La vocación al sacerdocio ministerial nace dentro de la vocación bautismal y orienta la vida hacia una configuración particular con Jesucristo, Pastor y Cabeza de la Iglesia. El sacerdote recibe la misión de anunciar la Palabra de Dios, celebrar los sacramentos y servir pastoralmente al Pueblo de Dios.1
La llamada sacerdotal no equivale a una carrera profesional, a una búsqueda de prestigio ni a un refugio frente a las dificultades de la vida. El sacerdocio exige la entrega de toda la persona al servicio de Dios y de los demás. En palabras dirigidas a candidatos al presbiterado, el ministerio comprende enseñar, santificar y pastorear, siempre en unión con el obispo y con toda la Iglesia.2
La vocación posee, por tanto, una dimensión:
- Cristológica, porque tiene su centro en la relación personal con Jesucristo.
- Eclesial, porque nace, madura y se confirma dentro de la Iglesia.
- Misionera, porque ordena la vida a la evangelización y al servicio.
- Comunitaria, porque el sacerdote nunca actúa aislado, sino unido al obispo, al presbiterio y a la comunidad cristiana.
La Iglesia enseña que la vocación no se discierne únicamente a partir de una impresión interior. La llamada espiritual necesita integrarse con la mediación de la Iglesia y con el discernimiento del obispo, que debe valorar la idoneidad del candidato para el ministerio.3
