La figura de san José Obrero no convierte el trabajo en un simple medio económico. La fe cristiana contempla la actividad humana desde varias perspectivas: cooperación con la obra creadora, desarrollo de la persona, servicio a la familia y contribución al bien común.
El trabajo en la Sagrada Escritura
El libro del Génesis presenta al ser humano colocado en el jardín para cultivarlo y guardarlo (Gn 2,15). El trabajo pertenece, por tanto, a la condición humana anterior al pecado. La fatiga, la resistencia de la tierra y la dimensión penosa del trabajo aparecen después de la caída, en Gn 3,17-19.
Benedicto XVI distinguió ambas dimensiones: el trabajo conserva su valor dentro del designio de Dios, aunque el pecado haya introducido esfuerzo, sufrimiento y frustración. El Hijo de Dios asumió una existencia humana auténtica y dedicó muchos años a las actividades manuales, hasta recibir el nombre de «carpintero» o «hijo del carpintero».
El trabajo, por tanto, no es un castigo en su raíz originaria, aunque el pecado haya deformado sus condiciones. La injusticia, la explotación, el desempleo forzoso, la inseguridad y los accidentes laborales contradicen la dignidad de la persona que trabaja.
La primacía de la persona
La doctrina social católica enseña que el trabajo existe para la persona y no la persona para el trabajo. Juan Pablo II recordó que el ser humano es el sujeto y el agente principal de la actividad laboral. El trabajo procede de la persona y debe ordenarse a su bien integral, al de la familia y al de la sociedad.
Esta doctrina impide medir el valor de un trabajador únicamente por su productividad. La persona posee una dignidad anterior a su empleo, a su salario y a su capacidad técnica. El trabajo debe permitir el desarrollo de las capacidades humanas, la protección de la familia, la participación social y el descanso necesario.
Benedicto XVI advirtió también contra dos deformaciones opuestas: la falta injusta de trabajo y la esclavitud al trabajo. El trabajo tiene una importancia fundamental para la realización personal y el desarrollo social, pero no puede convertirse en un ídolo que ocupe el lugar de Dios ni absorba completamente la vida humana.
Trabajo y bien común
La actividad profesional nunca afecta únicamente al trabajador. Cada oficio contribuye, de manera directa o indirecta, a la vida de otras personas. Juan Pablo II explicó que el ser humano trabaja para sí mismo, para su familia, para su comunidad y, en último término, para la humanidad.
Esta perspectiva reclama:
- salarios justos;
- condiciones laborales seguras;
- respeto a los descansos;
- protección de la maternidad y de la vida familiar;
- libertad de asociación profesional;
- atención a los desempleados;
- eliminación del trabajo infantil;
- rechazo de la explotación de trabajadores migrantes o sin contrato;
- responsabilidad de empresarios, sindicatos y autoridades públicas.
La catequesis de Francisco sobre san José carpintero aplicó esta enseñanza a los trabajadores ocultos, a quienes padecen empleos clandestinos, a las víctimas de accidentes laborales, a los niños obligados a trabajar y a quienes sufren la falta de empleo. La dignidad humana exige que nadie quede privado injustamente de la posibilidad de ganarse honradamente el sustento.