Nuestra Señora del Mar y Stella Maris
La expresión Nuestra Señora del Mar traduce o desarrolla en lengua española el antiguo título latino Stella Maris, que significa literalmente «Estrella del Mar». La tradición cristiana relacionó el nombre de María con la imagen de una estrella que orienta a los navegantes durante la noche y en medio de la tormenta.
Santo Tomás de Aquino recoge la asociación tradicional entre Maria y maris stella. En su comentario al saludo angélico explica que, del mismo modo que la estrella del mar orienta al marinero hacia el puerto, María guía a los cristianos hacia la gloria. Esta interpretación no presenta Stella Maris como una traducción literal o como el significado filológico indiscutible del nombre hebreo Miryam, sino como una interpretación espiritual y teológica de la tradición cristiana.1
La literatura mariana medieval desarrolló ampliamente esta imagen. San Bernardo de Claraval interpretó a María como una estrella situada sobre el mar de la existencia humana: su luz no sustituye a la de Cristo, sino que orienta hacia él. La comparación relaciona la virginidad de María, su maternidad divina, su santidad y su función de guía para quienes atraviesan las pruebas de la vida.2
Un título mariano, no una diosa del mar
La advocación no atribuye a María una divinidad propia ni la convierte en una divinidad marina. La Iglesia católica distingue radicalmente entre la adoración, reservada a Dios, y la veneración tributada a la Virgen y a los santos. La devoción mariana reconoce en María una criatura excepcionalmente agraciada por Dios, Madre de Jesucristo y asociada de modo singular a la obra de la salvación.3
El Concilio Vaticano II enseña que María es verdaderamente Madre de Dios y Madre del Redentor, y que también es madre de los miembros de Cristo por su cooperación amorosa al nacimiento de los creyentes en la Iglesia. Por eso la Iglesia la honra con afecto filial, como a una madre amadísima.4


