida cuando todavía era niña, la dejó huérfana. Ángela y sus hermanos quedaron bajo la tutela de familiares, y ella pasó una parte de su juventud en Salò, en la casa de su tío materno. La muerte prematura de su hermana mayor provocó en ella una intensa crisis espiritual, unida a la preocupación por la salvación eterna de la difunta. La tradición hagiográfica relaciona este momento con una experiencia visionaria que afianzó su confianza en la misericordia de Dios y la impulsó a entregarse con mayor radicalidad a la vida cristiana.3
Vida penitente y pertenencia franciscana
Durante su juventud, Ángela adoptó una forma de vida austera, marcada por la oración, la penitencia y las obras de misericordia. Ingresó en la Tercera Orden de San Francisco, asociación de fieles que procuraba vivir en el mundo el espíritu de pobreza, conversión y servicio propio de la tradición franciscana. Esta vinculación no la apartó de la vida cotidiana, sino que orientó su existencia hacia una mayor unión con Cristo y hacia el servicio de los demás.1
Tras la muerte de su tío, Ángela regresó a Desenzano. Allí comenzó a percibir con claridad una necesidad pastoral que marcaría toda su obra: muchas niñas, especialmente las pertenecientes a familias pobres, carecían de una educación elemental y desconocían los fundamentos de la fe cristiana. Su respuesta consistió en transformar la preocupación espiritual en una tarea concreta de enseñanza. Reunió a niñas de la localidad y les impartió formación religiosa, acompañada de orientación moral y práctica para la vida cristiana.3

