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Puritanismo

El puritanismo fue un movimiento de reforma religiosa surgido en el seno de la Iglesia de Inglaterra durante la segunda mitad del siglo XVI. Sus miembros pretendían purificar la doctrina, el culto y la disciplina eclesiástica de aquellos elementos que juzgaban heredados del catolicismo medieval. El movimiento nunca constituyó una organización única: incluyó anglicanos reformistas, presbiterianos, congregacionalistas e independientes, unidos por una sensibilidad calvinista y por una intensa preocupación moral, bíblica y comunitaria. Su influencia alcanzó la vida religiosa y política inglesa, la Reforma escocesa y la formación de varias colonias inglesas de Norteamérica.

Cuadro resumen[Datos abiertos]
NombrePuritanismo
CategoríaOrganización religiosa
DescripciónCorriente protestante inglesa que buscaba una Iglesia de Inglaterra más conforme al calvinismo y al modelo de Ginebra y Escocia. Movimiento de reforma religiosa surgido en la Iglesia de Inglaterra en la segunda mitad del siglo XVI, cuyo objetivo era purificar doctrina, culto y disciplina de restos católicos
Contexto HistóricoDesarrollo dentro de la Reforma inglesa; conflicto con la autoridad episcopal y la monarquía; influyó en la Reforma escocesa y en la colonización norteamericana.
Doctrinas RelacionadasCalvinismo, Presbiterianismo, Congregacionalismo, Reforma protestante, Iglesia de Inglaterra
Enseñanzas PrincipalesCentralidad de la Biblia; predestinación calvinista; disciplina moral austera; reforma litúrgica; defensa de la libertad civil y la autonomía congregacional.
Eventos RelacionadosControversia de las vestiduras (1559-1560); Conferencia de Hampton Court (1604); Ley de 1593 contra reuniones separatistas; Guerra Civil inglesa (1642-1651); Asamblea de Westminster (1643); Restauración (1660); Emigración de los Padres Peregrinos (1620).
Importancia HistóricaImpulsó la lectura y difusión de la Biblia, la predicación intensa, la educación, la política inglesa, el presbiterianismo, el congregacionalismo y la colonización de Nueva Inglaterra.
InfluenciaContribuyó a la formación de comunidades no conformistas en Norteamérica, al desarrollo del capitalismo protestante y a la cultura literaria inglesa.
PaísReino Unido
Personas RelacionadasThomas Cartwright, Robert Browne, John Bunyan, William Laud, Oliver Cromwell, Jacobo I, Carlos I, John Knox, George Fox, Richard Baxter
TipoMovimiento eclesial, Movimiento de reforma protestante, Protestante inglés, Segunda mitad del siglo XVI y desarrollo hasta el siglo XVII, Britania
UbicaciónInglaterra

Tabla de contenido

Definición y significado del término

La palabra puritanismo designa, en sentido histórico, un conjunto de corrientes protestantes inglesas que buscaban una Iglesia de Inglaterra más conforme con los principios de la Reforma calvinista, especialmente con el modelo desarrollado en Ginebra y en Escocia. La expresión «puritano» nació como una denominación polémica aplicada a quienes deseaban un culto libre de lo que consideraban «restos de papismo», es decir, formas litúrgicas, ornamentos y prácticas que permanecían en la Iglesia anglicana después de la ruptura con Roma.1

El término no describe una confesión perfectamente delimitada. Bajo el nombre de puritanos convivieron personas con posiciones diferentes acerca de:

  • la autoridad de los obispos;
  • la estructura de las comunidades cristianas;
  • la relación entre Iglesia y Estado;
  • el grado de tolerancia religiosa;
  • la predestinación;
  • la liturgia y los sacramentos;
  • la legitimidad de separarse de la Iglesia establecida.

Por ello, el puritanismo debe entenderse principalmente como un movimiento de reforma interna dentro de la Iglesia de Inglaterra, aunque algunas de sus ramas acabaron abandonando la organización eclesiástica oficial. La evolución desde la reforma interna hacia el separatismo no afectó a todos sus miembros ni siguió una trayectoria uniforme.

Contexto histórico

La Reforma inglesa

La Reforma inglesa tuvo un desarrollo distinto del seguido en Alemania, Suiza o Escocia. La ruptura de la obediencia eclesiástica a Roma durante el reinado de Enrique VIII estuvo vinculada inicialmente a cuestiones de jurisdicción y autoridad regia. Más tarde, durante los reinados de Eduardo VI e Isabel I, la Iglesia de Inglaterra adoptó progresivamente doctrinas, formularios litúrgicos y estructuras relacionadas con la Reforma protestante.

Desde la perspectiva católica, los cambios ingleses afectaron tanto a la doctrina como a la constitución jerárquica de la Iglesia. La tradición católica sostiene que la continuidad de la Iglesia depende también de la permanencia de su fe y de su gobierno sacramental; por esa razón, una transformación radical de ambas realidades constituye una ruptura eclesial, no una simple modificación administrativa.2

La Iglesia anglicana conservó el episcopado, una liturgia estructurada y una cierta continuidad institucional con la antigua Iglesia inglesa, pero rechazó la jurisdicción papal y modificó elementos doctrinales y sacramentales fundamentales. En ese marco surgió la tensión puritana: muchos reformistas consideraban que la Reforma inglesa había quedado incompleta porque mantenía prácticas, ornamentos y formas de gobierno que asociaban con el catolicismo.

La situación durante el reinado de Isabel I

Isabel I procuró consolidar una Iglesia nacional capaz de mantener la unidad política y religiosa del reino. La Corona favoreció una forma de culto común y conservó el gobierno episcopal. Los puritanos, por el contrario, deseaban una reforma más intensa, inspirada especialmente en Ginebra y en la organización presbiteriana escocesa.

La primera gran controversia pública surgió en torno a las vestiduras clericales. Algunos ministros rechazaban el uso del birrete y la toga en la vida ordinaria, así como el sobrepelliz durante el culto. Los exiliados ingleses que habían vivido en Ginebra desempeñaron un papel relevante en esta oposición. La llamada controversia de las vestiduras comenzó como una discusión sobre usos litúrgicos, pero pronto evolucionó hacia una disputa acerca de la autoridad episcopal y de la naturaleza misma de la Iglesia.1

La Corona respondió con medidas disciplinarias. Algunos clérigos perdieron sus beneficios eclesiásticos por negarse a obedecer las disposiciones oficiales. Esta experiencia convenció a una parte del movimiento de que la reforma litúrgica exigía transformar también la estructura de gobierno de la Iglesia.

Principios religiosos y espirituales

Centralidad de la Biblia

El puritanismo concedió una importancia extraordinaria a la lectura, predicación y aplicación moral de la Biblia. La Escritura debía orientar la doctrina, el culto, la vida familiar y la conducta pública. El estudio personal de la Biblia favoreció una intensa responsabilidad religiosa individual, pero también produjo interpretaciones divergentes y la aparición de numerosos grupos menores.1

La predicación ocupaba un lugar central en la vida puritana. El ministro debía explicar el texto bíblico, exhortar a la conversión y formar una comunidad disciplinada. La piedad puritana tendía a valorar la seriedad del culto, la sobriedad de las costumbres, el examen de conciencia y la observancia rigurosa del domingo.

Sobriedad moral

El puritanismo desarrolló una ética austera. Sus miembros desconfiaban de la frivolidad, del lujo y de las diversiones que juzgaban incompatibles con la santidad cristiana. La sobriedad no constituía solamente una preferencia estética, sino una forma de expresar el dominio de las pasiones y la dedicación de la vida entera a Dios.

La moral puritana vinculaba estrechamente la fe con la conducta. La vida cotidiana -el trabajo, el matrimonio, la educación de los hijos, la administración de los bienes y la participación cívica- debía manifestar la obediencia a Dios. El comportamiento virtuoso, dentro de la teología calvinista, no adquiría valor como causa autónoma de la salvación, sino como signo de una elección divina recibida por gracia.3

Libertad civil y responsabilidad comunitaria

Diversas corrientes puritanas asociaron la reforma religiosa con la defensa de determinadas libertades civiles y con la limitación del poder arbitrario. Esta dimensión política no fue idéntica en todos los grupos. Algunos puritanos aceptaban una fuerte autoridad social y religiosa; otros defendían mayor autonomía congregacional.

La oposición entre la autoridad episcopal vinculada a la Corona y las estructuras presbiterianas o congregacionales favoreció la formación de una cultura política crítica con la monarquía absoluta. En determinados momentos, la predestinación calvinista también contribuyó indirectamente a cuestionar las jerarquías sociales tradicionales, al presentar la elección divina como una realidad que no dependía del rango, la riqueza o el linaje.4

Diversidad interna del movimiento

El puritanismo comprendió tres grandes tendencias eclesiológicas, aunque sus fronteras cambiaron con el tiempo.

Puritanos moderados

Los moderados aceptaban la permanencia de los obispos, pero deseaban reformar el culto y aproximarlo a las prácticas de Ginebra. Algunos preferían llamar a los obispos «superintendentes», con la intención de subrayar una función pastoral y administrativa más que una autoridad jerárquica superior a la de los presbíteros.

Esta corriente compartía numerosos elementos con el presbiterianismo escocés, especialmente la importancia concedida a la disciplina comunitaria y a la supervisión colegial de los ministros.1

Presbiterianos estrictos

Los presbiterianos pretendían adoptar no sólo la teología calvinista, sino también su forma de gobierno eclesiástico. Thomas Cartwright, profesor vinculado a Cambridge, defendió que el obispo y el presbítero poseían una autoridad esencialmente igual y que el gobierno de la Iglesia debía confiarse a consejos o juntas de ministros.

Cartwright desarrolló una organización basada en agrupaciones de clérigos por distritos. Estas juntas asumirían buena parte de las competencias episcopales, mientras que a los obispos les correspondería principalmente la ordenación. El modelo llegó a introducirse temporalmente en algunos lugares, aunque nunca sustituyó de modo estable al sistema episcopal de la Iglesia de Inglaterra durante el periodo isabelino.5

En Escocia, el presbiterianismo alcanzó una configuración más completa. El primer libro de disciplina, elaborado en la asamblea de Edimburgo de 1560, organizó la vida de las congregaciones. El segundo libro de disciplina, de 1578, estructuró su relación con organismos superiores. La organización presbiteriana quedó articulada en cuatro niveles: la sesión de la iglesia local, el presbiterio, el sínodo provincial y la asamblea general.1

Independientes y congregacionalistas

Los independientes rechazaban una autoridad eclesiástica coercitiva que se extendiera sobre todas las congregaciones. Defendían que cada comunidad cristiana pudiera organizarse con un alto grado de autonomía y elegir sus ministros.

Robert Browne fue uno de los primeros dirigentes de esta tendencia. Sus seguidores sufrieron persecución tanto por parte de anglicanos como de presbiterianos. Con el tiempo, las comunidades independientes adquirieron mayor fuerza y llegaron a ejercer una influencia política considerable durante el gobierno de Oliver Cromwell.1

Los independientes no formaban tampoco un bloque teológico uniforme. Algunos conservaron posiciones calvinistas rigurosas; otros evolucionaron hacia comunidades bautistas, cuáqueras u otros grupos no conformistas. Esta variedad confirma que el puritanismo no constituyó un sistema doctrinal único.

La tensión entre episcopalismo y presbiterianismo

El modelo episcopal anglicano

La Iglesia de Inglaterra mantuvo una estructura episcopal: obispos, arzobispos y parroquias organizadas bajo la autoridad de la Corona y de los órganos eclesiásticos nacionales. El episcopado garantizaba la uniformidad litúrgica y disciplinar, además de proporcionar una estructura visible de gobierno.

Desde la teología católica, el episcopado pertenece a la estructura constitutiva de la Iglesia. El Concilio de Trento enseñó que la Iglesia posee una jerarquía instituida por ordenación divina, y la tradición posterior vinculó el ministerio episcopal con la sucesión apostólica y con la autoridad sacramental transmitida desde los apóstoles.6

La posición anglicana no fue completamente homogénea. La corriente anglocatólica consideró el ministerio jerárquico como esencial para la Iglesia, mientras que la corriente evangélica sostuvo que el ministerio ordenado pertenecía más bien a la conveniencia o buen funcionamiento de la Iglesia, sin constituir un elemento absolutamente necesario de su definición.6

El modelo presbiteriano

Los puritanos presbiterianos juzgaban que el gobierno episcopal concedía demasiado poder a individuos y favorecía la subordinación de la Iglesia a la Corona. Propusieron sustituirlo por un sistema colegial, en el que los presbíteros gobernasen mediante consejos territoriales y asambleas.

Su argumento no consistía únicamente en una preferencia administrativa. Para ellos, la igualdad fundamental entre ministros y la autoridad de los consejos expresaban mejor el modelo bíblico de la Iglesia. El presbiterianismo pretendía también impedir que el poder civil determinase unilateralmente la doctrina, la liturgia y la disciplina.

El conflicto político y religioso

Durante el reinado de Jacobo I, la oposición entre ambas estructuras se vinculó al conflicto entre:

  • episcopalismo y presbiterianismo;
  • defensa del derecho divino del monarca y republicanismo;
  • arminianismo y calvinismo;
  • uniformidad religiosa y autonomía eclesial.

Los puritanos presentaron la petición milenaria, firmada por alrededor de ochocientas personas, para solicitar reformas litúrgicas. La conferencia de Hampton Court, convocada para tratar sus reclamaciones, no produjo cambios sustanciales. En 1604, la autoridad eclesiástica restableció mediante nuevos cánones varias prácticas que numerosos ministros puritanos habían dejado de aplicar.5

La controversia adquirió un tono cada vez más político. Los escritos polémicos contra los obispos y la Corona provocaron persecuciones, encarcelamientos y, en algunos casos, condenas severas. En 1593, una ley castigó con prisión a quienes rechazasen asistir a la iglesia parroquial o celebrasen reuniones separatistas; una segunda infracción podía conducir al destierro.5

La predestinación calvinista y la doctrina católica de la gracia

La posición calvinista

El puritanismo heredó de la tradición reformada una concepción fuerte de la predestinación. En su formulación más rigurosa, el calvinismo sostenía que Dios había elegido desde la eternidad a quienes recibirían la salvación y que la gracia eficaz conducía infaliblemente a los elegidos hacia ella. La teología calvinista distinguía entre los elegidos y los réprobos, es decir, quienes no alcanzarían la salvación.

La predestinación no significaba para los puritanos que la vida moral careciera de importancia. Al contrario, la conversión, la disciplina y la perseverancia constituían signos visibles de la elección divina. La conducta santa no compraba la salvación, pero podía manifestar que la gracia salvadora actuaba en una persona.3

La tradición calvinista llegó a formular su doctrina en torno a cinco afirmaciones principales: la corrupción radical de la naturaleza humana, la elección no fundada en méritos previos, la eficacia particular de la redención, la acción irresistible de la gracia y la perseverancia final de los elegidos. La predestinación se convirtió así en uno de los rasgos teológicos más característicos del puritanismo estricto.7

La doctrina católica de la gracia

La doctrina católica afirma simultáneamente dos verdades:

  1. La iniciativa de la gracia pertenece enteramente a Dios. Ninguna persona puede merecer por sus propias fuerzas el comienzo de la justificación o la elección divina.
  2. La libertad humana no queda destruida por la gracia. La persona puede cooperar con la acción divina, resistirse a ella y apartarse de Dios.

La teología católica no identifica la predestinación con una determinación positiva de algunas personas al pecado o a la condenación. La elección divina es gratuita, pero no convierte al ser humano en un sujeto pasivo ni elimina la responsabilidad moral. La tradición católica intenta mantener unidas la primacía absoluta de la gracia, la voluntad salvífica universal de Dios y la libertad humana.8

El contraste con el calvinismo aparece también en la comprensión de la justificación. Para la doctrina católica, la gracia justificante no consiste solamente en una declaración externa por la que Dios considera justo al pecador. La justificación transforma interiormente a la persona y comunica una vida nueva. La tradición reformada, en cambio, tendió a comprender la justicia principalmente como una imputación o declaración divina recibida por la fe.9

La cuestión de los sacramentos

La predestinación calvinista estuvo relacionada con una comprensión distinta de la Iglesia y de los sacramentos. La tradición puritana redujo el papel de la Iglesia como mediadora sacramental infalible de la gracia y concedió una importancia especial a la experiencia personal de conversión y a los frutos morales de la fe.3

La doctrina católica, por el contrario, considera que la Iglesia es el sacramento universal de salvación y que los sacramentos comunican la gracia por la acción de Cristo, no por la santidad personal del ministro. Esta diferencia explica parte de la oposición puritana a la concepción católica del sacerdocio, de la penitencia, de la Eucaristía y de la autoridad eclesial.

Conviene evitar dos reduccionismos. El puritanismo no puede describirse únicamente como una doctrina de la predestinación, porque también fue un movimiento litúrgico, moral, político y eclesiológico. Tampoco resulta adecuado presentar la doctrina católica de la gracia como si enseñara una salvación alcanzada por méritos humanos independientes de Dios. Para la Iglesia católica, toda obra buena que conduce a la salvación procede ante todo de la gracia.

El puritanismo durante el siglo XVII

La cuestión religiosa bajo los Estuardo

Con la llegada de Jacobo I al trono inglés, los puritanos esperaban que el nuevo monarca, originario de Escocia, favoreciera una reforma de la Iglesia de Inglaterra. Sin embargo, Jacobo defendió el episcopado y la uniformidad religiosa. La conferencia de Hampton Court confirmó la escasa disposición de la Corona a aceptar el programa puritano.5

Durante el reinado de Carlos I, la política religiosa asociada al arzobispo William Laud reforzó la autoridad episcopal y una liturgia más ceremonial. Muchos puritanos interpretaron estas reformas como una restauración de rasgos católicos y como una amenaza para la predicación reformada. La tensión religiosa se unió a la oposición parlamentaria contra el absolutismo regio.

La guerra civil y la Asamblea de Westminster

La victoria parlamentaria durante la guerra civil inglesa permitió a los puritanos ejercer una influencia decisiva. La Asamblea de Westminster, reunida en 1643, intentó organizar una reforma doctrinal y eclesiástica común. El proyecto fracasó como solución definitiva porque enfrentó a presbiterianos moderados, presbiterianos escoceses, erastianos e independientes.1

Los independientes obtuvieron progresivamente mayor poder gracias al apoyo de Oliver Cromwell y del ejército. El proyecto presbiteriano perdió fuerza política, mientras que los independientes defendieron una organización menos centralizada y más favorable a la autonomía de las congregaciones.

La experiencia puritana en el poder no produjo una tolerancia religiosa plena. Algunos grupos puritanos que habían padecido persecución mostraron también una actitud restrictiva frente a quienes consideraban herejes o disidentes. La cuestión de la libertad religiosa dividió al movimiento junto con las diferencias sobre la organización eclesial.

La Restauración y el declive del nombre

La restauración de la monarquía en 1660 puso fin al predominio político puritano. La Iglesia de Inglaterra recuperó su posición oficial y muchos ministros que no aceptaron las disposiciones litúrgicas y disciplinares abandonaron sus cargos.

Desde entonces, puritanismo dejó de designar una fuerza política unificada. Sus rasgos sobrevivieron en diversas comunidades no conformistas, pero esas comunidades desarrollaron doctrinas y prácticas propias. Algunas conservaron un fuerte calvinismo; otras adoptaron posiciones bautistas, congregacionalistas, cuáqueras o unitarias.1

El puritanismo en Escocia

La Reforma escocesa estuvo estrechamente vinculada a John Knox y al desarrollo del presbiterianismo. A diferencia de la Iglesia de Inglaterra, la Iglesia escocesa rechazó de forma más decidida el gobierno episcopal y estructuró su vida mediante sesiones locales, presbiterios, sínodos y asambleas generales.

El modelo escocés influyó profundamente en los puritanos ingleses. Les ofrecía un ejemplo histórico de comunidad reformada organizada sin la autoridad de los obispos. Sin embargo, la relación entre el puritanismo inglés y el presbiterianismo escocés nunca fue completamente pacífica: los independientes consideraban que el sistema presbiteriano podía ejercer una coerción semejante a la del episcopado que combatían.

Emigración y expansión en Norteamérica

Las persecuciones y restricciones jurídicas impulsaron a algunos puritanos a abandonar Inglaterra. Un grupo de separatistas se estableció inicialmente en los Países Bajos. De ese ambiente procedieron los llamados Padres Peregrinos, que llegaron a Plymouth, en Nueva Inglaterra, en 1620. La colonia de Plymouth tuvo una orientación congregacionalista. La colonia de la bahía de Massachusetts desarrolló posteriormente una organización de carácter presbiteriano.1

La emigración no significó siempre una simple búsqueda de libertad religiosa en sentido moderno. Algunos colonos pretendían construir una comunidad cristiana disciplinada conforme a sus convicciones y no aceptaban necesariamente un pluralismo religioso amplio. La sociedad puritana de Nueva Inglaterra organizó la educación, la vida familiar, la participación cívica y la disciplina pública alrededor de un ideal bíblico comunitario.

En Norteamérica, la predestinación adquirió una influencia cultural profunda. La ansiedad acerca de la salvación, la necesidad de comprobar los frutos de la gracia y la obligación de vivir de acuerdo con una vocación cristiana marcaron la espiritualidad de varias comunidades puritanas.7

Organización social y vida cotidiana

La familia

La familia ocupaba un lugar central en la formación religiosa puritana. Los padres debían instruir a sus hijos en la Biblia, la oración y la moral cristiana. El hogar funcionaba como una pequeña comunidad de disciplina y catequesis.

La autoridad familiar era fuerte y estaba integrada en una visión jerárquica de la sociedad. Aunque el puritanismo favoreció la alfabetización para facilitar la lectura bíblica, no eliminó las desigualdades propias de la sociedad de su tiempo.

El trabajo

El trabajo cotidiano recibía una interpretación religiosa. La diligencia, la sobriedad y la responsabilidad profesional podían expresar la vocación recibida de Dios. Más tarde, algunos autores relacionaron esta ética con el desarrollo del capitalismo moderno, aunque dicha interpretación continúa siendo discutida y no permite explicar por sí sola la complejidad económica de las sociedades protestantes.4

La valoración puritana del trabajo no equivalía a una doctrina católica del mérito sobrenatural. En el marco calvinista, la prosperidad o la disciplina no compraban la salvación, sino que podían interpretarse como indicios externos de una vida ordenada bajo la gracia.

La educación

La lectura bíblica exigía alfabetización. Por ello, las comunidades puritanas impulsaron la educación y la formación de ministros capaces de predicar y enseñar. La fundación de centros de enseñanza superior en Nueva Inglaterra respondió, entre otros motivos, a la necesidad de preparar dirigentes religiosos.

El domingo y la disciplina pública

La celebración del domingo adquirió una importancia particular. Las autoridades puritanas regulaban las diversiones, el comercio y las conductas públicas con la intención de proteger el carácter sagrado del día. La disciplina eclesial podía incluir amonestaciones, exclusiones de la comunidad y sanciones civiles.

Esta estrecha unión entre autoridad religiosa y poder civil generó una contradicción histórica: un movimiento que había reclamado libertad frente a la uniformidad anglicana podía imponer, una vez en el poder, su propia uniformidad a otros grupos.

Cultura y literatura puritanas

La cultura puritana produjo una literatura religiosa de gran influencia. Entre sus obras más conocidas figura El progreso del peregrino, de John Bunyan, relato alegórico sobre el camino del cristiano hacia la salvación. La obra representa la vida espiritual como una peregrinación marcada por la tentación, el pecado, la perseverancia y la esperanza.

También alcanzaron gran difusión los escritos de George Fox, Thomas Ellwood y Richard Baxter. Estos autores cultivaron diarios espirituales, autobiografías, tratados ascéticos y meditaciones sobre la muerte, el juicio y la vida eterna.1

La literatura puritana suele presentar:

  • una conciencia intensa del pecado;
  • la necesidad de conversión personal;
  • la lucha interior del creyente;
  • la lectura providencial de los acontecimientos;
  • la disciplina de las costumbres;
  • la esperanza de la salvación;
  • la tensión entre seguridad y temor ante el juicio divino.

Su influencia se extendió más allá de las comunidades puritanas y contribuyó a formar aspectos duraderos de la literatura inglesa y norteamericana.

Relación con el catolicismo

Crítica puritana a la Iglesia católica

Los puritanos identificaban con frecuencia el catolicismo con la corrupción doctrinal, el ceremonialismo y la autoridad papal. Rechazaban la obediencia al papa, la estructura sacramental católica, la veneración de imágenes y reliquias, las vestiduras litúrgicas y diversas prácticas devocionales.

Desde el punto de vista católico, esta crítica confundía a veces abusos históricos concretos con la naturaleza de la Iglesia y reducía la liturgia a sus elementos externos. La reforma católica del siglo XVI, impulsada por el Concilio de Trento y por nuevas órdenes religiosas, buscó corregir abusos y renovar la vida cristiana sin romper la comunión eclesial ni abandonar la doctrina sacramental.

La tradición católica distingue entre reforma dentro de la Iglesia y separación de la Iglesia. La reforma católica pretende renovar la santidad, la disciplina y la formación de los fieles mediante la gracia, la predicación y los sacramentos. La Reforma protestante, desde la interpretación católica tradicional, comenzó mediante la separación, con la consiguiente pérdida de la comunión visible y de la unidad doctrinal.2

El ministerio ordenado y la Iglesia

El puritanismo tendió a subordinar la autoridad eclesial a la predicación bíblica y a la disciplina comunitaria. La Iglesia adquiría su legitimidad práctica por la fidelidad de sus miembros y ministros a la Palabra de Dios, más que por una estructura sacramental universal.

La doctrina católica entiende la Iglesia como una comunión visible, sacramental y jerárquica. Cristo confió a los apóstoles una misión que continúa en sus sucesores, los obispos, y la autoridad episcopal pertenece a la estructura de la Iglesia, no a una mera conveniencia histórica.10

Esta diferencia explica el desacuerdo fundamental entre el episcopalismo católico y anglicano, por una parte, y las propuestas presbiterianas o congregacionalistas, por otra. No se trata únicamente de escoger entre distintos modelos administrativos: la cuestión afecta a la naturaleza de la autoridad, de la sucesión apostólica y de la visibilidad de la Iglesia.

Valoración histórica

El puritanismo tuvo una importancia considerable por varias razones:

  • impulsó la lectura y difusión de la Biblia;
  • promovió una predicación intensa y una vida moral disciplinada;
  • contribuyó al desarrollo de la educación;
  • influyó en la organización política inglesa;
  • favoreció el crecimiento del presbiterianismo y del congregacionalismo;
  • participó en la formación religiosa de varias colonias norteamericanas;
  • produjo una literatura espiritual de gran calidad.

Al mismo tiempo, presentó límites significativos. Su falta de unidad doctrinal permitió la multiplicación de grupos rivales. La relación estrecha entre autoridad civil y disciplina religiosa restringió con frecuencia la libertad de conciencia. La preocupación por la elección divina podía alimentar una profunda angustia espiritual. Además, su rechazo de la estructura sacramental de la Iglesia produjo una concepción eclesial alejada de la doctrina católica sobre la gracia, el ministerio ordenado y los sacramentos.

El puritanismo y la posteridad

Después de la Restauración inglesa, el puritanismo sobrevivió bajo diversas formas de disidencia protestante. Su nombre perdió precisión, pero sus rasgos espirituales y culturales continuaron presentes en comunidades presbiterianas, congregacionalistas, bautistas y otros grupos reformados.

En el mundo angloamericano, el puritanismo dejó una herencia ambivalente. Por una parte, transmitió una fuerte responsabilidad personal, una elevada valoración de la educación y una concepción exigente de la vida moral. Por otra, su rigor disciplinar, su tendencia al control comunitario y su doctrina de la predestinación suscitaron críticas dentro y fuera del protestantismo.

El movimiento de Oxford del siglo XIX surgió mucho después y no fue una prolongación del puritanismo. Representó, más bien, una reacción interna del anglicanismo frente al liberalismo religioso, la subordinación estatal de la Iglesia y el empobrecimiento de la doctrina eclesial. Algunos de sus protagonistas buscaron recuperar la antigüedad cristiana, la sucesión apostólica y una visión más sacramental de la Iglesia.11

Conclusión

El puritanismo fue una amplia corriente de reforma protestante nacida dentro de la Iglesia de Inglaterra, no una Iglesia única ni una doctrina monolítica. Comenzó con controversias sobre el culto y las vestiduras, avanzó hacia debates sobre el episcopado y el presbiterianismo, y terminó dando origen a comunidades no conformistas con distintas doctrinas y estructuras.

Su teología estuvo marcada por el calvinismo, la predestinación, la centralidad de la Biblia y una exigente disciplina moral. La doctrina católica coincide con el puritanismo en afirmar la absoluta necesidad de la gracia, pero rechaza la predestinación entendida como determinación irresistible de unos a la salvación y de otros a la condenación. Para la Iglesia católica, la gracia no destruye la libertad, la justificación transforma realmente al ser humano y los sacramentos comunican eficazmente la vida divina.

La importancia histórica del puritanismo procede tanto de sus aportaciones espirituales, literarias y educativas como de los conflictos que provocó en torno a la autoridad eclesial, la libertad religiosa y la relación entre Iglesia y Estado.

Citas y referencias

  1. Puritanos, . Catholic Encyclopedia, Puritanos (1913). 2 3 4 5 6 7 8 9 10
  2. La Iglesia, . Catholic Encyclopedia, La Iglesia (1913). 2
  3. David L. Schindler. La ontología tecnológica de América y el don de lo dado: Benedicto XVI sobre la importancia cultural del Quaerere Deum, 14 (2011). 2 3
  4. Edward T. Oakes, S.J. La predestinación en América, 9 (2010). 2
  5. No conformistas, . Catholic Encyclopedia, No conformistas (1913). 2 3 4
  6. P. Rodríguez. El reconocimiento del sucesor de Pedro en el reciente acuerdo Católico-Anglicano, 13 (1977). 2
  7. La predestinación en América, Edward T. Oakes, S.J. La predestinación en América, 1 (2010). 2
  8. Enseñanza de San Agustín de Hipona, . Catholic Encyclopedia, Enseñanza de San Agustín de Hipona (1913).
  9. Calvinismo, . Catholic Encyclopedia, Calvinismo (1913).
  10. P. Rodríguez. El reconocimiento del sucesor de Pedro en el reciente acuerdo Católico-Anglicano, 21 (1977).
  11. Jose Morales. Semblanza religiosa y significado teológico del movimiento de Oxford, 3 (1986).
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