La posición calvinista
El puritanismo heredó de la tradición reformada una concepción fuerte de la predestinación. En su formulación más rigurosa, el calvinismo sostenía que Dios había elegido desde la eternidad a quienes recibirían la salvación y que la gracia eficaz conducía infaliblemente a los elegidos hacia ella. La teología calvinista distinguía entre los elegidos y los réprobos, es decir, quienes no alcanzarían la salvación.
La predestinación no significaba para los puritanos que la vida moral careciera de importancia. Al contrario, la conversión, la disciplina y la perseverancia constituían signos visibles de la elección divina. La conducta santa no compraba la salvación, pero podía manifestar que la gracia salvadora actuaba en una persona.
La tradición calvinista llegó a formular su doctrina en torno a cinco afirmaciones principales: la corrupción radical de la naturaleza humana, la elección no fundada en méritos previos, la eficacia particular de la redención, la acción irresistible de la gracia y la perseverancia final de los elegidos. La predestinación se convirtió así en uno de los rasgos teológicos más característicos del puritanismo estricto.
La doctrina católica de la gracia
La doctrina católica afirma simultáneamente dos verdades:
- La iniciativa de la gracia pertenece enteramente a Dios. Ninguna persona puede merecer por sus propias fuerzas el comienzo de la justificación o la elección divina.
- La libertad humana no queda destruida por la gracia. La persona puede cooperar con la acción divina, resistirse a ella y apartarse de Dios.
La teología católica no identifica la predestinación con una determinación positiva de algunas personas al pecado o a la condenación. La elección divina es gratuita, pero no convierte al ser humano en un sujeto pasivo ni elimina la responsabilidad moral. La tradición católica intenta mantener unidas la primacía absoluta de la gracia, la voluntad salvífica universal de Dios y la libertad humana.
El contraste con el calvinismo aparece también en la comprensión de la justificación. Para la doctrina católica, la gracia justificante no consiste solamente en una declaración externa por la que Dios considera justo al pecador. La justificación transforma interiormente a la persona y comunica una vida nueva. La tradición reformada, en cambio, tendió a comprender la justicia principalmente como una imputación o declaración divina recibida por la fe.
La cuestión de los sacramentos
La predestinación calvinista estuvo relacionada con una comprensión distinta de la Iglesia y de los sacramentos. La tradición puritana redujo el papel de la Iglesia como mediadora sacramental infalible de la gracia y concedió una importancia especial a la experiencia personal de conversión y a los frutos morales de la fe.
La doctrina católica, por el contrario, considera que la Iglesia es el sacramento universal de salvación y que los sacramentos comunican la gracia por la acción de Cristo, no por la santidad personal del ministro. Esta diferencia explica parte de la oposición puritana a la concepción católica del sacerdocio, de la penitencia, de la Eucaristía y de la autoridad eclesial.
Conviene evitar dos reduccionismos. El puritanismo no puede describirse únicamente como una doctrina de la predestinación, porque también fue un movimiento litúrgico, moral, político y eclesiológico. Tampoco resulta adecuado presentar la doctrina católica de la gracia como si enseñara una salvación alcanzada por méritos humanos independientes de Dios. Para la Iglesia católica, toda obra buena que conduce a la salvación procede ante todo de la gracia.