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Papa Calixto I

Calixto I fue obispo de Roma entre aproximadamente los años 217 y 222, durante los reinados de los emperadores Heliogábalo y Alejandro Severo. La tradición católica lo venera como papa y mártir, y celebra su memoria litúrgica el 14 de octubre. Su pontificado estuvo marcado por la consolidación de la comunidad cristiana de Roma, la evolución de la disciplina penitencial, la organización de espacios funerarios cristianos y una fuerte controversia con el presbítero Hipólito, que llegó a oponerse a su elección y encabezó un cisma.1

Pope Callistus I - Santa Maria in Trastevere
Ver información de la imagenPapa Inocencio II y Santos Lorenzo y Callisto, c. 2019. Original, Hugo DK, CC BY-SA 4.0 📄
Cuadro resumen[Datos abiertos]
NombrePapa Calixto I
CategoríaPersona
DescripciónDurante los reinados de Heliogábalo y Alejandro Severo, la Iglesia romana carecía de reconocimiento jurídico
Fecha de Muerte222
Autoridad EclesiásticaObispo de Roma
Fecha de Celebración14 de octubre
FestividadSan Calixto I
Fin del Pontificado222
Inicio del Pontificado217
LugarRoma
Martirio
Personas relacionadasCeferino
TipoPapa

Tabla de contenido

Identidad y pontificado

Calixto I -también llamado Calixto o Calisto- ocupa tradicionalmente el decimosexto lugar en las listas de los obispos de Roma. Las cronologías antiguas no coinciden por completo en el año exacto de su elección. Julio Africano lo sitúa en el primer o segundo año de Heliogábalo, mientras que Eusebio de Cesarea y el Catálogo Liberiano atribuyen a su episcopado una duración aproximada de cinco años. La cronología más habitual sitúa su ministerio entre 217 y 222.1

La documentación contemporánea sobre Calixto resulta escasa y procede en buena medida de adversarios teológicos y disciplinarios. Las principales noticias biográficas proceden de Hipólito de Roma, autor de la obra conocida como Refutación de todas las herejías o Philosophumena, y de Tertuliano, que criticó duramente la política penitencial del obispo romano después de abrazar el montanismo. Esta circunstancia obliga a distinguir entre los datos posiblemente históricos y la interpretación polémica que sus enemigos hicieron de ellos.

Roma cristiana en el siglo III

Calixto ejerció su ministerio en un periodo de crecimiento de la Iglesia romana. La comunidad cristiana reunía a personas de muy diversa condición social: esclavos, libertos, artesanos, comerciantes, mujeres de familias acomodadas y miembros de círculos próximos a la administración imperial. La expansión de la Iglesia planteaba problemas nuevos de organización, disciplina, asistencia a los pobres y relación con la sociedad romana.

El cristianismo todavía carecía de reconocimiento jurídico general por parte del Imperio. Las autoridades podían tolerar comunidades cristianas en determinados momentos, pero esa tolerancia no equivalía a una legalización estable. La plena restitución y protección jurídica de los bienes eclesiales llegaría después, con las medidas imperiales posteriores al Edicto de Milán del año 313 y con la legislación de Constantino.2

Por tanto, el pontificado de Calixto no tuvo lugar en una Iglesia oficialmente reconocida como institución pública. La comunidad romana poseía lugares de culto, cementerios y recursos económicos, pero su situación dependía en gran medida de la protección informal de determinados fieles, de la tolerancia de las autoridades y de la capacidad del obispo para administrar los bienes comunitarios sin provocar conflictos innecesarios.

Origen y vida anterior

Hipólito presenta a Calixto como un esclavo perteneciente a Carpóforo, un cristiano relacionado con la casa imperial. Según su relato, Carpóforo confió a Calixto una cantidad considerable de dinero para administrar una actividad financiera en la que también depositaban fondos algunos cristianos y viudas. El negocio habría fracasado, y Calixto habría huido para evitar las consecuencias.1

La narración continúa con su intento de escapar desde el puerto de Ostia, su captura y su condena a trabajar en el pistrinum, el molino donde los esclavos sufrían una penalidad especialmente dura. Después, Hipólito relata un nuevo conflicto provocado por Calixto en una sinagoga, que habría conducido a su condena a las minas de Cerdeña. Más tarde, una intervención relacionada con Marcia, vinculada a la casa imperial, habría permitido la liberación de varios cristianos deportados a las minas. Calixto habría obtenido también su libertad, aunque su nombre no figuraba inicialmente en la lista de presos cuya liberación se solicitaba.1

El relato contiene elementos plausibles, pero también una evidente intención de desacreditar al futuro obispo. Hipólito utiliza expresiones insultantes y presenta los episodios de la vida de Calixto como pruebas de fraude, cobardía y oportunismo. La ausencia de testimonios independientes impide aceptar todos los detalles como hechos comprobados. El dato más firme consiste en que Calixto tuvo una trayectoria excepcional: pasó de una condición social muy humilde a ocupar la sede episcopal de Roma.

Relación con los papas Víctor I y Ceferino

Tras su liberación, Calixto regresó a Roma. El papa Víctor I lo envió durante un tiempo a Ancio, posiblemente para apartarlo de las tensiones de la comunidad romana. Al morir Víctor, Calixto volvió a Roma y adquirió una posición destacada junto al papa Ceferino, que gobernó la Iglesia romana hasta aproximadamente el año 217. Hipólito reconoce que Ceferino mantuvo una relación favorable con Calixto, aunque interpreta esa confianza como fruto de la intriga y no de sus cualidades pastorales.3

Calixto llegó a ocupar una función de considerable influencia en la comunidad romana. La posterior elección como obispo muestra que contaba con apoyos importantes entre el clero y los fieles. Hipólito, que aspiraba a una orientación teológica y disciplinaria más rigurosa, no aceptó la elección y formó un grupo separado. Por ello, Calixto aparece en la historia como uno de los primeros papas enfrentados a un antipapa claramente documentado.

Hipólito de Roma y la controversia sobre su testimonio

Hipólito era un teólogo de gran cultura, probablemente miembro del clero romano, que defendía una formulación cristológica y disciplinaria distinta de la que atribuía a Calixto. Su oposición no fue una simple discrepancia personal. Incluyó acusaciones de herejía, críticas a la administración de la penitencia y rechazo de determinadas decisiones relativas al clero y al matrimonio.

La hostilidad de Hipólito condiciona toda la información sobre Calixto. La Refutación de todas las herejías describe al obispo como fundador de una escuela rival y atribuye a su política una supuesta autorización indiscriminada de los pecados. Hipólito acusa a Calixto de admitir en la Iglesia a personas que su propio grupo había expulsado y de sostener que incluso un obispo culpable de un pecado grave no debía ser depuesto automáticamente.3

La dureza de estas acusaciones no permite convertirlas sin más en una descripción neutral. Hipólito escribía desde una posición cismática y tenía interés en presentar su propio grupo como la verdadera Iglesia romana. Al mismo tiempo, la propaganda facciosa no significa que todos los hechos carezcan de fundamento. Las críticas probablemente reflejan decisiones reales de Calixto, aunque Hipólito las exagera y las interpreta como corrupción doctrinal.

La tradición católica posterior no aceptó la acusación de que Calixto fuese hereje. La valoración doctrinal más equilibrada considera que Calixto defendió la fe de la Iglesia romana frente a diversas formas de monarquianismo y que la disputa con Hipólito se relacionó tanto con la teología como con la disciplina penitencial y la autoridad episcopal.1

La disciplina penitencial

El rigorismo cristiano de los primeros siglos

Durante los siglos II y III, la Iglesia todavía desarrollaba las formas concretas de la penitencia posterior al bautismo. Los cristianos reconocían la posibilidad de la reconciliación después del pecado, pero discutían con intensidad qué pecados podían recibir perdón, cuántas veces podía concederse la reconciliación y qué duración debía tener la penitencia.

Algunos grupos rigoristas sostenían que determinados pecados graves cometidos después del bautismo -como la apostasía, el homicidio o el adulterio- no podían reconciliarse mediante la disciplina ordinaria de la Iglesia. El Pastor de Hermas, obra anterior a Calixto, ya refleja la existencia de esta tensión y enseña que el pecador puede volver a Dios mediante la penitencia, aunque presenta la reconciliación bajo formas muy exigentes y posiblemente como una oportunidad excepcional.4

La penitencia antigua no correspondía todavía exactamente a la práctica moderna de la confesión privada frecuente. El pecador normalmente reconocía públicamente su culpa, cumplía una penitencia prolongada y recibía la reconciliación dentro de la comunidad, bajo la autoridad del obispo. La disciplina podía incluir ayunos, vestidos penitenciales, exclusión temporal de la comunión y otras formas de reparación.

La decisión atribuida a Calixto

Tertuliano, ya próximo al montanismo, atacó una decisión del obispo romano que permitía reconciliar a quienes habían cometido adulterio y habían cumplido penitencia. Tertuliano presenta la medida como un edicto solemne del «obispo de los obispos» y reprocha a Calixto que aplique a los pecados graves el poder de atar y desatar confiado por Cristo a la Iglesia.1

La controversia no consistía en que Calixto afirmase que el pecado carecía de importancia. La cuestión era si la Iglesia podía reintegrar sacramentalmente a un bautizado que hubiera cometido un pecado grave después del bautismo, siempre que mostrase arrepentimiento y realizase la penitencia impuesta.

La tradición atribuida a Calixto puede resumirse en dos principios:

  • La gravedad del pecado no elimina la posibilidad de la conversión.
  • La Iglesia posee autoridad para reconciliar al penitente con Dios y con la comunidad.

Tertuliano reconocía que la Iglesia tenía poder para perdonar pecados, aunque, después de su evolución montanista, negaba o restringía severamente el ejercicio de ese poder respecto de determinados crímenes. Su crítica constituye, paradójicamente, un testimonio de que la comunidad católica romana ya defendía la autoridad eclesial para conceder el perdón después de una penitencia rigurosa.4

Calixto y la evolución de la penitencia

La importancia histórica de Calixto no consiste en haber creado de la nada el sacramento de la penitencia. La Iglesia ya practicaba la reconciliación de los pecadores antes de su pontificado. Su actuación representa, más bien, un momento decisivo en la ampliación pastoral de esa praxis.

La disciplina penitencial evolucionó gradualmente. En los primeros siglos, algunos autores hablaban de una única penitencia solemne para ciertos pecados graves. Con el tiempo, la Iglesia precisó de manera más amplia la doctrina sobre el poder de las llaves y desarrolló formas pastorales más accesibles. La época de Calixto pertenece a esa fase de desarrollo; por ello, resulta anacrónico proyectar sobre ella todas las categorías jurídicas y pastorales de la confesión tal como quedarían configuradas en la Edad Media y en la época moderna.

La posición de Calixto favorecía una Iglesia capaz de mantener la exigencia moral y, al mismo tiempo, ofrecer un camino real de retorno. No defendía una absolución automática ni una indiferencia ante el pecado. La reconciliación exigía penitencia, arrepentimiento y reintegración ordenada en la comunidad.

Cuestiones sobre el clero y el matrimonio

Hipólito acusa a Calixto de permitir que clérigos casados más de una vez conservaran su cargo y de tolerar que un ministro ordenado contrajera matrimonio sin abandonar el estado clerical. También critica la posibilidad de matrimonios entre mujeres de rango elevado y hombres de condición social inferior, incluidos esclavos, porque el derecho romano podía prohibir o dificultar esas uniones.3

Estas noticias requieren cautela. En el siglo III todavía no existía una legislación latina uniforme sobre el celibato clerical equivalente a la disciplina posterior. Las normas sobre el matrimonio de clérigos diferían entre regiones y evolucionaron durante los siglos siguientes. Tampoco conviene confundir el derecho civil romano con la ley eclesiástica: una unión socialmente desaconsejada o civilmente problemática no era necesariamente inválida desde la perspectiva de la Iglesia.

La acusación de Hipólito revela, al menos, la existencia de una disputa sobre la relación entre pureza ritual, estado clerical, matrimonio y autoridad episcopal. Calixto parece haber aplicado un criterio pastoral menos excluyente que el de sus adversarios, procurando conservar la unidad de la comunidad y evitar que toda irregularidad condujera automáticamente a la expulsión.

La propiedad eclesiástica y la asistencia a los pobres

Recursos de la comunidad romana

La Iglesia de Roma recibía ofrendas y donaciones de sus miembros. Con esos recursos sostenía el culto, atendía a viudas y huérfanos, ayudaba a los pobres, enterraba a los difuntos y auxiliaba a los cristianos encarcelados o deportados. Las acusaciones de Hipólito sobre los depósitos confiados a Calixto, aunque aparecen dentro de un relato hostil, reflejan indirectamente la existencia de fondos comunitarios administrados en favor de grupos vulnerables.3

La administración de esos bienes no funcionaba todavía dentro de un sistema jurídico eclesiástico plenamente desarrollado. La Iglesia carecía de personalidad jurídica pública reconocida en el sentido posterior. Los bienes podían quedar a nombre de particulares, de asociaciones permitidas por el derecho romano o de personas que actuaban como administradores de la comunidad.

La posterior legislación imperial muestra que la cuestión jurídica permaneció abierta durante mucho tiempo. Después del Edicto de Milán, el Estado pudo ordenar la restitución de bienes pertenecientes a las comunidades cristianas, distinguiéndolos de los bienes privados de cada fiel. La legislación del año 321 reconoció también la capacidad de dejar bienes por testamento a la comunidad cristiana.2

La gestión atribuida a Calixto

Calixto impulsó la organización de los cementerios cristianos y la atención funeraria de los miembros pobres de la comunidad. La tradición vincula su nombre con el gran complejo funerario situado en la vía Apia, conocido como catacumba de Calixto. El cementerio ofrecía sepultura cristiana a personas que no podían costear un entierro individual y se convirtió en uno de los principales espacios de memoria de la Iglesia romana.

El desarrollo de un cementerio de esa magnitud exigía coordinación, trabajadores, recursos y una autoridad capaz de gestionar terrenos y donaciones. Sin embargo, no conviene describir esta actividad con categorías posteriores, como si la Iglesia de Calixto dispusiera ya de un patrimonio diocesano jurídicamente reconocido por el Estado. El obispo administraba bienes destinados al culto y a la caridad dentro de una situación legal todavía insegura.

La propiedad eclesiástica tenía, ante todo, una finalidad comunitaria. Las ofrendas no constituían un patrimonio personal del obispo, sino recursos destinados al sostenimiento del clero, a los pobres, a los enfermos, a los presos y a las necesidades litúrgicas. La reflexión cristiana posterior insistiría en que los bienes de la Iglesia poseen una función social y deben servir especialmente a los necesitados.2

¿Existió reconocimiento legal de la Iglesia en Roma?

Durante el pontificado de Calixto, Roma no disfrutó de un reconocimiento jurídico general de la Iglesia comparable al que llegaría después de Constantino. La relativa tolerancia bajo Alejandro Severo pudo facilitar la actividad cristiana en algunos lugares, pero no transformó a la Iglesia en una institución oficialmente protegida.

Una tradición relaciona a Calixto con un oratorio situado en el lugar donde posteriormente surgió Santa María en el Trastévere. La Historia Augusta cuenta que los propietarios de establecimientos de bebidas reclamaron contra la utilización religiosa del terreno, y que el emperador consideró preferible permitir el culto de cualquier divinidad antes que favorecer una taberna. La noticia resulta difícil de verificar en todos sus detalles, pero refleja la posibilidad de que los cristianos utilizaran espacios visibles en Roma bajo condiciones de tolerancia local.1

El edificio tradicionalmente vinculado a Calixto pudo corresponder a una iglesia próxima al actual templo de San Calixto, más que a la basílica de Santa María en el Trastévere. La tradición medieval y la interpretación de los testimonios antiguos no coinciden por completo sobre esta identificación.1

Controversia teológica

Hipólito acusó a Calixto de sostener una forma de sabelianismo o modalismo. El modalismo afirmaba que Padre, Hijo y Espíritu Santo no eran realmente distintos, sino modos o manifestaciones de un único Dios. Calixto, por su parte, habría acusado a Hipólito de dividir excesivamente la unidad divina, aproximándose al diteísmo.

La terminología de la controversia no coincide todavía con las formulaciones trinitarias posteriores. En el siglo III, los teólogos buscaban expresar simultáneamente dos verdades fundamentales: la unidad de Dios y la distinción real entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. La Iglesia romana rechazaba tanto la confusión modalista como la separación que comprometiera el monoteísmo cristiano.

La acusación de Hipólito no demuestra que Calixto profesara el sabelianismo. La valoración tradicional sostiene que Calixto y su predecesor Ceferino rechazaron a Sabelio y otras formas de monarquianismo, aunque utilizaran un lenguaje teológico todavía en proceso de precisión. La controversia muestra la dificultad de aplicar retrospectivamente las categorías dogmáticas posteriores a debates que precedieron a Nicea.1

Cisma de Hipólito

La elección de Calixto provocó la ruptura de Hipólito con la Iglesia romana. Hipólito no reconoció la legitimidad del nuevo obispo y dirigió una comunidad alternativa. Por este motivo, la tradición histórica suele considerarlo el primer antipapa documentado.

El cisma combinó varios factores:

  • una disputa sobre la sucesión episcopal;
  • diferencias acerca de la cristología;
  • desacuerdos sobre la penitencia de los pecadores graves;
  • distintas concepciones sobre la permanencia de los clérigos en sus cargos;
  • una oposición general entre rigorismo y una política pastoral más integradora.

La existencia del cisma no convierte automáticamente todas las acusaciones de Hipólito en falsedades. El valor de su obra reside también en que conserva información sobre conflictos reales de la Iglesia romana. Pero su lenguaje polémico exige separar los hechos que probablemente subyacen a su relato de los juicios personales con que los presenta.

La tradición católica posterior veneró tanto a Calixto como a Hipólito como mártires reconciliados en la memoria de la Iglesia. Esta evolución resulta significativa: una controversia que en vida produjo separación no impidió que la Iglesia reconociera posteriormente la fidelidad cristiana y el testimonio martirial de ambos.

Martírio y culto

Calixto murió aproximadamente en el año 222 o 223. Las actas que narran con detalle su pasión y su muerte carecen de valor histórico suficiente y pertenecen al género de las narraciones hagiográficas tardías. La tradición lo considera mártir, y su nombre aparece en la antigua Depositio martyrum, un calendario romano del siglo IV que constituye un testimonio temprano de su culto martirial.1

La tradición sitúa su sepultura en el cementerio de Calepodio, junto a la vía Aurelia, no en la catacumba que lleva su nombre. El calendario martirial romano conmemora allí a Calixto el 14 de octubre. Los martirologios posteriores conservaron esa fecha, que continúa siendo su memoria litúrgica.1

Una tradición posterior relata que su cuerpo fue arrojado a un pozo en el Trastévere. Las reliquias habrían sido trasladadas durante el siglo IX a la basílica de Santa María en el Trastévere. Estos relatos pertenecen a la tradición cultual y no permiten reconstruir con seguridad todos los detalles de su muerte.1

La catacumba de Calixto

El nombre de Calixto quedó unido especialmente al cementerio cristiano de la vía Apia. La catacumba de Calixto fue uno de los complejos funerarios más importantes de la Roma cristiana antigua. Su desarrollo respondió a la necesidad de proporcionar sepultura digna a una comunidad numerosa y socialmente diversa, incluidos los miembros más pobres.

Las catacumbas no constituían únicamente lugares de enterramiento. También conservaban la memoria de los mártires, expresaban la esperanza cristiana en la resurrección y fortalecían la identidad de la comunidad. Las inscripciones, símbolos y espacios funerarios muestran la importancia de la comunión entre los vivos y los difuntos dentro de la fe cristiana primitiva.

La tradición atribuye a Calixto una función organizadora en la ampliación y administración del cementerio. Aunque no todos los detalles pueden atribuirse directamente a una sola intervención personal, la asociación entre el papa y el complejo funerario refleja su interés por la asistencia a los pobres y por la estructuración material de la Iglesia romana.

Valoración histórica

La figura de Calixto I presenta dos imágenes contrapuestas. Hipólito y Tertuliano lo retratan como un innovador peligroso, indulgente con los pecadores y dispuesto a alterar la tradición. La memoria católica lo reconoce, en cambio, como un obispo que defendió la autoridad de la Iglesia para reconciliar al pecador arrepentido y que murió como mártir.

La interpretación histórica más equilibrada conserva elementos de ambas perspectivas, pero no las coloca al mismo nivel. Hipólito aporta datos valiosos por su proximidad temporal, aunque escribe desde una oposición directa a Calixto. Sus acusaciones pueden conservar recuerdos de decisiones reales, pero su retórica deforma el significado de esas decisiones. Tertuliano, por su parte, aporta un testimonio importante sobre la existencia de una controversia penitencial en Roma, aunque escribe desde una posición montanista y rigorista.

Calixto no fue un defensor de la permisividad moral. Su política representa una comprensión más amplia de la misericordia eclesial, compatible con la penitencia, la disciplina y la conversión. La cuestión fundamental consistía en determinar si la Iglesia podía excluir para siempre a quien hubiera pecado gravemente después del bautismo o si debía ofrecerle un camino sacramental de reconciliación. Calixto defendió la segunda opción.

Importancia para la historia de la Iglesia

El pontificado de Calixto I tuvo consecuencias duraderas en varios ámbitos:

  • consolidó la autoridad del obispo de Roma en una comunidad dividida;
  • contribuyó a la evolución de la disciplina penitencial;
  • afirmó de manera práctica el poder de la Iglesia para reconciliar a los pecadores;
  • impulsó la organización de los cementerios y de la asistencia comunitaria;
  • mostró la tensión entre rigorismo y misericordia en el cristianismo antiguo;
  • dejó un testimonio temprano de la complejidad teológica de la Iglesia romana antes del Concilio de Nicea.

La tradición posterior entendió que el poder de perdonar los pecados pertenecía a la Iglesia en virtud de la autoridad recibida de Cristo. La afirmación de Calixto debe situarse en ese proceso histórico de clarificación doctrinal y de desarrollo disciplinar, no interpretarse como una formulación idéntica a la teología sacramental de épocas posteriores.5

Festividad y representación

La Iglesia católica celebra la memoria de san Calixto I el 14 de octubre. Su culto destaca dos dimensiones de su vida: el ministerio episcopal en Roma y el testimonio del martirio.

La iconografía suele representarlo como un obispo, con las vestiduras propias de su dignidad, o como mártir. El pozo y los lugares funerarios aparecen asociados a su tradición hagiográfica, mientras que las catacumbas recuerdan su relación con la organización de la sepultura cristiana y con la atención a los miembros pobres de la comunidad.

Conclusión

Calixto I fue un papa de transición en una Iglesia romana todavía sometida a la inseguridad jurídica y a fuertes tensiones internas. Su pontificado afrontó el problema de la reconciliación de los pecadores graves, defendió una práctica penitencial menos rigorista y contribuyó a organizar la vida material y funeraria de la comunidad cristiana.

La imagen transmitida por Hipólito conserva datos históricos, pero también una intensa deformación polémica. Una lectura crítica permite reconocer la realidad del conflicto sin aceptar automáticamente sus acusaciones. Calixto aparece así como un obispo que sostuvo la misericordia disciplinada de la Iglesia, protegió la comunión de los fieles y quedó incorporado a la memoria cristiana como papa, mártir y figura decisiva en la evolución de la penitencia antigua.

Citas y referencias

  1. Papa Callisto I. Enciclopedia Católica, Papa Callisto I (1913). 2 3 4 5 6 7 8 9 10 11 12
  2. Propiedad eclesiástica. Enciclopedia Católica, Propiedad eclesiástica (1913). 2 3
  3. Capítulo VII. La historia personal de Callisto; su ocupación como banquero; fraude a Carpóforo; Callisto huye; intento de suicidio; condenado a la rueda de castigo; recondemnación por orden del prefecto Fusciano; desterrado a Cerdeña; liberación de Callisto por la interferencia de Márcón; Callisto llega a Roma; el papa Víctor traslada a Callisto a Antium; regreso de Callisto tras la muerte de Víctor; Zéfiro le es favorable; Callisto acusado por Sabelio; relato de Hipólito sobre las opiniones de Callisto; la escuela callistiana en Roma y sus prácticas; esta secta existente en la época de Hipólito, Hipólito de Roma. Refutación de todas las herejías - Libro IX, 7. 2 3 4
  4. El sacramento de la penitencia. Enciclopedia Católica, El Sacramento de la Penitencia (1913). 2
  5. Absolución. Enciclopedia Católica, Absolución (1913).
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